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El Islam y el Efecto Voldemort

Por Oscar E. Gastélum:

“Los incrédulos son como cuando uno le grita algo al ganado, éste sólo percibe gritos y voces: son sordos, mudos, ciegos, no razonan.”

(2:171)

“Matadles donde deis con ellos, y expulsadles de donde os hayan expulsado. La idolatría es más grave que matar. No combatáis contra ellos junto a la Mezquita Sagrada, a no ser que os ataquen allí. Así que, si combaten contra vosotros, matadles: ése es el castigo de los infieles.”

(2:191)

“Se os ha prescrito que combatáis, aunque os disguste. Puede que os disguste algo que os conviene y améis algo que no os conviene. Alá sabe, mientras que vosotros no sabéis.”

(2:216)

“Quienes no crean en las revelaciones de Alá tendrán un castigo severo. Alá es poderoso, vengador.”

(3:5)

“A los que se hayan negado a creer en Nuestra revelación, los arrojaremos al Fuego, y cada vez que les queme la piel, se la cambiaremos por otra, para que prueben el castigo. Allah es siempre Poderoso, Sabio.”

(4:56)

“¡Que quienes cambian la vida de acá por la otra combatan por Alá! A quien combatiendo por Alá, sea muerto o salga victorioso, le daremos una magnífica recompensa.”

(4:74)

“Pero quienes no crean y desmientan Nuestras revelaciones morarán en el fuego eterno del infierno.”

(5:86)

 

Entre las innumerables reacciones provocadas por los atentados terroristas del viernes 13 de noviembre  en París, quizá la más preocupante de todas sea la obstinación de buena parte de la izquierda occidental en negar cualquier relación entre la violencia demencial de los extremistas islámicos y la religión que inspira sus acciones. Una necedad perfectamente resumida en el desesperante mantra: “esto no tuvo nada qué ver con el islam”, repetido una y otra vez por políticos, intelectuales y periodistas después de cada tragedia.

Muchos de estos apologistas son hombres y mujeres honorables y bienintencionados que creen ingenuamente que el apaciguamiento es la estrategia correcta para enfrentar esta barbarie vesánica, pero muchos otros son propagandistas con una agenda antidemocrática inocultable, que tratan de enturbiar la discusión y de blindar al islam en contra de cualquier crítica, acusando de “racismo” e “islamofobia” a quien se atreva a señalar la innegable relación entre la doctrina islámica y quienes se suicidan asesinando civiles inocentes al grito de “Allahu Akbar”.

El activista e intelectual británico Maajid Nawaz, quien por cierto es un musulmán moderado y comprometido con la reforma de su fe, bautizó este extraño y nocivo autoengaño colectivo como el “efecto Voldemort”, inspirado en el villano de la saga de Harry Potter. Y es que los personajes de la obra inmortal de J.K. Rowling le tenían tanto miedo a ese ser maligno que no se atrevían siquiera a pronunciar su nombre y preferían referirse enrevesadamente a él como: “aquel que no debe ser nombrado”. Es indudable que hay mucho temor en ese infructuoso e irracional afán de negar la evidente conexión entre los crímenes de los fundamentalistas islámicos y los textos sagrados del islam, pero también hay un poco de condescendencia, narcisismo eurocéntrico y hasta de racismo inconsciente.

Lo primero que habría que aclarar, por enésima ocasión, es que criticar al islam como religión y al islamismo como una ideología fascistoide emanada de ella y obsesionada con imponer una interpretación de sus textos sagrados sobre el resto de la humanidad, no equivale a satanizar a todos los musulmanes del mundo o a culparlos por las acciones de unos cuantos fanáticos asesinos. Es obvio que la inmensa mayoría de los musulmanes son gente de bien y que, además, son las principales víctimas de una barbarie sanguinaria que apenas ha asomado el cuello en Occidente unas cuantas veces pero lleva décadas ensañándose con los habitantes de Medio Oriente, el sur de Asia y el continente africano.

Habiendo aclarado lo anterior, es igualmente importante reconocer que aunque casi todos los musulmanes del mundo son pacíficos, el islam está lejos de ser una religión de paz. No importa cuánto se esfuercen sus apologistas en convencernos de lo contrario. Y es que el fundamentalismo, como su nombre lo indica, revela fielmente los fundamentos del islam, y es muy fácil comprobar que en sus libros sagrados sobran pasajes capaces de inspirar y justificar las atrocidades más abominables que un fanático con iniciativa pueda imaginar. El odio por los otros, específicamente contra las mujeres y los “infieles”, permea las páginas del Corán y los hadices, y el énfasis enfermizo puesto en las recompensas que los mártires de la Yihad recibirán en el paraíso, aunado al desprecio por esta vida mundana y efímera, explica el entusiasmo con el que sus fanáticos más salvajes se inmolan en sus misiones asesinas.

Sin embargo, los apologistas más mendaces e hipócritas del islamofascismo, encabezados por charlatanes como Reza Aslan, son impermeables a la evidencia y se niegan a reconocer lo anterior, a pesar de ser una verdad irrefutable que cualquier persona con una conexión a internet y un poco de curiosidad podría confirmar en el momento que así lo deseara. Y aunque se presenten como académicos y “expertos”, su compromiso no es con la verdad sino con la supervivencia de una ideología tóxica en cuya defensa pueden valerse de todas las tretas desinformativas y propagandísticas a su alcance.

Pongamos como ejemplo ese fragmento del Corán que suele hacerse viral cada vez que hay un atentado terrorista de inspiración islámica, y que pretende demostrarnos la verdadera naturaleza pacífica de tan calumniada religión. Estoy seguro de que varios de mis lectores se han topado con esto en las redes sociales:

“quien matara a alguien, sería como haber matado a la humanidad entera. Y quien lo salvara, sería como haber salvado a la humanidad entera.”

Debo confesar que ese pensamiento, en su infinita sabiduría y elegante belleza, me parece sumamente conmovedor. El problema es que esas palabras no son originales del Corán, a pesar de que éste contiene una versión muy parecida, sino que fueron redactadas varios siglos antes en la Mishná judía. Y es que este fragmento del Corán, maliciosamente sacado de contexto por sus apologistas modernos, no está dirigido a los musulmanes sino a los judíos, atribuyéndole tramposamente a Alá esas palabras que, como dije antes, aparecían en el Talmud desde varios siglos antes de la redacción del Corán. Además, el verso siguiente revela una cruel y reveladora advertencia en contra de quienes osen desobedecer a dios o a su profeta. Pero mejor leamos los versos completos para salir de dudas:

Por esta razón, prescribimos a los Hijos de Israel que quien matara a una persona que no hubiera matado a nadie ni corrompido en la tierra, fuera como si hubiera matado a toda la Humanidad. Y que quien salvara una vida, fuera como si hubiera salvado las vidas de toda la Humanidad. Nuestros enviados vinieron a ellos con las pruebas claras, pero, a pesar de ellas, muchos cometieron excesos en la tierra. (5:32)

El castigo para los que hagan la guerra a Allah y a Su Mensajero y se dediquen a corromper en la tierra, será la muerte o la crucifixión o que se les corte la mano y el pie contrario o que se les expulse del país. Sufrirán ignominia en la vida de acá y terrible castigo en la otra. (5:33)

Súbitamente el fragmento pacifista y humanista, de origen judío, es eclipsado por el tono intolerante con el que se dicta sentencia de muerte en contra de todo aquel que se atreva a  desobedecer las leyes divinas reveladas por el profeta. Y como este, hay innumerables ejemplos de fragmentos sacados de contexto y presentados como prueba fehaciente de la esencial bondad del islam ante un público incauto e ignorante. Lo que me interesa exhibir con este ejemplo es el descaro con el que los apologistas del islam son capaces de mentir para hacer avanzar su agenda y contaminar el debate. Es obvio que si tuvieran argumentos sólidos para proclamar que el islam es una religión pacífica no necesitarían valerse de argucias tan baratas y fáciles de refutar.

Sí, estoy consciente de que en los textos sagrados de los otros dos grandes monoteísmos, el judaísmo y el cristianismo, abundan fragmentos tan repugnantes, intolerantes y violentos como los que permean las escrituras islámicas. Pero tanto el judaísmo como el cristianismo han atravesado por procesos históricos que les han limado los colmillos y las garras hasta convertirlos en cultos primitivos, sí, pero capaces de convivir pacíficamente con el mundo moderno. El islam, en cambio, jamás ha atravesado por un Renacimiento, una Reforma o una Ilustración, lo que explica en parte el insólito y lamentable hecho de que su celo sanguinario siga intacto a estas alturas del siglo XXI, y que sus doctrinas sigan siendo esencialmente incompatibles con una sociedad secular, pues la idea de separar a la Iglesia del Estado jamás entró en el torrente sanguíneo de las comunidades que lo profesan.

No, no todas las religiones son iguales, y la prueba más clara de ello es que hoy por hoy nadie debe cuidarse de “ofender” a los católicos, anglicanos, judíos o budistas del mundo. Ningún miembro o jerarca de esas religiones va a lanzar una sentencia de muerte en contra de quienes se atrevan a criticar abiertamente, satirizar e incluso ridiculizar sus doctrinas, dogmas y personajes ficticios más entrañables. Ningún mormón, por ejemplo, va a decapitar a Matt Stone o a Trey Parker por ridiculizar su fe en “The Book of Mormon”, esa irreverente obra maestra de la sátira antireligiosa. Porque el islam es la única religión del mundo que aún se cobra con sangre y vidas humanas las “ofensas” cometidas en contra de su profeta, su libro o su dios, esas delicadas abstracciones que no deben ser tocadas ni con el pétalo de una opinión pensante.

Tras los nauseabundos atentados en contra de la revista satírica francesa Charlie Hebdo, la BBC realizó una encuesta entre los musulmanes británicos y, para desconcierto del mundo entero, descubrió que el 30% de ellos simpatizaba con los malnacidos que ejecutaron a sangre fría a 12 seres humanos indefensos por el imperdonable crimen de dibujar caricaturas o cuidar la vida de caricaturistas amenazados. Un dato sin duda escalofriante y muy revelador que nos lleva a otro tema urgente, la innegable responsabilidad de las comunidades islámicas alrededor del mundo en la gestación de este problema y, por añadidura, la importancia de su cooperación en la solución del mismo.

Porque ni los terroristas suicidas, ni los verdugos improvisados que decapitan a civiles inocentes frente a las cámaras, ni los adolescentes que abandonan sus hogares burgueses en Occidente para unirse a un culto medieval y sanguinario como ISIS, descendieron de una nave espacial venida del espacio exterior, ni brotaron por generación espontánea, sino que emanaron del seno de una cultura empapada en puritanismo, misoginia, victimismo, reprensión sexual y resentimiento, y se desarrollaron en comunidades al interior de la misma que se han convertido, por razones obviad, en caldo de cultivo ideal para el extremismo.

Y es que a nadie debería extrañarle que jóvenes a los que desde la más tierna infancia se les ha inculcado un profundo desprecio por la cultura occidental y sus valores, y que han sido criados en una religión que considera a las mujeres y a los infieles seres inferiores e indignos de respeto, vayan un paso más allá y, pasando de la teoría a la práctica, decidan seguir al pie de la letra las prescripciones más brutales de su credo. Por eso es tan importante que la comunidad islámica global reconozca con honestidad y madurez que una interpretación literal de su religión ha inspirado a sus hijos más obtusos a perpetrar atrocidades imperdonables. Y que una reforma a fondo de su fe es una tarea inaplazable sin la cual nada cambiará, pues ni los líderes occidentales, ni la policía, ni ningún ejército, pueden generar ese cambio indispensable desde fuera.

Es de vital importancia que la izquierda Occidental despierte de su pasmo y acepte esta difícil realidad con todas sus consecuencias, convirtiéndose en el interlocutor ideal de los musulmanes moderados del mundo, pues persistir en la irresponsable negación del verdadero origen del problema terminará hundiéndola en la irrelevancia, beneficiando electoralmente a la ultraderecha xenófoba, que al menos se atreve a nombrar a Voldemort, e impidiéndole diseñar estrategias realistas y eficaces. Pues es imposible resolver un galimatías tan complejo como éste partiendo de diagnósticos errados y empecinándose en culpar al imperialismo occidental, a Israel o al capitalismo salvaje, del ascenso de este nihilismo vesánico, mientras evita cobardemente mencionar el nombre de la ideología bárbara y apocalíptica que lo nutre y legitima.

No quisiera ser pesimista, pero a juzgar por lo que he leído y escuchado en los últimos años y sobre todo en estos días decisivos, dudo mucho que la izquierda enmiende el camino. Y ante un electorado comprensiblemente preocupado y harto de justificaciones mojigatas y masoquistas, la derecha y la ultraderecha tendrán el camino libre para enfrentar este conflicto a su manera. Al tiempo…

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