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Un ahorita tiene sesenta minutitos

Por Ángel Gilberto Adame:

Me intriga el uso que los mexicanos damos a la palabra ahorita. La ambigüedad del contexto, más la falta de concordancia entre el dicho y el hecho hace que, cada que la escucho como respuesta de un legítimo apremio de mi parte, termine envuelto en la dicotomía entre la pronta satisfacción de mis requerimientos o la sensación de que literalmente me vieron la cara.

Para la Asociación de Academias de la Lengua Española, el contenido de la expresión significa un ahora mismo. Esta definición debería zanjar cualquier tipo de controversia; entonces, ¿por qué me siento timado cuando las cosas no suceden con la rapidez que marca la expresión?

En el Diccionario breve de mexicanismos de Guido Gómez de Silva no hallé mayor referencia, y en el Diccionario panhispánico de dudas aparece lo siguiente:

Ahorita. Diminutivo de ahora, usado frecuentemente en el habla coloquial de amplias zonas de América: «Me encantaría, pero ahorita estoy apuradísimo» (Bayly Días [Perú 1996])…”.

A pesar de la inmediatez que enfatiza la primera fuente, en el segundo se insinúa un pretexto. ¿Esto sugiere que cuando alguien la expresa, en esencia está diciendo que no va a atender a su interlocutor? Luego, ¿qué pasa si termina por atenderlo y hacer lo que le pide?

Tuve que recurrir a un medio poco ortodoxo para intentar despejar mi interrogante, El chilangonario, vocabulario de supervivencia para el visitante de la Ciudad de México de Alberto Peralta de Legarreta. En él texto se apunta:

Ahorita. dim. de ahora. En México, la palabra ahorita puede significar algo que se hará de inmediato, pero también es una expresión que no asegura cuándo sucederá; incluso se llega a utilizar el diminutivo del diminutivo —ahoritita— para indicar inmediatez. El uso irracional de un diminutivo en un adverbio de tiempo es quizá consecuencia de un afán del mexicano por ser amable.

“1. Ahorita lo atiendo.

“—Podría pasar una hora antes de ser atendida.

“2. ¡Levanta tus juguetes ahoritita mismo!

“—De inmediato, ya.

“3. Ahorita no tengo ganas de hacer nada.

“—En este momento, el día de hoy.

“4. ¡Ahorita voy!

“—En algún momento del día, no se sabe cuándo”.

En conclusión, sigo en la oscuridad. Puede que nuestro ahorita sea el primer caso de un oxímoron de una sola palabra. Es sintomático que en el curioso libro del maestro don Guillermo Colin Sánchez, Así habla la delincuencia y otros más…, el asunto merezca dos entradas, una para “ahorita” y otra para “ahoritita”. Quizá de ahí deriva mi sentimiento de haber sido estafado.

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