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Adiós, vocación

Por Alejandra Eme Vázquez:

Para mis ex alumnas y ex alumnos

He contado muchas veces la historia, en público y en privado. Mi mamá es normalista de los mejores tiempos de la Nacional de Maestros y desde que nací me encontré en mi casa un ambiente propicio para que mi juego favorito fuera la escuelita. Cuando estaba en la secundaria, allá en Aguascalientes, un día llegaron a promocionar la oportunidad de ser profesor rural en el CONAFE y yo me enamoré tanto de la propuesta, que al terminar la preparatoria estuve dos años yendo a los sitios más recónditos de aquel estado para dar clases de primaria y hacer proyectos comunitarios. Pronto orienté mi vida profesional a las aulas y desde 2005 a la fecha no he parado de hacer lo que yo creo que vine a hacer a este mundo cruel: dar clases de español en secundaria y pasármela diciendo que a mí me fascina hacerlo, que no es lo más horrible del mundo, que los jóvenes están infravalorados y demás razones que tendrían que ser innecesarias pero, desafortunadamente, no lo son.

Con la docencia se aprende a atestiguar el aprendizaje ajeno y eso cimbra todo el mundo, lo cambia, lo florece. Durante doce años he escrito una historia como convencidísima profesora de secundaria que me ha forjado el carácter, la visión y la manera de pensar. Cuando aparecieron las redes sociales, por ejemplo, yo ya era “miss” y como tal las asumí, a menudo inconscientemente; de pronto me daba cuenta de que había temas sobre los que ni consideraba publicar y que mi código de conducta se ajustaba a un ojo que yo identificaba con el de un alumno o alumna que me mirara sin reclamar incoherencia o indignidad. Y no me pesaba. La gran prestación de estar ante un grupo de jóvenes ávidos de experiencias, ocurrentes y críticos es la oportunidad de pensar y hacer distinto, varias veces, sin parar. Bien usadas, no hay mejor laboratorio de vida que las aulas. Seguir leyendo

Los aliens también leen

Por Deniss Villalobos:

Una lista para Brenda y Lía

Cuando supe que mi hermana estaba embarazada y le empezó a crecer la panza hacíamos muchas bromas sobre un alien que crecía dentro de ella. Mi mamá y mi abuela se enojaban porque ay, cómo dicen eso del bebé, pero a mi hermana y a mí nos daba mucha risa. Siendo honesta, los lols no eran la única razón por la que yo hacía esos comentarios sino que además se me hacía más fácil imaginar a un ser baboso y de otro planeta que saldría de mi hermanita menor que pensar en el niño regordete de mejillas rosadas que, supongo, la mayor parte de la gente se imagina cuando esperan a un bebé en la familia. Luego supimos que sería niña y la única diferencia fue que al alien le imaginaba un moñito rosa.

La RAE no acepta el anglicismo alien así que no aparece en nuestro diccionario pero su traducción como “ajeno” tiene sentido. Mi sobrina sigue siendo, a veces, un alien. Me parece muy extraña y lejana cuando la veo sentada riéndose mientras ve gatitos que se caen en youtube o cuando canta Let It Go sintiéndose Elsa. A veces todavía no me creo que esa niña tan increíble salió de mi hermana, que lleva mi sangre, y que además de todo se parece muchísimo a mí. Seguir leyendo

Falsas equivalencias

Por @Bvlxp:

Son tiempos duros para la izquierda, tiempos muy confusos para los presos del sesgo ideológico. La realidad que ya se nos venía complicando, se nos terminó de complicar este año con la llegada del trumpismo al poder y el desencadenamiento de la decadencia de la dictadura narcochavista en Venezuela. Tanto piso tan poco parejo ha dejado francamente perplejos a los nostálgicos de la hoz y el martillo y las noches de ron en Playa Girón.

En apariencia, la violencia racista en Charlottesville y la violencia política en Venezuela no tienen mucho que ver; sin embargo, bien vistos, ambos fenómenos dan cuenta de la decadencia moral de la izquierda y resultan ser un palito más por el que también se les volteó el chirrión.

Por un lado, ya se sabe, en Venezuela manda un régimen corrupto y criminal que desde que Hugo Chávez aún nos robaba el oxígeno buscó instaurar esa quimera a la que denominó “Socialismo del siglo XXI”: el sueño de los marxistas trasnochados apalancado por una abultada renta petrolera que sirvió para comprar consciencias y derruir las instituciones democráticas. Muerto Chávez, arribó un gorilón de la misma calaña pero de capacidades funcionales francamente limítrofes. Nicolás Maduro es hoy un dictador sanguinario bienamado por algunos sectores de opinión marginal que con mucha desfachatez se denominan de izquierda. Desde la academia comprometida hasta la izquierda militante, en un despliegue repulsivo de cinismo, han intentado justificar la violencia que se ejerce desde el Estado en contra de quienes luchan por recuperar la democracia. Resulta, según estos truhanes del decoro, que la realidad venezolana es más complicada de lo que afirman los medios progresistas pues, a pesar de la violencia estatal que ha cobrado en estos meses más de cien vidas en ejecuciones sumarias en las calles, la oposición “está armada” y de eso no se habla en la prensa, siendo ambas violencias perfectamente equiparables. Por ejemplo, Jeremy Corbyn ha llegado a decir que en Venezuela la violencia se ejerce de ambos lados a manera de disculpar al régimen, lo cual no sólo es una desproporción sino una franca inmoralidad. Seguir leyendo

Rius para principiantes

Por: Oscar E. Gastélum

Sin perder un ápice de su fuerza, el antisemitismo ha pasado de la época de las lámparas de aceite, los barcos de vela y las ruecas a la época de los motores de reacción, las pilas atómicas y las máquinas electrónicas. El antisemitismo nunca es un fin, siempre es un medio; es un criterio para medir contradicciones que no tienen salida. El antisemitismo es un espejo donde se reflejan los defectos de los individuos, de las estructuras sociales y de los sistemas estatales. Dime de qué acusas a un judío y te diré de qué eres culpable.
El antisemitismo es la expresión de la falta de talento, de la incapacidad de vencer en una contienda disputada con las mismas armas; y eso es aplicable a todos los campos, tanto la ciencia como el comercio, la artesanía, la pintura. El antisemitismo es la medida de la mediocridad humana. Los Estados buscan la explicación de sus fracasos en las artimañas del judaísmo internacional. El antisemitismo es la expresión de la falta de cultura en las masas populares, incapaces de analizar las verdaderas causas de su pobreza y sufrimiento. Las gentes incultas ven en los judíos la causa de sus desgracias en lugar de verla en la estructura social y el Estado.
Vasili Grossman

 

La semana pasada falleció el famoso caricaturista mexicano Eduardo Humberto del Río García, mejor conocido entre sus millones de lectores como “Rius”. En México, donde pocas cosas están peor vistas que “hablar mal de un muerto” (una superstición que, junto con la devoción por la “virgencita” de Guadalupe, no comparto con la mayoría de mis compatriotas), el deceso de personajes famosos suele desatar aluviones de halagos y de obituarios acríticos y obsequiosos, que exageran las virtudes del finado al tiempo que ocultan hasta el más imperdonable de sus vicios. Pero nada me preparó para el auténtico tsunami de elogios que generó la muerte del célebre “Rius”. Caudalosos ríos de tinta y pixeles corrieron en cuestión de horas a través de las redes sociales y de los medios tradicionales, con mensajes de afecto y agradecimiento redactados por artistas, intelectuales, políticos (¡hasta el analfabeta funcional que despacha en Los Pinos publicó un sentido tuit en su honor!), periodistas y otros caricaturistas, pero sobre todo por ciudadanos comunes y corrientes que crecieron leyéndolo.

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La casa de cristal en la vida cibernética

Por Nerea Barón:

De mi lectura de La insoportable levedad del ser, hace ya más de una década, se me quedó una pregunta que cada tanto vuelve a mi mente: ¿Qué es vivir en la verdad? Kundera, en su Pequeño diccionario de palabras incomprendidas, contrapone la perspectiva de dos de sus personajes que tienen un amorío destinado al fracaso:

Para Franz, vivir en la verdad significa no mentir, no ocultarse, no mantener nada en secreto y suprimir la barrera entre lo privado y lo público. Le agrada citar la frase de André Bretón acerca de que le gustaría vivir «en una casa de cristal» en la que nada sea secreto y en la que todos puedan verlo. En cambio, para Sabina vivir en la verdad es no mentirse a uno mismo, lo cual sólo es posible cuando se tiene una vida privada. «En cuanto hay alguien que observa nuestra actuación, nos adaptamos, queriendo o sin querer, a los ojos que nos miran y ya nada de lo que hacemos es verdad», dice Kundera. Tener público, pensar en el público, es vivir en la mentira. Seguir leyendo

Cómo comportarse en el microbús (fragmento)

Por Alejandra Eme Vázquez:

Para Manuel Carreño y Joaquim Maria Machado de Assís.

Gracias por tanto.

ARTÍCULO 1: DEL CORRECTO ABORDAJE

Hacerse cargo de sí es la mejor carta de presentación en esa pequeña y efímera sociedad que se forma entre el así llamado “pasaje” de un microbús. No es necesario, ni siquiera deseable, dar los buenos días / buenas tardes / buenas noches explícitamente porque la mejor forma de hacerlo es considerar que cada persona es un universo y prestar atención al entorno que tal conjunto cósmico genera, mientras se intentan sobrellevar las propias tribulaciones y preservar la identidad individual dentro de ese mar de rostros fascinantes, nuestra dosis diaria del constructo al que nombramos sociedad. En la práctica, esto significa que un pasajero de microbús tiene la responsabilidad de pagar lo más eficaz y amablemente posible, encontrar su lugar, entender la dinámica específica de esa ruta irrepetible y tener en cuenta que como en todo trabajo en equipo, sus posibilidades individuales se verán reducidas temporalmente, pero que ser parte de un colectivo y salir bien librado es ya suficiente hazaña en este mundo aciago. Seguir leyendo

Amigos imaginarios

Por Deniss Villalobos:

“What really knocks me out is a book that, when you’re all done reading it, you wish the author that wrote it was a terrific friend of yours and you could call him up on the phone whenever you felt like it. That doesn’t happen much, though.”
J.D. Salinger, The Catcher in the Rye

Bien lo dijo Holden: no pasa muy seguido eso de sentir, al terminar un libro, que ojalá el autor fuera un muy buen amigo tuyo y pudieras llamarlo por teléfono cuando se te pegue la gana. A veces lo pasas muy bien con una novela y quizá piensas que si conocieras al autor te gustaría platicar con él un rato mientras se toman una cerveza, otras veces solo le darías la mano y con otros, aunque el libro no haya estado mal, no sientes que su autor podría ser alguien a quien llamarías para preguntarle adónde van los patos cuando el lago se congela, ni siquiera alguien a quien saludarías si te lo encuentras en la calle.

Y no está mal, claro. Supongo que lo mismo nos pasa con todo el mundo; algunos, muy pocos, se vuelven nuestros amigos cercanos y el resto solo pasa ante nuestros ojos sin causar mayor impresión. La diferencia es que, aunque sientas que un autor podría ser tu mejor amigo, en la mayor parte de los casos esto es imposible. Casi todos los autores que me gustaría llamar por teléfono están muertos y los que están vivos viven lejísimos, no hablan el mismo idioma que yo y, siendo honesta, aunque tuviera sus números telefónicos nunca los llamaría por miedo a hacer el ridículo. Seguir leyendo

Instrumento desafinado

Por Nerea Barón:

A menudo pienso en mis emociones como si fuesen un instrumento a afinar. Basta con que una cuerda esté demasiado apretada o demasiado floja para que un chillido incómodo, fuera de registro, rompa con la musicalidad y todo el empeño puesto en sostener la melodía se pierda en el zumbido molesto de la disonancia.

A menudo me gusta imaginarme como una diosa madre de pelo suelto que con guitarra en mano y sonrisa en boca arrulla con su música amor, con su música alegría. Afino mi instrumento pensando siempre en esa imagen. ¿Quién quiere ser para el otro un peso, una estridencia, un entornar de ojos? No se puede ser medicina, ser canto, ser guarida, con las cuerdas rotas y las clavijas tensas. Seguir leyendo

Burrón y cuenta nueva.

Por Alejandra Eme Vázquez:

Todos tenemos códigos personales, y qué maravilla. Nuestro mundo individual de referentes comienza a alimentarse desde antes de tener conciencia, y por eso a veces podemos sorprendernos a nosotros mismos recordando algo que ni sabíamos que sabíamos, o reaccionando inesperadamente ante estímulos casuales o inducidos cuyo poder puede a veces llevarnos a sitios específicos de nuestra historia con todo y los sentimientos “originales”, que suelen conservarse intactos.

Pero una cosa son los recuerdos que parecen agazaparse para salir al paso en cualquier momento y otra distinta son los referentes que no dejan nunca de estar presentes, hagamos lo que hagamos. Cosas de las que sabemos tanto sin esfuerzos, que cuesta trabajo darnos cuenta de que no todo mundo las conoce igual: tan naturales nos son. Así me pasa, como a muchos mexicanos, con la Familia Burrón, referente obligadísimo para explorar una parte de mí, de nosotres. Seguir leyendo

Haśka

Por Deniss Villalobos:

es agradable pensar
que el mundo morirá un poco
cuando yo muera

Halina Poświatowska

Supongo que ya es un cliché decir que las personas son lugares, o que una persona es tu lugar favorito, aunque muchas veces los clichés justifican su existencia con una razón muy simple: por un momento son verdad, al menos para quien cae en él. Y si las personas son lugares que podemos visitar yo las imagino más como sitios con límites tangibles que se las arreglan para abarcar más de lo que parece. ¿Qué persona podría ser, por ejemplo, todo un océano? ¿En quién cabe tanta agua, algas y ballenas? ¿Quién podría ser un bosque, con zorros de boca ensangrentada, musgo pegado a las piedras, ríos que cantan? Seguir leyendo

Efemérides

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