El Crimen del Siglo

Por Oscar E. Gastélum

El esperpéntico régimen de Andrés Manuel López Obrador ya tiene garantizado un muy merecido lugar en el basurero de la historia por múltiples razones: su gestión criminal de la pandemia, que probablemente terminará costando cerca de un millón de vidas, y que será recordada como un crimen de Estado sin precedentes. Su esquizofrénica y fallida “estrategia” contra la violencia, que consiste en apapachar afectuosamente a criminales sanguinarios y militarizar a perpetuidad la seguridad pública. El patético y oneroso sueño guajiro de resucitar a Pemex y convertir a ese hoyo negro de recursos públicos en una imprenta de dinero fácil. El quebranto patrimonial provocado por la cancelación del NAIM, una ocurrencia que nos costó treinta veces más que la “estafa maestra”. El apoyo incondicional que el gran líder le brindó a un violador con nexos criminales. Las decenas de miles de mentiras que el demagogo ha expectorado durante sus inmundas homilías postfactuales degradando irresponsablemente el discurso público. Los feroces, constantes y antidemocráticos ataques en contra de la sociedad civil, la prensa, las instituciones autónomas, la división de poderes y el árbitro electoral. El «incidente» de la Línea 12 del metro, en el que murieron 26 inocentes que volvían exhaustos de sus trabajos en medio de una pandemia. Y un larguísimo etcétera de bajezas y desatinos, más los que se acumulen en los próximos tres años.

Pero la mancha indeleble que debe marcar para siempre a Obrador y a su secta es el bochornoso e indignante caso del desabasto de medicinas para niños con cáncer. Pues la inocencia y fragilidad de las pequeñas  víctimas exhibe en toda su perversidad al demagogo psicópata que decidió sacrificarlas en nombre de una ilusoria guerra contra la corrupción, y expone la podredumbre moral e intelectual del coro de hienas desalmadas encargadas de justificar y normalizar este y otros crímenes. Y para comprobar esto último basta con echarle un vistazo al repugnante espectáculo que ofrecieron los abyectos moneros del régimen y su invitado de deshonor, el Doctor Muerte Hugo López Gatell, el domingo pasado en un programa transmitido por la envilecida televisión pública, y en el que tildaron de “golpistas” a quienes denunciamos esta escandalosa infamia y calificaron el calvario de los pequeños como “una telenovela muy bien armada”. Tras tres largos años de soportar a esta plaga bíblica en el poder, ya deberíamos estar curados de espantos, pero la impudicia procaz que exhibió esta recua de malnacidos superó todo lo que habíamos atestiguado hasta ahora. Y estoy completamente seguro de que aún pueden rebajarse un poco más si su Caudillo lo demanda.

¿Pero por qué demonios no tienen quimios los niños enfermos de cáncer? Si usted quiere entender las razones, o más bien las sinrazones, del desabasto le recomiendo encarecidamente escuchar la entrevista que mi amigo Pablo Majluf le hizo a Irene Tello Arista, directora ejecutiva de Impunidad Cero, y leer el exhaustivo reporte que su organización publicó en El Universal hace unos meses. En resumen, estamos frente a un problema creado artificialmente por un demagogo obtuso, soberbio y con ideas simplistas y maniqueas. Pues todo empezó porque, según su limitadísima visión del mundo, las farmacéuticas son la encarnación del mal y por eso decidió vetar a las tres más importantes con el sobadísimo pretexto de la «corrupción» y alegando que ejercían un control monopólico sobre el mercado de las compras consolidadas. Estoy consciente de que lo que voy a decir a continuación es una perogrullada ofensiva, pero la mejor receta para acabar con las prácticas monopólicas es incluir a otras empresas, no excluir a las que ya brindan un servicio. Y suponiendo sin conceder que haya existido corrupción, ¿por qué diablos no hay nadie en la cárcel, ni un solo expediente abierto en contra de estas compañías o sus dueños? Según Irene Tello, la investigación de Impunidad Cero sí encontró muchísima corrupción en el sector salud, tanto en sexenios pasados como en este, pero no en la compra y distribución de medicinas. En pocas palabras: el demagogo dejó la verdadera corrupción intacta y despojó a los niños de medicamentos porque las voces en su cabeza le dijeron que las farmacéuticas eran “corruptas”.

Sí, Obrador tomó una decisión extrema irreflexivamente, sin tener un plan de emergencia (si vetas a las tres farmacéuticas más grandes del país de dónde carajos vas a sacar las medicinas que necesita la población), ignorando por completo los complejísimos detalles técnicos de la distribución de medicamentos y partiendo de un diagnóstico totalmente errado. Pero este despliegue de ineptitud criminal no debería sorprendernos, pues treinta millones de nuestros compatriotas decidieron elegir como su líder a un loco imbécil con ínfulas mesiánicas, y los regímenes encabezados por ese tipo de personajes suelen cometer estupideces tremendamente destructivas. Baste recordar, por ejemplo, el caso de Mao y los gorriones. Cuando el dictador comunista se enteró de que esas aves se comían un porcentaje minúsculo pero no despreciable de las cosechas decidió exterminarlas, y los burócratas chinos (los López Gatell y Raqueles Buenrostro de esa época) cumplieron obedientemente la demencial orden del tirano. El problema es que los gorriones también se alimentaban de langostas y cuando desaparecieron, los voraces insectos se transformaron en una plaga imparable que arrasó con los cultivos y provocó una hambruna apocalíptica que mató a millones de seres humanos. Tanto Mao como la bestia tabasqueña pudieron haber evitado sus respectivos desastres consultando a expertos antes de poner en práctica sus sesudas ocurrencias, pero una de las principales características de esas psiques enfermas es el profundo desprecio que sienten contra la gente que lee libros, y estudia, y sabe cosas.

Pero la imbecilidad no es el peor defecto del demagogo, aunque su muy limitado intelecto la produzca en cantidades industriales. Pues aquí lo verdaderamente grave y repulsivo es que una vez que se dio cuenta de la catástrofe que había provocado se negó rotundamente a rectificar su “estrategia”, pues un narcisista perverso es incapaz de reconocer un error. Una persona mentalmente sana perdería el sueño de por vida y viviría atormentada por los remordimientos si una equivocación suya le costara la vida a un solo niñito enfermo, pero para un psicópata desalmado nada, absolutamente nada, es más importante que proteger su frágil ego. Hace unos meses el detestable Javier Tello, esa sabandija taimada que funge como el más sofisticado propagandista del régimen, se atrevió a comparar a López Obrador con Margaret Thatcher en un intento desesperado por normalizar la mortífera testarudez del tlatoani tabasqueño, alegando que la ex primera ministra británica también era muy “terca”. Baste una breve anécdota para exponer la deshonestidad intelectual de esa afirmación y la distancia abismal que separa a ambos personajes.

Thatcher estaba obsesionada con cerrar decenas de minas de carbón que perdían dinero a raudales mientras recibían jugosos subsidios del Estado, y también estaba convencida de que el poder desmedido de los sindicatos lastraba el crecimiento económico de Reino Unido. En 1981 decidió matar dos pájaros de un tiro declarándole la guerra al poderoso sindicato minero. Los líderes sindicales contraatacaron con una huelga. Thatcher se dio cuenta de que las reservas de carbón del gobierno se agotarían en seis semanas y de que el país no podría enfrentar el invierno en esas condiciones, así que decidió tragarse su orgullo y ondear la bandera blanca. Porque la Dama de Hierro era tremendamente terca, sí, pero no era una sociópata delirante, y además encabezaba a un partido político no a un culto religioso. Pero perder esa batalla no la arredró. Durante los siguientes años su gobierno compró y almacenó paciente y sigilosamente suficiente carbón para abastecer al país durante veinticuatro meses y diseñó una minuciosa estrategia para volver a la carga en contra de sus rivales sindicalistas. Cuando eso finalmente sucedió, en 1984, Thatcher logró una victoria tan contundente que transformó para siempre a su país. Uno no tiene que coincidir ideológicamente con «Maggie» para reconocer que así es como se hacen las cosas. Independientemente de la vacuidad de sus acusaciones de “corrupción”, la bestia tabasqueña debió diseñar una estrategia seria que le permitiera garantizar el abastecimiento antes de enfrentar a las malvadas farmacéuticas monopólicas, pues de esa manera los niños no hubieran pasado un solo día sin medicinas. Y la obstinación asesina con la que se ha negado a levantarle el veto a dichas empresas, aunque sea sólo temporalmente, para salvar la vida de los pequeños es un acto criminal monstruoso.

Pero el contrapeso que realmente impide que líderes modernos como Thatcher se comporten cual crueles y desquiciados sátrapas medievales no es su salud mental individual, ni las vigorosas instituciones de sus respectivos países, ni la pluralidad al interior de sus propios partidos, sino una ciudadanía crítica, decente y sólidamente comprometida con la democracia. Si a Macron se le ocurriera despojar de sus quimioterapias a niños enfermos de cáncer y además se atreviera a esgrimir pretextos espurios para justificarse, y de pilón inventara una conspiración internacional alucinante según la cual la verdadera y única víctima es él mismo, los ciudadanos franceses no esperarían ni 48 horas para desempolvar la guillotina. En cambio, en el México del siglo XXI un demagogo inhumano está haciendo todo eso, ante el aplauso de sus hienas serviles y la indiferencia cómplice de buena parte de la sociedad. Somos un país que ha normalizado el horror y ese camino no nos va a llevar a nada bueno. El sufrimiento de los niños y la impunidad de sus verdugos nos envilece a todos. La situación ya es insostenible.

Por eso debemos hacer todo lo que esté en nuestras manos para presionar al régimen hasta que los pequeños tengan acceso a los tratamientos que necesitan. Y luego tenemos que echar a esta secta maligna del poder por la vía democrática, refundir en la cárcel a sus criminales más conspicuos y asegurarnos de que nuestros hijos aprendan la durísima lección histórica que nos va a dejar esta pesadilla. Porque un país tan grande y con tanto potencial como México no puede volver a tropezar con la piedra maldita del populismo.