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Piojo por piojo, liendre por liendre

Por Oscar E. Gastélum:

“Llamamos espíritu libre al que piensa de otro modo al que pudiera esperarse de su origen, de sus relaciones, de su situación y de su empleo o de las opiniones reinantes en su tiempo. El espíritu libre es la excepción, los espíritus siervos son la regla; estos le reprochan que sus libres principios deben ocultar un mal de origen, o bien conducir a acciones libres que no se concilian con la moral establecida.”

 Friedrich Nietzsche

Qué poco le duró el gusto a los porristas oficiosos de la “selección nacional”, esos abyectos defensores de lo indefendible, patéticos propagadores del chovinismo más ridículo y vulgar, hipócritas voceros de un optimismo hueco e injustificado, obtusos consumidores, sin memoria o amor propio, de un producto basura producido con bajísimos estándares de calidad.

Pongamos las cosas en contexto: Tras hacer el ridículo en la Copa América,  el equipo dirigido por Miguel Herrera tuvo que encarar la deprimente Copa Oro y lo hizo de manera bochornosa, sacando empates milagrosos contra potencias del fútbol mundial como Guatemala y Trinidad y Tobago, ganándole a Costa Rica gracias al primero de varios, sospechosos, regalos arbitrales recibidos durante el torneo y protagonizando el robo más desvergonzado que haya tenido la desgracia de atestiguar sobre una cancha de futbol, frente a un equipo panameño que, a pesar de jugar injustamente diezmado durante casi todo el encuentro, fue inmensamente superior y mereció ganar.

Pero los porristas de la selección “nacional”, unos muy bien pagados por los servicios que prestan y otros que no son más que tristes e ingenuos borregos, son inmunes a la cruda realidad, y el domingo pasado se dispusieron a ver la final del torneo de futbol más horroroso del mundo persuadidos en lo más profundo de su ser de que Guardado no tenía por qué haber fallado un penal regalado, pues aparentemente son incapaces de distinguir entre un honesto error arbitral y un flagrante acto de corrupción, y convencidos de que el previsible triunfo frente a la poderosísima Jamaica reivindicaría a sus héroes y taparía las bocas de sus malvados y amargados detractores.

Debo confesar que, efectivamente, el anodino triunfo frente a esa islita a la que en mejores tiempos México le hacía de cinco goles para arriba sin despeinarse, me dejó mudo. Pero no porque ese insípido partido hubiera borrado mágicamente el penoso papelón que el equipo “nacional” hizo durante todo el verano, o hubiera reivindicado la inexplicable lealtad de sus apologistas. No, lo que me dejó sin habla fue la estruendosa, injustificada y grotesca celebración de jugadores y seguidores. Pues mientras los primeros pegaban saltitos ridículos en la cancha y posaban extáticos frente a las cámaras enfundados en sus playeras de “campeones”, los otros redactaban y publicaban tuits furibundos y delirantes. No, no fue  amargura o coraje lo que me dejó sin palabras, sino una mezcla de incredulidad, estupefacción y pena ajena.

El más histérico, y generalmente mustio, de los barras bravas virtuales, tildó de “sadomasoquistas” a quienes queríamos ver perder a ese indigno campeón y, en un arranque de ira digno de la distinguida dama conocida como “la pioja”, nos mandó sumariamente al “carajo”. No deja de ser revelador que alguien que, cual esposa golpeada que se niega a abandonar a su marido abusador, sigue dócil y acríticamente a un equipo de cuarta categoría que se empeña en fracasar a cada paso y representa lo peor de un país con muy pocas virtudes, acuse nada más y nada menos que de masoquismo a quienes tuvieron el valor de revelarse frente a semejante destino. Freud debe estar celebrando ese autogol, muerto de risa, desde alguna tribuna celestial.

Pero no tuvieron que pasar ni doce horas para que el espeluznante carnaval de júbilo impostado antes descrito se viniera abajo estrepitosamente. Finalmente sucedió lo inevitable y el energúmeno ignorante al que el dueño de Televisa impuso personalmente como seleccionador nacional, hizo gala de su evidente falta de educación y su bajísima estofa moral, atacando físicamente a un cronista deportivo que no había hecho más que expresar públicamente su muy acertada opinión sobre el personaje.

Y, de pronto, en un abrir y cerrar de puños, la pesadilla terminó. Ese fue el predecible final de un hombre que tiene más madera de payaso que de estratega. Un tipo codicioso hasta la médula y desparpajadamente inescrupuloso que, en un acto sin precedentes, violó impunemente la ley electoral de esta democracia moribunda vendiendo públicamente su voto por una cifra desconocida. Un troglodita con un perturbador historial de violencia que en cualquier país civilizado ya lo hubiera llevado al manicomio o a la cárcel.

Pero, y esto es algo que se niegan a entender los  porristas más cerriles del “tri”, la culpa no es del piojo expiatorio, sino los mafiosos que lo encumbraron y que lucran con el sistema ignominioso y primitivo que mantiene a nuestro balompié estancado. Porque el futbol mexicano es un reflejo fiel del país corrupto, atrasado, incurablemente orientado al corto plazo y condenado al fracaso, al que representa.

Y mientras nuestro futbol siga siendo manejado discrecional y despóticamente por el dueño de Televisa y sus lacayos, quienes, cegados por un cortoplacismo mezquino, llevan décadas privilegiando la ganancia económica fácil e inmediata y sacrificando la calidad y la excelencia deportiva, seguiremos atascados en este lodazal, padeciendo una liga infumable plagada de extranjeros de medio pelo, dividida en torneitos de seis meses que coronan campeones de chocolate y fomentan la mediocridad, y continuaremos siendo un semillero inagotable de sacos de mediocridad intelectual y futbolística de la calaña de los hermanos Dos Santos.

Entiendo al puñado de porristas cuyo sueldo y prosperidad dependen de su servilismo ante los dueños de México y su equipo de futbol, y compadezco sinceramente a los millones de tontos útiles que sostienen económicamente ese sistema corrompido sin cobrar nada a cambio, después de todo yo fui uno de ellos durante años. Pero lo importante es que finalmente logré liberarme de ese pesado fardo emocional, y juré no volver a apoyar a México en este hermoso deporte hasta que haya un cambio de fondo en nuestro futbol y una verdadera selección nacional se gane mi devoción y mi respeto…

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