Por Óscar E. Gastélum:

«Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie.

¿Y ahora qué sucederá? ¡Bah! Tratativas pespunteadas de tiroteos inocuos, y, después, todo será igual pese a que todo habrá cambiado.

Una de esas batallas que se libran para que todo siga cómo está.»

—Giuseppe Tomasi di Lampedusa

Hace unos meses todavía pensaba: “No volveré a votar por López Obrador y espero sinceramente que pierda. Pero si llegara a ganar al menos encontraré consuelo en la dulce derrota del PRI, y el primero de julio celebraré toda la noche la humillación que el triunfo del demagogo significará para Enrique Peña Nieto, ese ladronzuelo zafio que nunca debió gobernar al país y que lo deja al borde del abismo.” Qué ingenuidad. Y es que jamás pensé que, motivado por una obsesión enfermiza con el poder, el demagogo tabasqueño sería capaz de todo, hasta de  rebajarse a pactar con el gobierno más corrupto e inepto de la historia reciente de México, prometiéndole impunidad.

Pero henos aquí, atestiguando la enésima elección de Estado de nuestra historia, contemplando impotentes cómo las instituciones son utilizadas de manera descaradamente facciosa para golpear al único político que amenaza, aunque sea modestamente, al sistema, y cómo las televisoras impulsan sin pudor al candidato oficial al tiempo que borran del mapa a la oposición. El hecho de que ese candidato oficial, arropado por el Presidente y apapachado por Televisa y Azteca, sea nada más y nada menos que Andrés Manuel López Obrador, es una prueba más de que lo que representa el demagogo es una restauración del antiguo régimen, un cambio simulado. Y también es una señal más de que el mundo ha entrado en una auténtica dimensión desconocida histórica, una era de disrupción populista y autocrática que podría desembocar en el fin de la democracia liberal y del mundo moderno.

La evidencia del pacto entre el demagogo y las televisoras es abrumadora e incontrovertible. Desde hace varios meses, los oligarcas mediáticos colocaron a gente de toda su confianza en el corazón de la campaña lopezobradorista. Azteca designó como su representante en las entrañas del “cambio verdadero” (esa farsa a la que a partir de ahora deberíamos de llamar “pejepardismo”) a Esteban Moctezuma Barragán y  Televisa a Marcos Fastlicht. El primero (que además suena como futuro Secretario de Educación) fue presidente de Fundación Azteca y el segundo es nada más y nada menos que el suegro de Emilio Azcárraga Jean. Este acercamiento se tradujo en una cobertura televisiva descaradamente obsequiosa y favorable para el demagogo (quien en su momento no perdió oportunidad de desvivirse en elogios para el dueño de TV Azteca), y en un cerco informativo en contra de Ricardo Anaya. Apenas el lunes, Raúl Trejo Delarbre publicó una columna en la que demuestra con estadísticas que Televisa y Azteca han jugado descaradamente en el equipo de López Obrador.

El pacto con el PRI es igual de obvio. Desde hace meses el demagogo empezó a gritar a los cuatro vientos que no piensa ordenar una investigación en contra de Peña Nieto y su pandilla de rufianes, y como López Obrador tiene planeado designar un Fiscal a modo, la procuración de justicia seguramente seguirá dependiendo de la voluntad del Señor Presidente. Además, en las últimas semanas la presidenta de Morena “Yeidckol Polevnsky” no se ha cansado de darle arrumacos obscenos a los personajes más impresentables del tricolor, describiendo a Raúl Cervantes (el hombre que no resolvió un sólo caso en su breve estadía al frente de la PGR y pasó a la historia por poseer un Ferrari con placas de Morelos) como “un gran procurador”, y asegurando que Alejandro Gutiérrez, el ex secretario general adjunto del PRI y operador político de Manlio Fabio Beltrones detenido en Chihuahua por un millonario desvío de recursos públicos, es un preso político. También vale la pena recordar la virulenta mezquindad con la que el demagogo ha atacado una y otra vez a Javier Corral, el gobernador que más está haciendo por combatir la corrupción.

Pero el capítulo más repugnante y nocivo de esta alianza non sancta se ha escrito en el Senado, donde en los últimos meses Morena y el PRI han hecho mancuerna para pasar, vía fast track, legislaciones tan tóxicas como la “ley chayote”, y para minar la autonomía del INAI y nombrar a un auditor carnal al frente de la Auditoría Superior de la Federación (cuya primera decisión fue despedir a la auditora que se encargó de investigar el desfalco millonario conocido como “La Estafa Maestra”). Lo más ofensivo de este nauseabundo amasiato ha sido ver a una figura tan deleznable como Manuel Bartlett tejiendo, en representación de Morena, los acuerdos con su antiguo partido y socavando sin pudor nuestra comatosa democracia. Es muy obvio que el demagogo no quería tener al presidente en funciones en su contra, como le sucedió en 2006 y 2012, y por eso decidió garantizar la impunidad transexenal de Peña Nieto a cambio de que este no usara toda la fuerza del Estado en su contra durante el proceso electoral.

Pero aunque hoy en día resulte imposible de creer, hubo un tiempo en que López Obrador tenía principios y valores. En 2006, cuando voté entusiasmado por él, rechazó tajantemente la alianza que le propuso Elba Esther Gordillo, y la corrupta dirigente sindical acabó pactando con Felipe Calderón Hinojosa quien pasó a la historia por declarar que lo importante era ganar la elección, “haiga sido como haiga sido”. En aquel entonces, ese desplante de cinismo y miseria ética me pareció indignante y repulsivo. Pero el proverbial “haiga sido como haiga sido” de Calderón resultó una inocentada baladí comparada con la orgía de oportunismo craso y podredumbre moral en que se transformó la tercera campaña presidencial del demagogo. Y es que el hombre que solía vanagloriarse de no ser un “ambicioso vulgar” renunció a sus principios para hacer realidad su obsesión de ser presidente de México y no se conformó con pactar con Elba Esther Gordillo (sí, la misma dirigente sindical siniestra y corrupta a la que rechazó en 2006) sino que además, como hemos visto, tejió alianzas con la ultraderecha evangélica, Televisa, TV Azteca, Alfonso Romo, Enrique Peña Nieto y su pandilla, Napoleón Gómez Urrutia, Manuel Espino, Germán Martínez y un interminable etcétera. Y le regaló candidaturas a personajes ínfimos como Cuauhtémoc Blanco o “El Pato” Zambrano.

Es obvio que para el demagogo el fin justifica los medios. Pero para una persona decente e intelectualmente honesta, los medios revelan el fin: una campaña canallesca y de pactos con el diablo sólo puede desembocar en la restauración de una autocracia. En nuestro país la cultura democrática es endeble, pero la cultura priista es ubicua y vigorosa. El demagogo es un priista de cepa que aspira a restaurar el régimen autocrático en el que se formó sentimentalmente. No se trata de cambiar nuestras corrompidas estructuras de poder y ni siquiera de reemplazar a los individuos que las controlan pues Morena está plagada de parásitos y mafiosos que han formado parte del sistema desde hace décadas, auténticos vividores del presupuesto. Sí, Morena no es un partido político ni un movimiento social, es una letrina ideológica y un freak show. Un club de alimañas ponzoñosas sin una ideología definida pero unidas por el culto a un Caudillo y por la ambición desmedida, es decir, un auténtico Nuevo PRI. Y este flamante Frankenstein obviamente aspira a transformarse en una fuerza política hegemónica capaz de engullir  a lo que va a quedar de la oposición, y de los partidos tradicionales, tras esta demencial elección, para ejercer el poder absoluto indefinidamente.

El pejepardismo será pues un cambio superficial y cosmético, y consistirá solamente en restaurar una versión “buena” del PRI, encumbrando a un demagogo con ínfulas de redentor, que supuestamente ejercerá el poder absoluto con benevolencia y honestidad. Por eso su discurso primitivo e incoherente, su extravío ético y su promiscuidad ideológica atrae tanto a las ratas de siempre, que llevan meses abandonando sus antiguos partidos para subirse al barco de los vencedores. Y por eso es capaz de seducir a nuestros oligarcas (con algunas excepciones que pronto se cuadrarán ante el “nuevo” régimen), pues a ellos les interesa más que a nadie que todo cambie para que todo siga igual. Es obvio que ningún cambio auténtico puede construirse sobre cimientos de impunidad y autoritarismo (por más “benigno” y “honesto” que sea el autócrata). Lo que ofrecen el demagogo y sus propagandistas es una farsa, un simulacro, un peligroso retroceso que destruirá lo poco que hemos avanzado en estos años sin arreglar uno solo de nuestros múltiples problemas.

Confieso que no escribo estas líneas con la esperanza de convencer a nadie. A estas alturas del partido quienes eran susceptibles de ser convencidos con argumentos ya vieron la luz, quienes están cegados por el fanatismo se aferrarán a su ceguera hasta el final y aquellos a los que la ira no les permite ver recobrarán la vista hasta que sea demasiado tarde. Y es que esta película ya la vi, en Reino Unido con Brexit, en EEUU con Trump, en Italia con el mejunje populista que llegó al poder, y en muchos otros lugares en los que terminó sucediendo lo que hasta hace unos cuantos meses hubiera sido impensable. Escribo este texto para registrar mi perplejidad y mi desesperanza. Y para dejar constancia de que hice todo lo que estuvo a mi alcance para enfrentar al demagogo.

Hace unos cuantos días uno de los porristas de López Obrador declaró en tono arrogante que lo que en verdad le preocupaba a los detractores de su candidato era que resultara un gran presidente y Morena volviera a ganar dentro de seis años. No, lo que a mí me preocupa, y aterra, es que sea un pésimo presidente y que a pesar de eso Morena vuelva a ganar dentro de seis, y dentro de doce, y dentro de dieciocho años. Un escenario mucho más probable de lo que ellos mismos imaginan…

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