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Low Expectations

Por Oscar E. Gastélum:

The young were motivated by a Brexit referendum that sold out their futures. They have had their revenge tonight on the old men and women who shared such scant concern for their children and grandchildren.”

–Nick Cohen

La semana pasada los británicos volvieron a sorprender al mundo con una jornada electoral de alarido. Sí, el electorado tradicionalmente más mesurado del mundo volvió a exhibir su nueva faceta excéntrica e impredecible al propinarle un sonoro descalabro a la inepta Theresa May, quien organizó esta elección anticipada erróneamente convencida de que multiplicaría su mayoría en el parlamento y de que su contundente triunfo fortalecería su capacidad para negociar una versión dura y suicida de Brexit frente a los líderes de la Unión Europea. Pero para su desgracia nada de eso sucedió y en estos momentos la Primera Ministra lucha por mantenerse en el puesto desde una posición francamente endeble, pues su mayoría en el parlamento se esfumó y su carrera política pende de un hilo. Pero la excentricidad de la elección no radica en el hecho de que los votantes británicos rechazaran la destructiva arrogancia de May, con su esquizofrénico “hard Brexit” y su crudelísima austeridad, sino en que el laborismo haya logrado remontar una desventaja en las encuestas de más de veinte puntos porcentuales, a pesar de tener un líder tan tóxico y limitado como Jeremy Corbyn.

Y es que no debemos engañarnos, Corbyn representa a lo peor de la izquierda reaccionaria global. Es un neoestalinista con un arraigado odio por la civilización occidental y esa irracional inquina lo ha llevado a simpatizar y a tejer alianzas con cualquier régimen o movimiento que se declare enemigo de Occidente y sus valores: desde la cleptocracia rusa hasta la teocracia iraní, pasando por el chavismo y organizaciones terroristas como Hamas, Hezbollah o el Ejército Republicano Irlandés. Todo esto está ampliamente documentado, no se trata de calumnias diseminadas por la prensa derechista británica como sus simpatizantes más fanatizados o ingenuos nos quieren hacer creer. Pero lo que mucha gente alrededor del mundo no sabe u olvida, es que en un sistema parlamentario como el británico los electores no votan directamente por el primer ministro sino por el miembro del Parlamento que los representará, y al final de la jornada el líder del partido que haya obtenido más asientos en la Cámara de los Comunes es quien terminará desempeñando el cargo de primer ministro.

Esto quiere decir que si bien los británicos, sobre todo los más jóvenes, decidieron castigar la desalmada austeridad y el chovinismo ramplón de los Tories (autores de ese desastre injustificable e imperdonable llamado Brexit) votando por el laborismo, no necesariamente lo hicieron seducidos por la versión corbynista del mismo. Y es que Corbyn y las momias y payasos que lo rodean son una minoría raquítica dentro del partido. Sí, la inmensa mayoría de los parlamentarios laboristas, por quienes la gente votó directamente, están más cerca ideológicamente de un Tony Blair o un Emmanuel Macron que de Putin o Chávez. Ese hecho innegable quedó reflejado a la perfección en el manifiesto que el partido presentó ante los votantes para esta elección, un valioso documento que desborda políticas públicas de corte socialdemócrata y está muy alejado del populismo tercermundista tan admirado por Corbyn y los suyos.

Pero a pesar de todo esto los fans de Corbyn alrededor del mundo trataron de presentar el resultado de los comicios como un triunfo personal de su ídolo. Olvidando convenientemente que Corbyn no solo no ganó, sino que PERDIÓ la elección por un margen casi idéntico al que provocó la renuncia de Gordon Brown (un político de peso completo al que el viejo “Jeremy” no le llega ni a los talones) tras la elección de 2010. Así es, Corbyn está cosechando los frutos de las bajísimas expectativas que despertó como líder partidista, y eso le permite presentar su derrota como un triunfo, pues sus contrincantes no lo aplastaron humillantemente como todos esperábamos. De hecho, aunque le duela a los corbynistas, la triste verdad es que si el laborismo hubiera tenido un líder digno y a la altura de las circunstancias, seguramente hubieran barrido a los Tories y estarían formando gobierno. Aunque también sería justo aclarar que, paradójicamente, si ese hubiera sido el caso, Theresa May no habría puesto en riesgo su gobierno solicitando una elección anticipada, pues si lo hizo fue solamente porque creyó que aplastaría fácilmente a una momia filochavista como Corbyn.

A final de cuentas, y a pesar de la sorpresa, parece que el electorado británico volvió al sendero de la cordura, pues terminó castigando contundentemente la arrogancia autodestructiva no sólo de los promotores originales de Brexit sino también de quienes, como May (que incomprensiblemente solía estar a favor de permanecer en la Unión Europea), abogaban a favor de su versión más dura y nociva. Y lo más importante de todo es que lo hizo sin encumbrar a una momia impresentable como Corbyn. Si a todo esto le agregamos el hecho de que el Partido Nacionalista Escocés sufrió una derrota tan contundente como inesperada, resulta indisputable que el resultado de la elección fue tremendamente positivo para quienes amamos a Reino Unido y lo queremos ver tan cerca de Europa como sea posible y haciéndole honor a su nombre permaneciendo UNIDO. Ojalá que la izquierda británica, sobre todo su sector más joven e idealista, saque las lecciones correctas de esta experiencia y entienda que el corbynismo no es más que un saco de nostalgia y amargura reaccionaria, y en lugar de obstinarse en seguir a ese  avinagrado representante del pasado decida mirar hacia el futuro y buscar entre sus filas una versión británica de Macron, pues si lo hace seguramente volverá al poder dentro de cinco años o incluso antes.

Pero esa lección no es sólo para los británicos, en México la inmensa mayoría del electorado agradecería el surgimiento de una opción socialdemócrata moderna que le ahorrara la desagradable faena de tener que elegir entre la despreciable y descarada corrupción del PRI y el primitivo populismo de López Obrador. ¿Habrá tiempo suficiente como para que un milagro así suceda?

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