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Lorenzo Servitje

Por Rodrigo García:

Conocerlo fue una de esas suertes que me ha dado la vida: estar cerca de un personaje crucial en la historia moderna de mi país, un hombre que se dedicó a construir patria, un señor de los periódicos, uno de esos héroes imposibles. Don Lorenzo fue enorme, claro, pero lo fue mucho más por las cosas que el país entero no podía saber de él. Estoy convencido de que su mejor lado era uno que muy pocos pudieron ver y disfrutar; el lado íntimo y cariñoso de Lorenzo Servitje fue una de sus obras más grandes.

El asunto con los críticos de los prohombres es que no pueden verlos con sus nietos, con sus bisnietos, con sus hijos, en las navidades; es que sólo los juzgan (no puede ser de otro modo) por los errores cometidos en una larga trayectoria pública, por sus filias y sus fobias políticas, ajenos a la suavidad que sólo se ve cuando estamos con la guardia baja, dando y recibiendo amor, compartiendo la mesa y la vida; cuando podemos ver cómo viven los momentos vulnerables y entrañables de la vida familiar. Me tocó ver a don Lorenzo en momentos de enfermedad, llorando siempre cuando recordaba a su adorada Carmen, resolviendo con firme delicadeza los desarreglos familiares, dudar ante el mundo, cuestionarse siempre, dar pasos inciertos ante la realidad evasiva y cambiante de la posmodernidad. Con su firme ejemplo, lo vi inculcar en su familia una austeridad y una sencillez implacables, desde la empatía del compromiso social, el trabajo y el sacrificio por el otro.

Muchos, muchísimos, tenemos nuestras anécdotas de don Lorenzo, nuestra historia que contar. Todos somos huérfanos de un hombre como él porque era como un abuelo para tantos. Las puertas de Lorenzo Servitje estaban más abiertas de lo que uno podría imaginar que lo estuvieran las de un hombre de su envergadura. Don Lorenzo era un hombre generoso y bueno como el pan, y del pan aprendió a reconfortar y dar la sensación de hogar.

De él recibí cartas, libros, consejos, abrazos, miradas cálidas. Nadie podría suponer que un hombre que para quienes no lo conocieron se trataba sólo de dinero y poder, estaba realmente obsesionado con el amor y con encontrar el equilibrio y la armonía en la pareja. Don Lorenzo fue un hombre profundamente comprometido con desentrañar los caminos de la felicidad. Al final de su vida había llegado a la certeza de que de lo que uno más se arrepiente en la vida es de no haber dicho un te quiero a tiempo. No he conocido a alguien que tenga un compromiso tan firme con ser mejor cada día, a aprender las lecciones del pasado y a ser implacable consigo mismo a pesar de su edad y sus comodidades.

Fue un soñador, un idealista siempre, un hombre suave, un gran optimista. Decente, austero, goloso y juguetón, Lorenzo Servitje nunca dejó de vivir mentalmente en la sencillez de la cuna que lo vio nacer y nunca dejó de tener el alma de un hombre del campo.

Don Loren, si hubiera podido verte una vez más, te diría: nunca te fallé, los momentos que compartimos los atesoro como una fortuna en mi vida, fuiste como el abuelo que la vida me negó, sigues vivo en mí y te llevo conmigo todos los días.

Hasta siempre.

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