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Liberté, égalité, fraternité… burkinité

Por Oscar E. Gastélum:

«The French legislators who seek to repudiate the wearing of the veil or the burqa —whether the garment covers “only” the face or the entire female body—are often described as seeking to impose a “ban.” To the contrary, they are attempting to lift a ban: a ban on the right of women to choose their own dress, a ban on the right of women to disagree with male and clerical authority.»

Christopher Hitchens

En las últimas semanas la opinión pública internacional se enfrascó en una álgida polémica  provocada por la prohibición decretada en algunas playas de la Costa Azul francesa en contra de una horrorosa prenda de vestir llamada, no sé si afectuosa o irónicamente, “burkini” (“ingeniosa” combinación entre burka y bikini). La reacción de la prensa progre y las almas puras de Occidente no se hizo esperar y fue tan desafortunada como dolorosamente previsible: la misma dosis cansina de mojigatería políticamente correcta, pereza intelectual y relativismo cultural, que tanto ha contribuido a que el problema del extremismo islámico en Europa se haya salido de control y haya mutado en una auténtica amenaza existencial.

Habría que empezar por explicarle a todos esos hipócritas que se atreven a juzgar desde lejos a un país que ha sufrido tanto en los últimos tiempos gracias a la vileza sanguinaria y vesánica del extremismo islámico, que, por cuestiones históricas y culturales, Francia es un país que se toma muy en serio el principio constitucional de “laïcité”, y la mejor prueba de ello es que la separación entre iglesia y estado o entre la sociedad civil y la sociedad religiosa, es mucho más importante para sus ciudadanos y políticos que para los de cualquier otra democracia liberal. Y también sería bueno recordarles que los legítimos representantes de la ciudadanía francesa (la prohibición es apoyada por dos tercios del electorado galo) tienen todo el derecho a defender sus valores más preciados como mejor les parezca dentro del marco legal.

Y antes de que algún despistado se atreva a equiparar el sólido e intransigente compromiso con la laicidad del pueblo francés y sus líderes, con el ciego y virulento fanatismo religioso de sus enemigos (una falsa equivalencia obscenamente estúpida pero a la que suelen recurrir constantemente tanto los propagandistas más mendaces del islamismo como sus cretinos apologistas occidentales) valdría la pena recordar lo obvio: Los defensores del Estado laico, en Francia o en cualquier otro rincón del mundo, no esclavizan a sus mujeres, ni mutilan a sus niñas, ni ejecutan homosexuales, ni atropellan intencionalmente o vuelan en pedazos a civiles indefensos. No, no existen los “fanáticos” del secularismo que se inmolen al grito de “¡Voltaire Akbar!” o “¡Hume es grande!”. Así que, por favor, dejémonos de estupideces.

Habiendo tenido que aclarar lo anterior, pasemos al corazón del asunto: La prohibición del tristemente célebre “burkini”. La crítica que he escuchado y leído con más frecuencia en estos días ante la decisión de las autoridades francesas, expresa incredulidad e indignación frente a lo que se percibe como una intromisión inadmisible en la libertad de las mujeres para vestirse como les dé la gana, un sentimiento admirable pero mal aplicado a este caso. Y es que nada exhibe mejor el lamentable extravío en que ha caído buena parte de la opinión pública occidental, gracias en buena medida a la influencia ideológica del relativismo nihilista, que la ingenua certeza de que el “burkini” es una prenda que las mujeres musulmanas eligen vestir libremente. Nada más alejado de la realidad.

Y es que hasta el nombre resulta engañoso, pues el trapo en cuestión tiene muchísimo de burka y absolutamente nada de bikini. Y al igual que la burka, el polémico burkini no es más que un instrumento de opresión impuesto sobre mujeres indefensas por padres, maridos, hermanos y clérigos misóginos, acostumbrados a tratar a las mujeres que los rodean como objetos o ganado de su propiedad. No niego que debe haber mujeres lo suficientemente fanatizadas como para elegir realmente esa vestimenta, pero en las condiciones actuales resulta imposible distinguirlas de las que son obligadas a hacerlo y que seguramente son una apabullante mayoría. No, el Estado francés no estaba tratando de oprimir a las mujeres musulmanas, todo lo contrario, trató de ofrecerles una vía de integración a la sociedad tolerante y diversa que las rodea pero de la que tienen prohibido formar parte, y les obsequió una coartada legal para huir, por lo menos momentáneamente y en lugares públicos, de su abyecta servidumbre.

Mi hermana vive en Niza, epicentro de la prohibición, y sé de primera mano lo espeluznante que resulta contemplar el siguiente espectáculo cotidiano: una familia árabe  pasa el día en la playa, los niños, en traje de baño, corretean y chapotean alegremente en el mar mientras el padre, también en traje de baño, retoza plácidamente en un camastro junto a su esposa, que está debidamente cubierta de pies a cabeza bajo el rayo del sol. No sé en qué planeta semejante tortura y humillación sean símbolo de autonomía y dignidad, pero entiendo muy bien el hartazgo de los bañistas franceses ante un despliegue de misoginia tan cerril y descarado, y ante las piruetas intelectuales que dan algunos tarados para justificar lo injustificable.

Francia tiene una innegable responsabilidad para con su comunidad inmigrante, pero las reglas de la hospitalidad no sólo le exigen cortesía y generosidad al anfitrión, también demandan que el recién llegado respete las costumbres y los valores de la nación que le ofreció un refugio y un hogar. El camino a la integración es de ida y vuelta y para recuperar esa armonía social perdida desde hace décadas y que Francia echa tanto de menos, su comunidad islámica tiene que ceder en aspectos que para la sociedad francesa son innegociables. Cuando una mujer occidental visita un país de mayoría musulmana se atiene respetuosamente a los códigos de vestimenta de sus anfitriones. ¿Por qué Occidente no puede exigir el mismo nivel de respeto de gente que no sólo está de visita sino que vino a nuestros países en busca de una vida mejor?

Podemos y debemos debatir respecto a la efectividad de la medida o sobre sus posibles consecuencias negativas, pero escandalizarse y lanzar juicios sumarios y desinformados desde una atalaya de hipocresía y falsa superioridad moral no aporta nada a la discusión. Pues la regulación de prendas ostentosamente religiosas ni siquiera es inédita y sus precedentes más recientes y relevantes se encuentran en Turquía y Túnez. Sí, dos de las naciones mayoritariamente islámicas más avanzadas y comprometidas con la secularización de sus sociedades decidieron prohibir, en el caso turco desde hace décadas, el uso de velos o burkas en edificios públicos como universidades, escuelas, juzgados y otras instituciones gubernamentales. ¿Por qué se critica entonces de forma tan irreflexiva y severa a Francia cuando está imitando la estrategia de naciones que tienen mucha más experiencia en la lucha contra el fanatismo islámico y la opresión de la mujer con pretextos religiosos?

Desgraciadamente buena parte de Occidente se ha vuelto tan pusilánime que ya es incapaz de resguardar con convicción hasta sus valores más sagrados, y tan absurdamente relativista y masoquista como para tolerar y defender a prácticamente cualquier cultura del mundo, por más salvaje y siniestra que sea, menos a la propia. Pero que quede muy claro: prohibir el burkini no oprime a las mujeres musulmanas, las libera de la fatigosa obligación de usarlo que les imponen sus dueños.

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