La candidatura de Meade

Por Frank Lozano:

Cuando todo parecía funcionar en la estrategia diseñada desde los Pinos para situar al PRI como el partido que podría hacerle frente a López Obrador, apareció la candidatura de José Meade y con ella, el inicio de la debacle.

Hagamos un recuento. Desde el cuarto de guerra tricolor, se echó a andar una estrategia para debilitar al entonces Frente Ciudadano, la cual básicamente consistió en presentar a Ricardo Anaya como un yupi, privilegiado, y de paso, sembrar la duda sobre el origen de su fortuna y de la fortuna familiar. A la par, dividieron al panismo e intentaron aprovechar la fractura, utilizando a un minúsculo grupo de senadores afines al expresidente Calderón y en menor medida, capitalizando la renuncia de Margarita Zavala del PAN.

La campaña de desprestigio contra Anaya fue implacable, pero no logró el propósito de descarrilar el proyecto del queretano. Frente a ese escenario, Peña y compañía optaron por designar a un candidato lo menos vinculado al priísmo tradicional, ese prospecto, como todos lo sabemos, es Pepe Meade.

El inicio de la debacle fue vertiginoso. Los primeros actos del ungido, iban en sentido contrario a la apuesta del PRI. Al buscar el apoyo de las alas duras del priísmo, en automático, Pepe Meade comenzaba a dinamitar su propia credibilidad.

A la imposibilidad de construir una imagen, ya no digamos fresca, sino simplemente natural de Meade, se le han sumado los señalamientos de irregularidades solapadas a su paso por la Secretaría de Desarrollo Social, demostradas en la investigación periodística llamada, la Estafa Maestra. La inmensa sombra de Rosario Robles le persigue. También ha fracaso el intento de situar a Meade como un técnico impecable o bien como un actor sin responsabilidad por uno de los temas que más ha molestado a la ciudadanía: el aumento de los energéticos.

Hoy Pepe Meade no es ni un gran técnico, ni un gran político, ni un priísta, ni un panista, ni un ciudadano. Es, si acaso, una desastrosa improvisación.

Sin duda, las alarmas de pánico están encendidas en los Pinos. En primer lugar, no hay estrategia que alcance para revertir la mala imagen que tiene el Partido Revolucionario Institucional. En segundo lugar, el candidato no llena los zapatos y su discurso no es coherente con su pasado, ni con su realidad. En tercer lugar, la mala calificación del gobierno de Peña Nieto no se ha podido revertir y con ella, sus negativos: corrupción e inseguridad. En quinto lugar, prevalece un ánimo mayoritario de cambio en los electores. En sexto lugar, las tendencias de votación favorecen a Por México al Frente como la opción que puede darle pelea a Andrés Manuel López Obrador. En pocas palabras, desde la vía legal es prácticamente imposible que gane el PRI.

Al final, la candidatura de Meade es la triste pero justa proyección de lo que los mexicanos piensan hoy del gobierno federal y del partido que gobierna: algo insalvable.

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