Por Óscar E. Gastélum:

«You had chosen France, she isn’t the melting pot you’d hoped for. Everything is getting tense again. We’re called “French Jews”; there are also French Muslims, and here we are, face-to-face —I who had hoped never to take sides, or at least, to simply be on the side of freedom. I’ve listened to threats that sounded like echoes from the past, I’ve heard people shouting “Death to the Jews” and “Jews, fuck off, you don’t own France,” and I’ve wanted to throw myself out the window. Day by day, I’m losing my convictions, the nuances, some of my memories; I end up questioning my past commitments; I see policemen outside of synagogues but I do not want to be someone who needs protection.»

— Marceline Loridan-Ivens

 

Entre el 16 y el 17 de julio de 1942 más de 13,000 judíos franceses, incluyendo a 4,000 niños, fueron aprehendidos y trasladados al famoso “Velódromo de Invierno” en París, donde permanecieron alrededor de cinco días en condiciones antihigiénicas e infrahumanas antes de ser enviados al campo de exterminio de Auschwitz. La redada fue ordenada por los invasores nazis y ejecutada obedientemente por la policía y la gendarmería francesas bajo el mando del gobierno colaboracionista de Vichy. A casi ochenta años de distancia, la “Rafle du vel d’hiv” es uno de los capítulos más oprobiosos en la historia de Francia, y su interpretación sigue generando polémicas. Hace menos de un año, durante la campaña presidencial, la lideresa de la ultraderecha francesa, Marine Le Pen, declaró que ni Francia ni los franceses eran responsables de la redada ni de sus consecuencias. El entonces candidato Macron tuvo que salir al paso de ese repelente acto de revisionismo histórico declarando que Francia tenía que aceptar y  enfrentar el hecho incontrovertible de que fue la policía francesa la que arrestó y recluyó a sus compatriotas judíos y que ningún alemán participó en la redada. En total, más de 42,000 judíos franceses fueron enviados a Auschwitz y sólo 811 sobrevivieron.

En 1942, año de la malhadada redada, Mireille Knoll tenía nueve años, y como era una niña judía, había quedado fichada en los archivos de la policía desde 1940 y no podía salir a la calle sin llevar una estrella de David cosida en el pecho, por esa razón debió ser aprehendida por la policía de su país y enviada rumbo a una muerte segura en el más infame de los campos de exterminio nazis. Sin embargo, Mireille no estaba destinada a perecer junto a los seis millones de judíos exterminados por la vesania de Adolfo Hitler y su pandilla genocida, y gracias al providencial pasaporte brasileño de su madre, logró huir junto a ella y a su hermano rumbo a Portugal. Sí, Mireille, su madre y su hermano escaparon milagrosamente de las garras de la muerte, pero su padre no corrió con la misma suerte. Cuando la guerra terminó, Mireille regresó a Francia, se estableció en París y terminó casándose con un sobreviviente de Auschwitz. La pareja procreó dos hijos y la familia vivió una existencia doméstica relativamente tranquila durante décadas. Con el paso del tiempo, Mireille y su esposo terminaron separándose y la sofisticada mujer, políglota y viajera incansable, volvió a enamorarse de otro sobreviviente del Holocausto, y vio cómo sus nietos emigraban a Israel, angustiados ante el nuevo antisemitismo de corte islámico que ha venido envenenado la vida pública francesa desde hace décadas. Pero incluso cuando su último amor murió, ella jamás pensó en huir a ningún lado, Francia era su patria y París su hogar.

Desgraciadamente, la vida excepcional de Mireille Knoll no tuvo el pacífico final que merecía. El pasado viernes 23 de marzo, los bomberos descubrieron su cadáver semicarbonizado en el interior de su modesto apartamento parisino, ubicado en el cada vez más tristemente célebre XI Arrondissement. La venerable y vulnerable anciana había sido brutalmente asesinada. Tras asestarle once puñaladas, su agresor le prendió fuego a su cadáver y a su departamento antes de huir. Al momento de su asesinato, Mireille tenía 85 años, sufría de mal de Parkinson y estaba confinada a una silla de ruedas. La policía francesa no tardó en aprehender a sus agresores: dos jóvenes musulmanes de origen magrebí, uno de los cuales había sido vecino de Mireille durante años y desde niño no había recibido más que afecto y generosidad de su parte. A pesar de que han pasado más de dos semanas, las autoridades sólo han revelado unos cuantos detalles más del caso. Uno de los asesinos confesó que decidieron robar a Mireille porque era judía y, según él, “los judíos siempre tienen dinero”. Además, sabemos que al menos uno de los atacantes gritó “Allahu akbar” mientras la apuñalaba. Obviamente, la policía francesa está tratando el caso como un crimen antisemita.

Pero el atroz asesinato de Mireille Knoll no es un incidente aislado, es parte de una epidemia provocada por una cepa de antisemitismo islámico que se incubó durante décadas en el corazón de Europa y que lleva años expandiéndose a través de todo el continente. Los judíos representan menos del 1% de la población francesa pero son víctimas del 51% de los crímenes de odio. Desde hace años, las sinagogas y las escuelas judías tienen que ser custodiadas por soldados armados hasta los dientes, sí, soldados, porque los policías no bastan. Apenas el año pasado, Sarah Halimi, una viuda judía de 65 años que vivía en el mismo XI Arrondissement, también fue asesinada en su departamento y también por un vecino musulmán que la golpeó salvajemente y luego la arrojó por el balcón mientras gritaba “Allahu akbar”. En 2012 un joven de origen argelino atacó una escuela judía en Toulouse matando a un hombre y a sus tres pequeños hijos de ocho, seis y tres años de edad. Y en 2015, en un incidente estrechamente relacionado con el atentado en contra de Charlie Hebdo, un terrorista islámico atacó un supermercado de productos kosher matando a cuatro clientes, todos judíos. Y esa es sólo la punta del iceberg.

Y es que a esa crisis de antisemitismo y terrorismo islámico hay que sumarle el súbito vigor de la ultraderecha y la ultraizquierda a lo largo y ancho del continente, de Hungría a Reino Unido. La ultraderecha chovinista y fascistoide siempre ha sido profundamente antisemita y hoy nuevamente culpa a los judíos de ser “globalistas” despiadados que quieren destruir a la Europa cristiana infectándola con sus decadentes valores cosmopolitas. Mientras que la ultraizquierda expresa su furibundo antisemitismo a través de una obsesión malsana en contra del Estado de Israel y de un antisionismo soez, virulento y profundamente ignorante. El triunfo del presidente Macron, que ha declarado que el antisionismo no es más que un antisemitismo que se niega a decir su nombre, fue una importante y muy oportuna victoria para las fuerzas democráticas del mundo y una dolorosa derrota para los extremistas antidemocráticos y euroescépticos, de derecha e izquierda. Pero a pesar de ser un personaje excepcional y con potencial de estadista histórico, la tarea que tiene por delante es titánica y de su éxito o fracaso depende no sólo el futuro de Francia y de su comunidad judía, sino de todo el continente europeo.

Tras el asesinato de su querida abuela, una de las nietas de Mireille Knoll declaró desde Israel que, si había huido de París hacía más de veinte años, era porque sabía muy bien que ni ella ni el pueblo judío tenían un futuro en Francia. Entiendo y respeto su decisión, y para eso existe Israel, para ser el último refugio de todos los judíos del mundo. Pero yo prefiero ser más optimista y cerrar este doloroso texto (no puedo leer o escribir sobre la muerte de Mireille Knoll sin pensar en mi abuela) recordando un suceso que expresa a la perfección la resilencia de los judíos franceses: Tras el atentado terrorista en contra de Charlie Hebdo y de la tienda de productos kosher en el que cuatro clientes judíos fueron asesinados a mansalva, el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu viajó a Francia y pronunció un discurso en la Gran Sinagoga de París en el que exhortó a los judíos franceses a emigrar a Israel. ¿Cómo respondieron los presentes? Entonando espontáneamente La Marsellesa, como para dejarle muy claro a sus enemigos que la comunidad no piensa huir de su amada patria. Creo que ese es el mejor homenaje que los judíos franceses, y el gobierno de Macron, pueden hacerle a Mireille Knoll, quedarse en el país que los vio nacer y luchar por construir una patria plural, tolerante y segura para todos. Ojalá lo logren…

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