Por Óscar E. Gastélum:

“Dishonesty and cowardice always have to be paid for. Don’t imagine you can make yourself the boot-licking propagandist of the Soviet regime, or any other regime, and then suddenly return to mental decency. Once a whore, always a whore.”

— George Orwell

El pasado martes seis de noviembre, el señor Roberto Rock publicó en El Universal un insólito potaje propagandístico con ínfulas de columna de opinión titulado: “AMLO y el extraño enardecimiento”. Para preparar su ininteligible mejunje, el señor Rock utilizó ingredientes tan inconexos como la caravana migrante, la polémica portada de Proceso (que tanto molestó a la familia y a los acólitos de López Obrador), las elecciones de EEUU, el fracaso de la izquierda sudamericana, una portada falsa de Newsweek y el artículo sobre la cancelación del NAICM que publiqué en este mismo espacio hace una semana y que usted puede leer aquí.

Después de varias lecturas y de discutirlo con gente de toda mi confianza, que también se sometió a la ardua tortura de leer el impenetrable texto del señor Rock una y otra vez para tratar de extraerle algún sentido, llegué a la conclusión de que el mensaje medular que don Roberto trata de comunicarnos es que el demagogo tabasqueño y su círculo íntimo se sienten acosados y agredidos, pobrecitos inocentes, por los malvados ciudadanos y periodistas que critican sus disparatadas ocurrencias y costosos caprichos. “Ello incluye la sensación”, nos revela don Roberto con su exquisita prosa y desplegando una preocupación a todas luces genuina pero que algunos malpensados podrían confundir con servilismo rastrero, “de que se pueda producir un atentado físico contra el presidente electo.”

Sí, así como lo lee, un periodista fungiendo como vocero de quien ya es el hombre más poderoso del país y amplificando la venenosa insinuación de que criticar al poder a través de la palabra escrita genera violencia e incluso podría provocar un atentado. Cualquier persona pensante y con una memoria medianamente competente sabe muy bien que López Obrador siempre ha lucrado con el encono y la polarización, ese es su sello y su estrategia predilecta, y sin duda alguna esa seguirá siendo la tónica de su gobierno, pues un demagogo populista y autoritario no va a transformarse en un estadista moderno y unificador como por arte de magia tras ganar una elección. Por eso se necesita ser muy idiota o muy cínico para culpar  a la ciudadanía y a la prensa crítica del, nada “extraño”, “enardecimiento” que él mismo ha cultivado y atizado a lo largo de casi dos décadas.

Pero no debería sorprendernos que “fuentes del equipo del presidente electo”, como dice don Roberto con la inocultable satisfacción que produce en algunos codearse con los poderosos, se atrevieran a responsabilizar a los críticos del demagogo de un posible atentado en su contra, ni que un vocero disfrazado de periodista convirtiera su espacio en un periódico de circulación nacional en un boletín oficial para difundir ese disparate. Baste recordar que, hace apenas una semana, Donald Trump (ese gemelo naranja de nuestro demagogo electo) culpó precisamente a la prensa de incitar al odio y de provocar que uno de sus fanáticos le enviara bombas a los Clinton, a Obama, a George Soros y a los cuarteles neoyorquinos de CNN. Nada nuevo bajo el sol, pues.

Pero debo confesar que si don Roberto no me hubiera mencionado a mí ni a este portal en su deleznable texto, jamás lo hubiera leído y mucho menos habría escrito al respecto. Hay millones de temas y personajes que me interesan muchísimo más que un olvidado columnista del Universal. Así que lo mejor es pasar al meollo de mi molestia, citando íntegramente el párrafo que el señor Rock me dedicó:

 

En las horas siguientes hubo otros fenómenos que parecían traer su propio cálculo. Una extrañísima asociación “Juristas UNAM”; que nadie parece conocer, inundó las redes sociales con un artículo denominado Y ¿dónde está el piloto?, que firma Óscar E. Gastélum, igualmente desconocido en los ámbitos jurídicos. El texto rescata la diatriba contra la consulta sobre el aeropuerto. Pero usó un epígrafe que le atribuyó a José Woldenberg, lo que bastó para que en unos minutos en las propias redes se asegurara que el reconocido profesor universitario, articulista de EL UNIVERSAL, era el autor del material, lo que éste desmintió.

 

Debo reconocer que me encantó la manera en que don Rock mezcló el conspiracionismo barato (“fenómenos que parecían traer su propio cálculo”) con descalificaciones burdas, y los condimentó con una prosa horrorosa y un tonito insoportablemente condescendiente. Ese párrafo debería usarse como ejemplo en las escuelas de periodismo para que los alumnos eviten escribir como mercenarios de la pluma. En primer lugar, Juristas UNAM no es una “extrañísima asociación” sino un portal fundado por mi querido amigo Ángel Gilberto Adame, que tan solo en Twitter cuenta con más de trescientos mil seguidores y que ha publicado a gente del calibre de Guillermo Sheridan, así que resulta cuando menos aventurado afirmar que nadie lo conoce. En segundo lugar, Juristas UNAM no “inundó” las redes sociales con mi texto sino que lo compartió una sola vez en Twitter y otra en Facebook. Fueron los lectores, incluyendo a algunos muy influyentes como David Luhnow del Wall Street Journal y el Doctor Macario Schettino, quienes lo recomendaron y compartieron hasta volverlo viral.

La viralización fue casi inmediata, pues desde el viernes dos de noviembre, dos días después de su publicación, empecé a recibir mensajes de conocidos que me comentaban que mi texto circulaba en sus grupos de WhatsApp familiares o vecinales. Como no es la primera vez que uno de mis artículos se vuelve viral, el fenómeno me alegró pero no me pareció extraño. Sin embargo, el domingo cuatro por la tarde me topé con una avalancha de mensajes informándome que alguien, probablemente por error, le había atribuido mi artículo a José Woldenberg, un hombre al que respeto y admiro profundamente. El origen de la confusión seguramente fue una cita de Woldenberg que usé como epígrafe para mi texto. Una frase que el señor Rock, en el tono mustio y difamatorio que permea su pieza, parece insinuar que inventé, pero que aparece en la columna que Woldenberg publicó en El Universal el martes treinta de octubre y que usted puede leer aquí.

En cuanto a la falacia lógica con la que Rock trató de descalificarme (en este caso se trata de un argumentum ad verecundiam o argumento de autoridad, en español llano), no pienso aburrir al lector con mis credenciales, pues aunque yo fuera un albañil o un plomero, totalmente “desconocido en los ámbitos de la albañilería y la plomería”, en un debate racional y honorable lo único que debe importar es la solidez o debilidad de mis argumentos, esos que el señor Rock cobardemente decidió ignorar. Lo que sí quiero decirle a este vocero oficioso de la cuarta transformación y al resto de sus colegas, es que me queda muy claro que son una pandilla de llorones intolerantes, tan delicaditos como el demagogo al que sirven. Lo sé, porque en los últimos años he publicado cualquier cantidad de textos en contra de Enrique Peña Nieto y su régimen de ladrones y jamás recibí un ataque como este.

Finalmente, si de lo que se trataba era de intimidarme, quiero informarle a don Roberto que fracasó rotundamente. Aquí seguiré, diciendo lo que pienso, aunque le incomode a él o a su jefe. Sólo espero no tener que volver a leer un texto suyo durante el resto de mi vida…