El piropo, la bloguera y el taxista…

Por Oscar E. Gastélum:

“My libertarian position is that, in a democracy, words must not be policed. Whatever good some people feel may be gained by restrictions on speech, it is enormously outweighed by the damage done to any society where expression is restricted. History shows that all attempts to limit words end by stiffling thought.”

Camille Paglia

Hace unos días en la cosmopolita Ciudad de México, un taxista fue detenido por la policía y tuvo que pasar la noche en los separos por gritarle “guapa” (en tono libidinoso) a una conocida bloguera, a la que yo, por cierto, no conocía. La aclaración es importante porque en nuestro país, cada vez que surge una polémica de esta naturaleza, los cuates de los protagonistas suelen ponerse automática y acríticamente de su lado y los enemigos en su contra, sin dejar espacio para el debate imparcial y civilizado. Por si esto no bastara para viciar la discusión pública, desde hace aproximadamente tres décadas, el feminismo occidental (y con algunos años de retraso también su sucursal mexicana) fue parcialmente secuestrado por una secta de fanáticos intolerantes que, cuando no están perdiendo el tiempo en polémicas doctrinales bizantinas o quemando herejes en la hoguera virtual, concentran sus energías en difundir y tratar de imponerle al mundo su tóxica ortodoxia, atacando y descalificando virulentamente a cualquiera que ose cuestionar sus dogmas. Desde el punto de vista de estos celosos inquisidores, ningún hombre tendría derecho a escribir una columna como esta, pues al hacerlo incurriría automáticamente en el pecado capital conocido como “mansplaining”. Y es que para este culto ideológico, el género de quien emite un argumento es muchísimo más importante que el contenido y la solidez del mismo. Pero como afortunadamente aún no habitamos en esa distopía estalinista que esta gente sueña con imponernos, quisiera tratar de expresar mi preocupación sincera ante las predecibles consecuencias de eventos como el protagonizado por el taxista y la bloguera.

Para empezar, tratar de criminalizar algo tan ambigüo y vaporoso como una “ofensa” verbal me parece peligrosísimo, sobre todo si se pretende equipararla con algo muchísimo más grave como el acoso. ¿Qué es una ofensa? ¿Un piropo es una ofensa? ¿La palabra “guapa” es una “ofensa”? ¿Quién tendría la autoridad para decidirlo? Para algunas mujeres probablemente sí lo sea pero para otras tantas no, y en algunos casos, como en el de la propia bloguera agraviada, todo depende de quién pronuncie el polémico vocablo: y es que no deja de ser misterioso que al venir del “Señor Covadonga” (otra celebridad a la que no tengo el gusto de conocer) la palabreja de marras sea interpretada como un cumplido, pero al ser proferida por un taxista, se transmute como por arte de magia en una “ofensa” punible. No se necesita ser demasiado perspicaz para detectar el tufo clasista que emanó de este grotesco sainete desde el primer instante, y al decir esto, incluyo la actitud sospechosamente obsequiosa de los policías que intervinieron y que incluso, según confesión de la propia bloguera, le ofrecieron generosamente escalar el incidente de “acoso” a “agresión sexual”. Es aterrador pensar que si a esta buena mujer se le hubiera ocurrido aprobar semejante arbitrariedad, el taxista podría haber terminado en el reclusorio, y sólo dios sabe durante cuánto tiempo.

Toda ley que se proponga legislar el lenguaje, castigando a quien “ofenda” a otros, lleva en su seno la semilla de la censura y el despotismo, e inevitablemente terminará prestándose a abusos y a interpretaciones maliciosas. Y es que la lista de potenciales “ofensas” y “ofendidos” es infinita. En los últimos años, por ejemplo, hemos aprendido que los musulmanes radicales se sienten tan ofendidos ante un dibujo del “profeta” que son capaces de ejecutar a caricaturistas indefensos, ya sea a través de atentados terroristas como el cometido en contra de Charlie Hebdo o de manera perfectamente legal, como sucede en algunas teocracias islámicas. Hoy quizá pueda parecernos una muy buena idea proteger a esas delicadas damiselas que se ofenden ante la majadería de taxistas lenguaraces, pero el día de mañana los mochos del “Frente Nacional por la Familia” pueden alegar que ver a dos personas del mismo sexo tomadas de la mano o besándose en la calle les ofende en lo más profundo de su ser, y exigir la prohibición de esos despliegues de afecto público. Si a estos riesgos le agregamos el bochornoso hecho de que en México la aplicación de la ley tiene un marcadísimo sesgo en contra de los más humildes, y que es precisamente en las clases populares donde está más arraigada la mala costumbre del piropo, es mucho más fácil entender por qué intentar criminalizar las interacciones verbales callejeras es un peligroso disparate.

Las grandes feministas de antaño, entre las que hay numerosas autoras a las que leo y admiro profundamente, lucharon, entre muchas otras cosas, en contra de la condescendencia machista y del estereotipo victoriano que presentaba a la mujer como un ser delicado, propenso al desmayo y que debía ser “protegido” a toda costa, y de preferencia bajo llave, de la inmoralidad y de otros aspectos desagradables de la existencia. La gran Camille Paglia cuenta que cuando estaba en la universidad en los años 60, veía con impotencia y rabia que los alumnos varones podían salir de sus dormitorios e ir y venir a la hora que quisieran, mientras que las mujeres eran encerradas bajo llave a partir de las 10 de la noche, por su propia “seguridad”. El sueño de esas mujeres, y la razón por la que lucharon en contra de un patriarcado obsoleto,  era poder salir al mundo y enfrentarse libre y responsablemente a los placeres y las oportunidades de la vida, pero también a sus peligros, riesgos y molestias, pues se sentían tan capaces de sortearlos como cualquier hombre. Pero algunas feministas actuales parecen empeñadas en revivir esa imagen de la mujer como víctima indefensa y frágil que necesita de la protección permanente de papá Estado y es incapaz de soportar que se le roce ni con el pétalo de un piropo.

Pero lo que más me preocupa y exaspera de la farsa protagonizada por la connotada bloguera y el pedestre pero indefenso taxista, es la banalización de un problema muy real y lacerante: la violencia en contra de las mujeres en este país tan proclive a la barbarie y en el que el feminicidio es epidémico y la violación, la violencia doméstica, el verdadero acoso y la esclavitud sexual, campean a sus anchas ante la indiferencia o la complicidad de autoridades zafias y corruptas. Y es que estos melodramas baratos (pienso también en el reciente linchamiento virtual de la escritora Valeria Luiselli), cargados de histeria e intolerancia cuasi religiosa, le restan credibilidad al feminismo, ahuyentan a quienes podrían ser aliados muy valiosos y le dan munición a sus verdaderos enemigos. No es casual que en los últimos años todas las encuestas arrojen el mismo deprimente resultado: la inmensa mayoría de las mujeres se niegan a identificarse a sí mismas como “feministas” pues ya asocian dicha etiqueta con sectarismo ideológico, victimismo ramplón y una hostilidad cerril y contraproducente en contra de todo lo que huela a hombre, por más inocente que sea. Y en un infierno como el mexicano, ayudar a desprestigiar al feminismo y trivializar la violencia en contra de las mujeres es una irresponsabilidad imperdonable.

Y que quede muy claro que esta no es una defensa del piropo callejero, un hábito que a mí en lo personal me parece bastante primitivo y vulgar. Aquí debo confesar con orgullo que nunca en mi vida le he gritado un cumplido, en el tono que sea, a una mujer desconocida en la calle, y ni siquiera he tenido que dominar ese impulso animal y supuestamente incontrolable, pues jamás lo he sentido. Además, mentiría si dijera que algún amigo o conocido mío ha piropeado a una extraña en mi presencia, y si alguna vez hubiera sucedido, sería un hecho tan insólito que lo recordaría perfectamente. No, el piropo no es parte esencial de la naturaleza masculina, ni una bonita tradición que hay que cultivar, ni un impulso irreprimible del hombre heterosexual. Es una mala costumbre que diariamente le amarga la existencia a millones de mujeres (la inmensa mayoría de las cuales son perfectamente capaces de lidiar con la situación sin llamar a la policía) y por lo mismo deberíamos tratar de desterrarlo, desprestigiándolo y ridiculizándolo, pero no legislando en su contra, pues nadie merece pasar ni un minuto en la cárcel por obstinarse en practicarlo, y las consecuencias negativas de criminalizar el lenguaje superan por mucho a las positivas. Es obvio que somos los hombres quienes tenemos el deber de erradicarlo y un buen comienzo sería dejar de tolerarlo en nuestros allegados y condenarlo enérgicamente cuando lo atestigüemos en la calle. No perderíamos nada valioso al estigmatizarlo y combatirlo, pero le haríamos la vida más llevadera a millones de mujeres, incluyendo a las que amamos.

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