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El PAN: un joven viejo o un viejo joven

Por Frank Lozano:

Antes de llegar al poder en el año 2000, el PAN era un partido que inspiraba y generaba esperanza. El Partido Acción Nacional fue una respuesta de ciudadanos libres que eligieron la vía política para desafiar al régimen revolucionario.

Contrario a lo que se convirtió, fue un partido con sólidas raíces liberales, integrado de forma plural, en el que predominaba la deliberación profunda y una vocación democrática y democratizadora que, al pasar de los años, lo convirtió en una opción para millones de mexicanos.

A partir del año 2000, con la alternancia, comenzó la decepción. Llegó Vicente Fox y el sistema que durante décadas denunció el PAN resultó intocado con todo y su podredumbre.

El cambio de partido no significó un cambio de fondo. Si bien se vivieron épocas de verdadera libertad de expresión, de fortalecimiento del federalismo y también un nuevo esquema de rendición de cuentas, el PAN fue incapaz de transformar las estructuras políticas que tenían y tienen controlados muchos de los espacios políticos nacionales.

Luego vino Calderón, que a diferencia de su antecesor fue un Presidente sobrio, republicano, que entregó excelentes cuentas macroeconómicas, que logró la cobertura universal en salud y amplió la infraestructura social y carretera como nunca antes se había visto. Pero el Presidente Calderón se equivocó en un tema que, a la postre, se ha convertido en la tara nacional: la guerra contra el crimen organizado.

Su buena gestión se vio eclipsada por el empecinamiento de poner en el centro de su discurso el tema de la seguridad. Dañó la imagen nacional, las intervenciones en territorios controlados por el crimen organizado fueron contraproducentes, la estrategia de ir por peces gordos fragmentó las estructuras criminales volviendo cada vez más difícil su localización y, como resultado de esto, encendió una llama que hoy nadie sabe cómo apagar.

El saldo de la guerra contra el crimen organizado ha sido fatal para él y para el propio PAN, que ha pagado en las urnas el costo de dicha odisea.

Hoy, el PAN se enfrenta al relevo de su dirigencia nacional. Hay dos contendientes, Javier Corral y Ricardo Anaya. Ambos coinciden en la necesidad que tiene el PAN de replantearse, pero ambos difieren en las formas, en el enfoque y el alcance de tal replanteamiento.

Javier Corral es un gran parlamentario. Es un hombre frontal, congruente y con carácter para emprender una reforma del panismo. Su bandera es la rebelión. Enfrente tiene a Ricardo Anaya, un joven inteligente, carismático y de buena imagen, pero que representa los intereses del grupo político que ha llevado al PAN a la catástrofe.

La ironía es que Anaya, siendo un joven, cargue con la herencia más rancia y añeja que tiene el PAN, como al exgobernador de Jalisco, Francisco Ramírez Acuña. En política, la juventud no es más que una metáfora. Ser joven no es sinónimo de transformación ni de ideas frescas. Existen los jóvenes viejos y, lamentablemente, no por su sabiduría, sino porque han aprendido las mañas de quienes hoy van de salida.

En el papel, Javier Corral ha acreditado ser un férreo opositor al gobierno, pero lo ha hecho desde la razón y los argumentos. Es un hombre que ha hecho suyas agendas más amplias, que ha enfrentado batallas de peso y que tiene la experiencia y la fortaleza ética para regresarle al panismo algo que ha perdido con los años: una mística.

Finalmente, serán los panistas quienes decidan si quieren a un joven viejo o a un viejo que tiene la fuerza para rejuvenecer desde la raíz a un partido que hoy, a duras penas, se mueve con una andadera.

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