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El laberinto de la imposibilidad

Por Frank Lozano:

A veces imagino al país como un laberinto de la imposibilidad en el que entramos para desdoblar lo peor de nosotros. Una nación maldita y rota que nunca ha sido dueña de su destino. Un territorio que no está habitado, que más bien parece invadido por sus propios habitantes. Veo a México como el membrete que les sirve a muchos para saquear y pervertir lo que hay adentro de él. La farsa, la simulación y el oportunismo ondean por doquier.

Esta es una queja y un dolor que traigo a colación por los resultados de la última evaluación del CONEVAL, que demuestra que la pobreza no cede sino, por el contrario, se ha incrementado en el país.

La pregunta es la misma que muchos vienen haciendo desde hace más de dos décadas: ¿qué falla? A la par de los datos que nos dicen que Chiapas es el estado con el mayor índice de pobreza —76 por ciento de la población—, se pueden hallar los datos de inversión que, desde el surgimiento de zapatismo, se han hecho en materia de desarrollo social en esta entidad.

Miles de millones de pesos invertidos en veinte años no han detenido el deterioro de la calidad de vida de los chiapanecos. Chiapas es quizá el mayor símbolo del fracaso del Estado en materia de combate a la pobreza, pero también es un enigma abierto. Pese a ello, el modelo de atención a la pobreza no ha cambiado.

Pasan de un sexenio a otro los logotipos, los slogans y las producciones de comerciales sentimentaloides, pero en esencia, la política social del Estado Mexicano se mantiene casi intacta. Niega ser asistencialista para proclamarse una política que genera condiciones de desarrollo, que “pone el piso parejo”, que tiende a igualar las capacidades materiales, alimentarias y demás, de  los sectores desprotegidos.

En los hechos, la política social del Estado mexicano mantiene un espíritu de control político-electoral,  se presenta como un paliativo que eterniza al pobre en la pobreza mientras, en el otro extremo, ahonda la desigualdad.

Lo peor de este modelo tiene que ver con que no solo el gobierno federal impulsa esta visión. Cada vez más, los estados y los municipios se suman a la desenfrenada carrera de la dádiva ¿quién da más, quién da qué, quién copia a quién? Parecen ser las preocupaciones principales en los tres niveles de gobierno, dejando de lado la tan necesaria visión de desarrollo, y haciendo del laberinto de la pobreza y la desigualdad, una vía directa a la imposibilidad de un futuro mejor.

No creo que ningún gobernante o representante popular, en su sano juicio, desee perpetuar la pobreza o provocarla deliberadamente, pero, entonces ¿qué pasa? Pasa lo inmediato. Pasa la política y desplaza lo político. Pasa lo que sigue. Pasa el interés personal. Pasa lo inmediato. Pasa la corrupción. Pasa el clientelismo.

Pasa la triste historia nacional una y otra vez. Ese eterno retorno de lo mexicano que nunca parece cesar. Ese dar vueltas en círculos presumiendo que el pivote en el que giramos es majestuoso, así sea un miserable palo encebado. Pasa que quizá sí estamos malditos, o como dice el primer imbécil de la nación, son cosas de la condición humana, o de la cultura, o vaya usted a saber qué.

La cosa es que hoy, el laberinto se estrecha y todos los que estamos perdidos ya no cabemos en el mismo extravío. Muy pronto, algunos comenzarán a sacarnos de aquí y quizá no sea con buenos modales.

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