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El Hombre del Año

Por Oscar E. Gastélum:

“Ojala vivas tiempos interesantes”.

 Maldición china.

A la hora de redactar estas líneas, once finalistas compiten por obtener el dudoso honor de ser nombrados “Persona del año” por la revista Time. Y digo que es dudoso porque quien quiera que resulte “ganador” ocupará un lugar junto a personajes de la calaña de Richard Nixon, Henry Kissinger, George W. Bush, Vladimir Putin y hasta Hitler y Stalin (este último condecorado no una sino dos veces). Sin embargo, este año no hay ninguna razón para que la revista nos mantenga en vilo con su designación, pues es muy obvio que hay un personaje que la merece más que nadie en el mundo, me refiero desde luego al sátrapa ruso Vladimir Putin, el hombre que más triunfos geopolíticos cosechó en un año pesadillesco y caracterizado por la dolorosa partida de varios ídolos populares entrañables y por el imparable ascenso de una nueva cepa de fascismo que ha contagiado a las más importantes democracias occidentales. De hecho, el panorama que se cierne sobre nuestra civilización tras este nauseabundo año es tan ominoso que varios historiadores lo han comparado con 1933.

Y es que Putin ha logrado regresarle a Rusia su título de capital de la reacción internacional, como en los buenos tiempos en que, refugiado en la capital del Imperio ruso y protegido por el zar Alejandro I, el conde saboyano Joseph de Maistre, padre intelectual del fascismo, redactó sus “Veladas de San Petersburgo”, ese insuperable tratado en contra de la ilustración y a favor del despotismo político y el fanatismo religioso. Sí, Putin se ha transformado en ídolo y patrocinador de un nuevo movimiento global, antimoderno y ultramontano, cuyo principal objetivo es la destruccion del Occidente liberal y sus “decadentes” conquistas y avances científicos y sociales. Y no debería sorprendernos que la emergente ultraderecha occidental encuentre inspiración en el líder supremo de la Federación Rusa, esa autocracia con ínfulas imperiales, ultracorrupta y semiteocrática (no olvidemos la sólida alianza que Putin ha forjado con la iglesia ultraortodoxa y cuya manifestación más obvia es la rabiosa homofobia institucional del régimen).

Pero para  lograr el debilitamiento gradual de su aborrecido rival, esa poderosa civilización que simboliza la modernidad, Putin ha echado mano de una estrategia tan brillante como pérfida: aprovechar las libertades de las democracias liberales y usarlas como armas en su contra. Así, el tirano ruso abusó de la libertad de expresión de que gozan sus enemigos para inundarlos con propaganda diseñada para socavar la confianza de la ciudadanía en sus propias instituciones. Y lo hizo amparado nada más y nada menos que en la ubicuidad de internet, ese símbolo de la emancipación tecnológica. La punta de lanza de esta operación propagandística ha sido el mendaz pasquín electrónico Russia Today (hoy discretamente rebautizado como “RT”), portal que se dedica a esparcir mentiras y teorías de la conspiración disfrazadas de “información alternativa”, con el objetivo de ofuscar la realidad y confundir a la población, minando lo que George Orwell llamó “nuestra base común de acuerdos”, y cuestionando la reputación de la prensa occidental, que aunque dista mucho de ser perfecta por lo menos tiene estándares y contrapesos.

En segundo lugar, Putin decidió financiar y dar voz a individuos y movimientos antidemocráticos tanto de extrema izquierda como de extrema derecha a lo largo y ancho de Occidente. De esta manera logró fortalecer aún más al fascistoide Frente Nacional de Marine Le Pen en Francia, y sembró el continente europeo de movimientos xenófobos y euroescépticos que hasta ahora habían sido marginales o semiclandestinos. Al mismo tiempo, en Gran Bretaña, sus operadores lograron amplificar la influencia de la ultraderecha antiinmigrante comandada por Nigel Farage y ayudaron a que el venerable laborismo británico cayera en manos de una pandilla de momias estalinistas encabezadas por Jeremy Corbyn. Todos estos esfuerzos se vieron sorpresivamente recompensados cuando, a mediados de este año, una mayoría  raquítica del pueblo británico decidió que su gran nación abandonara la Unión Europea, poniendo en riesgo mortal al orden liberal y democrático que emergió de la Segunda Guerra Mundial y se consolidó al ganar la Guerra Fría.

A todo esto habría que agregarle la intervención del ejército ruso en la guerra civil siria a favor del régimen criminal de Bashar al Assad, pues al agravar el conflicto e infligir aún más sufrimiento sobre la martirizada población civil, produjo la crisis de refugiados que cimbró a Europa a finales del año pasado, pero cuyas consecuencias políticas empezaron a sentirse apenas este año, y que sin duda repercutirá electoralmente, al menos, durante el próximo lustro. Analizada fríamente, esta parte de la estrategia es infalible: financiar o cometer directamente crímenes de guerra que produzcan un éxodo masivo de refugiados rumbo a Europa y al mismo tiempo patrocinar a partidos europeos antiinmigrantes capaces de transformar una catástrofe humanitaria en una crisis política. Es obvio que Putin no logró todo esto por sí mismo, sino que supo magnificar y explotar a su favor la crisis de indentidad y la epidemia de obscena desigualdad por las que atraviesa Occidente. Pero es un hecho que, sin su perverso influjo, la Unión Europea no estaría tan debilitada y al borde del colapso, divorciada de la segunda economía más poderosa del continente y atareada en extinguir los nuevos fuegos separatistas que brotan incesantemente dentro de su territorio.

Sí, es verdad que Putin logró poner fuera del juego geopolítico a Gran Bretaña, que durante los próximos años tendrá que invertir todas sus energías en mantenerse unida y en curar la profunda herida económica y política que se autoinfligió con Brexit. Y también es cierto que el sátrapa ruso está a uno o dos triunfos electorales de lograr la ansiada destruccion de su aborrecida Unión Europea (en ese sentido habrá que poner mucha atención a los comicios en Francia, Alemania y hasta Holanda, el próximo año). Pero ninguna de estas hazañas supera a la más ambiciosa de sus estratagemas, esa que desembocó en el más sonoro y relevante de sus éxitos. Me refiero desde luego al insólito y catastrófico “triunfo” de Donald Trump en las elecciones presidenciales de EEUU. Una desgracia civilizatoria de dimensiones apocalípticas que no habría sido posible sin la intervención descarada de Putin a través de sus perversos medios propagandísticos y sus eficientes agencias de espionaje.

Los detalles de ese plan maestro son de todos conocidos, pues durante meses fuimos testigos impotentes de cómo se desarrolló a la perfección frente a nuestros atónitos ojos. Primero, los servicios de inteligencia rusos hackearon varias cuentas del Comité Nacional Demócrata y de algunos operadores de la campaña de Hillary Clinton. Después, pusieron la información que obtuvieron en manos de Julian Assange, uno de los lacayos más fieles y serviles de Putin, quien la filtró a cuentagotas durante los meses que duró la campaña para hacerle el mayor daño posible a Clinton. Parece que a Assange no le interesaba ocultar sus verdaderas intenciones pues varias de sus filtraciones coincidieron “casualmente” con escándalos que amenazaban con descarrilar la campaña de Trump y siempre lograron desviar la atención de la prensa. Esta pérfida campaña de desinformación y desprestigio no reveló absolutamente nada ilegal o explosivo en contra de Hillary, pero ayudó a crear una falsa atmósfera de escándalo y turbiedad a su alrededor y distrajo eficazmente la atención de la prensa y los electores de los múltiples, y muy reales, vicios y escándalos del troglodita anaranjado.

Resulta muy difícil de aceptar, pero al haber jugado un papel protagónico en el ascenso a la presidencia de EEUU de un demagogo fascista, racista, corrupto, misógino y atrabiliario, el siniestro exagente de la KGB le hizo mucho más daño a la democracia norteamericana y a la civilización que encabeza  que todos sus predecesores soviéticos juntos. Pero no debemos olvidar que Putin es un embajador del pasado más salvaje y un promotor empedernido de la obscuridad y la barbarie. A pesar de sus sorprendentes éxitos geopolíticos, el país que encabeza está sumido en la más absoluta miseria económica y moral, y el frágil equilibrio que lo mantiene al frente de esa vasta autocracia tercermundista, dotada de un arsenal nuclear y unos servicios de inteligencia de primer mundo, tarde o temprano se volverá insostenible.

Entre los habitantes de toda nación siempre existirá una minoría marginal y vociferante de almas reaccionarias que ansían vivir encadenadas a algún dogma político o religioso, es inevitable pues ese abyecto impulso es parte de la naturaleza humana. Lo que resulta preocupante, pues es un inconfundible síntoma de decadencia, es que esa nostalgia retrógrada se transforme en una epidemia social como la que hoy padece Occidente. Pero tarde o temprano, todos esos imbéciles que, aquejados de este mal, se dejaron seducir por la venenosa retórica del putinismo y sus epígonos, despertarán de la embriaguez en la que los sumió el nacionalismo etnocentrista, el racismo, el fanatismo religioso, y el resto de las primitivas pulsiones removidas por esta crisis existencial. Y cuando eso finalmente suceda, descubrirán que sus estándares de vida decayeron hasta acercarse a los de la paradisiaca Rusia de Putin. Pues la prosperidad y la dignidad caminan siempre de la mano de la libertad y los “hombres fuertes”, esos caudillos simiescos que parecen estar tan de moda entre ciertos votantes con “daddy issues”, siempre construyen o heredan naciones débiles.

Sólo nos queda luchar en contra del eje fascista internacional que encabezarán Donald Trump y Vladimir Putin (nuestro hombre del año) y esperar a que los zombies que los encumbraron recobren la cordura. Ojalá que para entonces aún quede algo qué rescatar de la maravillosa civilización a la que traicionaron.

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