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El Candidato Siberiano

Por Oscar E. Gastélum:

“Putin placed his bet on the basest instincts and won. Even if he disappeared tomorrow, we would remain as we are.”

– Svetlana Alexievich

A estas alturas de su larga y aparentemente interminable satrapía, es una obviedad decir que Vladimir Putin tiene un plan muy bien diseñado para destruir, o por lo menos debilitar considerablemente, a Occidente. Y es que la anexión de Crimea, la desestabilización violenta de Ucrania y su intervención armada en Siria para garantizar la permanencia del carnicero Assad en el poder, son apenas los primeros pasos en la realización de su largamente acariciado sueño de restauración imperial.

Por fortuna para ellos, Putin y sus eficientes servicios de inteligencia, curtidos en los estertores de la Guerra Fría y las catacumbas de la antigua KGB, conocen muy bien las debilidades de las democracias liberales y saben cómo explotarlas a su favor. Después de todo fueron ellos mismos quienes asfixiaron en la cuna a la recién nacida democracia rusa transformándola en un régimen mafioso, protofascista, corrupto, ultranacionalista, oligárquico y con ínfulas imperiales.

La estrategia es muy simple y tremendamente efectiva, y consiste en sembrar discordia, o atizarla, al interior de las democracias occidentales, financiando partidos, movimientos y organizaciones antidemocráticas tanto de ultraizquierda como de ultraderecha, pues Putin sabe muy bien que la serpiente ideológica se muerde la cola y los extremos son dos caras de la misma moneda, unidos e inseparables en su odio furibundo por la cultura democrática que los engendró y en la que pueden desenvolverse con total libertad para tratar de socavarla.

Es por ello que a nadie debería sorprenderle que Putin haya tejido alianzas y prestado apoyo financiero o propagandístico (a través de esa burda reencarnación de Pravda adaptada a la era digital que es “RT”) a organizaciones e individuos tan engañosamente dispares como el Frente Nacional de Marine Le Pen en Francia, un partido xenófobo y fascistoide de ultraderecha, o a esa bochornosa sucursal del chavismo en España llamada “Podemos”, perla de la ultraizquierda reaccionaria.

Hasta ahora, el éxito más rotundo de esta perversa e ingeniosa estrategia ha sido ese desastre de proporciones históricas conocido como “Brexit”. Y es que Putin reconoció inmediatamente que el referéndum que decidiría si Reino Unido seguiría siendo miembro de la Unión Europea, o cometería la temeridad autodestructiva de abandonarla, era una oportunidad inmejorable para debilitar a Europa y resquebrajar las alianzas militares y económicas que emergieron triunfantes de la Guerra Fría y que son un molesto estorbo para sus planes expansionistas y de dominación regional.

En este caso, como en todos los demás, la clave fue ayudar a fortalecer los extremos ideológicos antidemocráticos, que en Gran Bretaña habían sido tradicionalmente débiles y marginales. El primer paso fue ayudar a la ultraizquierda reaccionaria encabezada por Jeremy Corbyn y su principal asesor Seumas Milne, admirador confeso de Putin, apologista de los crímenes de Stalin y euroescéptico rabioso (pues la ultraizquierda mundial cree que la Unión Europea es un instrumento del neoliberalismo imperialista), a apoderarse del venerable Partido Laborista Británico, asegurándose de que el nuevo líder no moviera ni un dedo a favor de “Remain”, e incluso boicoteara activamente la campaña, a pesar de que la posición oficial del partido era a favor de permanecer en la Unión Europea.

Al mismo tiempo, el régimen ruso financió y difundió la propaganda de los euroescépticos de ultraderecha, representados por el impresentable y ridículo Nigel Farage, líder de Ukip, partido xenófobo y racista que puso el miedo a la inmigración en el centro del debate y supo lucrar políticamente con la precariedad laboral de la clase trabajadora y su justificado temor ante el extremismo islámico. Los resultados de esta genial jugada a dos bandas saltan a la vista: Tanto Reino Unido como la Unión Europea salieron debilitados del referéndum y una nube de incertidumbre se cierne sobre todo el continente.

Pero a pesar del monumental éxito logrado con Brexit, la siguiente fase del plan de Putin es mucho más peligrosa y arriesgada, pues consiste en ayudar a elevar a un sociópata con tendencias fascistoides como Donald Trump a la Presidencia de EEUU, escenario potencialmente catastrófico que podría ocasionar el colapso de la democracia norteamericana y darle la estocada a la civilización occidental. Para lograr su objetivo, Putin ha cortejado personalmente y bañado en elogios a Trump, un narcisista patológico incapaz de resistir los halagos.

Gracias a esto, el propio Trump nunca desperdicia una oportunidad para expresar su admiración sin límites por el tirano ruso, y no sólo por la innegable afinidad que existe entre ambos machos caricaturescos, sino porque sus negocios inmobiliarios dependen en buena medida de financiamiento ruso, ya que todos los grandes bancos decidieron dejar de prestarle dinero gracias a sus constantes quiebras y fracasos. Por si esto fuera poco, Trump se ha rodeado de personajes siniestros y muy cercanos a los intereses del Kremlin, como Paul Manafort, consultor y estratega político que lleva varios años trabajando para Rusia y sus títeres en Ucrania.

Pero la artimaña más osada empleada hasta ahora por la inteligencia rusa en su afán por coronar a Trump, ha sido el hackeo de los servidores del Comité Nacional Demócrata y la filtración, en plena campaña presidencial, de documentos y conversaciones imprudentes y escandalosas entre altos funcionarios del partido, con el claro afán de dañar a Hillary Clinton. Para barnizar con una delgada capa de credibilidad esta burda intervención en la elección presidencial norteamericana, Putin volvió a valerse de sus aliados en la ultraizquierda reaccionaria global, echando mano de Wikileaks, la desprestigiada organización fundada por el charlatán Julian Assange que ha terminado convertida en un órgano de propaganda y golpeteo político a las órdenes de sus verdaderos amos en el Kremlin.

Putin sabe de primera mano que Trump puede ganar, pues él mismo logró triunfar apelando a los instintos más básicos y primitivos de su pueblo, convenciéndolo de que para devolverle la gloria perdida a la madre Rusia (no olvidemos que el slogan de Trump promete restaurar la grandeza supuestamente perdida de EEUU) era indispensable que pusieran sus vidas, libertades y derechos en manos de un autócrata corrupto, narcisista e inseguro de su propia masculinidad. El resultado de ese pacto con el diablo es un país atrasado, quebrado económicamente y hundido en la corrupción y la desigualdad, pero que ha vuelto a jugar un papel protagónico en la geopolítica global. Una nación tercermundista con armas nucleares y servicios de inteligencia de primer mundo.

Por desgracia, la cultura democrática del sufrido pueblo ruso es prácticamente nula, pues su país pasó del largo despotismo zarista al totalitarismo comunista y, tras un breve y fallido interregno democrático, se hundió en el fascismo oligárquico encabezado por Putin. Pero el pueblo norteamericano ha convivido con la democracia por generaciones, y quiero confiar en que esa larga tradición ha inoculado a la mayoría de sus ciudadanos en contra de la demagogia autoritaria.

Pero nadie puede dar por sentado que la lógica o la sensatez terminarán imponiéndose al resentimiento y al berrinche impotente en esta elección, pues es muy obvio que Occidente está atravesando por una profunda crisis de identidad y en las últimas semanas han sucedido cosas que hasta hace poco eran impensables. Lo único seguro es que dentro de unos meses, el electorado norteamericano decidirá el futuro de su país y de paso el del mundo entero, ya que deberá elegir entre suscribir o rechazar el discurso de odio y miedo propagado por Trump. Mientras tanto, al otro lado del mundo, Vladimir Putin seguirá muy de cerca el proceso, esperando con ansias la autodestrucción de su aborrecido enemigo.

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