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De anglicismos a barbarismos

Por Juan Francisco Morán:

Cuando leo publicaciones en Twitter y Facebook, anuncios publicitarios en la calle, en revistas y en televisión, o escucho por la radio a algunos comentaristas y locutores o incluso conversaciones cotidianas, con frecuencia resaltan los anglicismos como si fueran un elemento indispensable para podernos comunicar. Pareciera que, para algunos, las frases están incompletas o pierden su fuerza sin ellos.

Los anglicismos pueden adaptarse al español a través de un préstamo léxico, en donde la adopción implica una adecuación de la pronunciación original y casi siempre de la representación ortográfica. Por ejemplo, del inglés hipster al castellano hípster (plural hípsteres). En otras ocasiones, cuando las palabras no tiene traducción, ya sea por su exotismo o xenismo, –Facebook, sushi, se entiende que son extranjerismos crudos y deberán escribirse en cursivas o entrecomilladas; sin embargo, cuando tengan traducción, se deberá proceder al calco semántico, por ejemplo: kindergarden por “jardín de niños”.

En nuestro país, los extranjerismos han dejado huella en la forma de comunicarnos. Aunque el idioma español técnicamente no fue un caso de extranjerismo en la época de la conquista, podemos afirmar que vino a unificar, a dar forma y a reivindicar la gran tradición oral de los pueblos indígenas, como lo comenta Carlos Fuentes en “La gran novela latinoamericana”. En el México decimonónico, las intervenciones francesas ocasionaron un uso desmedido de los galicismos, ejemplo de ello se puede constatar en el libro de Fernando del Paso “Noticias del Imperio”, en el que existen testimonios de dicha influencia, como la narración que hace al mencionar que: […]“El general Forey le envió al general Gonzalez Ortega a un grupo de prisioneros para que le contaran de viva voz el triunfo de los franceses, y, tras ordenar para todas sus tropas una doble ración de eau-de-vie-, mandó colocar en el muro de la terraza de la Penitenciaría todas las banderas y gallardetes capturados para que los viera el enemigo”.

Las palabras francesas, -sobre todo en lo concerniente a la gastronomía-, aparecían en las conversaciones de los aristócratas y los políticos como un símbolo distintivo de su clase social en la época porfiriana, tal y como lo narra Salvador Novo en “Cocina Mexicana, historia gastronómica de la Ciudad de México”, al mencionar lo siguiente: “Restaurantes y hoteles fueron desde el principio actividad a que los franceses se dedicaron con éxito y pericia en el México del siglo XIX. El afrancesamiento de las costumbres […] consistió sobre todo en elevar el nivel de elegancia en torno de la mesa del restaurant. Una minuta redactada en francés confería una clara superioridad a quien pudiera descifrarla, y le extendía una patente de aristocracia, distinción y mundanidad. […] Pero la aristocracia mexicana reforzó, feliz de verse sentada a la mesa imperial, una proclividad hacia la cocina francesa que a lo largo del porfirismo se afirmaría cada vez más”.

La Revolución Industrial y la reordenación del mundo después de la Segunda Guerra Mundial, provocó una influencia globalizada del idioma inglés en diferentes países cuya lengua oficial no es tal. Los avances tecnológicos, científicos, publicitarios, deportivos y gastronómicos han hecho que la lengua inglesa marque la pauta en la forma de comunicarnos, relegando en ocasiones al idioma original en algunas palabras que sí tienen significado y sentido similar, cayendo en un exacerbado barbarismo. Para México, -además de la globalización mencionada con antelación-, su cercanía con el país del norte ha provocado que el uso de los anglicismos sea muy frecuentes y desmedidos.

Es evidente la gran cantidad de neologismos que se van formando por los anglicismos que vertiginosamente llegan a nosotros, pero hacer de ellos la conversación cotidiana o implementar un estilo de comunicación a partir de ellos, es relegar nuestro idioma -nutrido de vocabulario- a un segundo plano. El barbarismo en el empleo de anglicismos por parte de algunos locutores de radio -considerados como líderes de opinión-, crean una influencia mediática entre los radioescuchas, quienes terminan replicando las mismas frases y palabras en inglés. También es clara la reiterada costumbre en las redes sociales de etiquetar, tuitear y publicar en el muro de facebook, frases completas en inglés para expresar y compartir momentos y sentimientos: “A friday´s night with my friends”, “#WTF”, como si decirlo en español no causara el mismo efecto de su sentir y pensar. ¿Por qué decir hashtag y no “etiquetar” o por qué decir play off cuando se entiende perfectamente “eliminatoria”? Ambas tienen su calco semántico al español, pero estos barbarismos se filtran en la sociedad a través de estos medios, como si fueran un virus que se propaga de manera incontrolada en la sociedad.

Otro canal de difusión de los anglicismos lo encontramos en los anuncios publicitarios, que resultan ser su mejor propaganda. -No hay mejor mercadotecnia que las frases y palabras en inglés-, dicen aquellos que viven de esto al afirmar que fonéticamente el inglés tiene mucho más impulso que otros idiomas. Y esa publicidad es la más pegajosa, la que se queda incrustada en las mentes y que sin pensarlo la gente utiliza de forma rutinaria.

Para contrarrestar este efecto, es necesario que la sociedad lea más, que los medios de comunicación y publicitarios tomen consciencia del uso exacerbado de los anglicismos para no caer en barbarismos, buscar siempre el calco semántico y en su caso el préstamo léxico de las palabras en otro idioma -sobre todo en inglés- que se utilicen para comunicarse y expresarse. Hay palabras que no tienen traducción, otras, aun teniéndolas, no llegan a expresar en su totalidad su significado, pero no por ello debemos hacer de otro idioma el estilo de comunicación de nuestras ideas.

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