Chespirito o la insoportable levedad de la banalidad del mal

Por Oscar E. Gastélum:

Hace poco más de dos décadas, en la cúspide de su poder, el entonces dueño de Televisa, Emilio “el Tigre” Azcárraga Milmo, confesó con descaro y candidez que su empresa se dedicaba a producir “televisión para jodidos”. Amparado en la protección que siempre le brindaron los gobiernos del PRI, partido del que alguna vez se declaró soldado fiel, “el Tigre” Azcárraga construyó un poderoso monopolio de comunicaciones que basó buena parte de su éxito en ofrecer productos basura a un público cautivo y pobremente educado.

Hoy, la estrella más rentable de ese infalible y abyecto modelo de negocios, Roberto Gómez Bolaños, mejor conocido como “Chespirito”, ha muerto. Pero le sobrevive su obra, el producto más acabado de la “televisión para jodidos” que convirtió a Televisa en un imperio global y a Azcárraga Milmo en uno de los hombres más ricos del mundo.

Es normal que cuando una persona muere, especialmente una figura pública, los elogios por parte de sus exégetas y panegiristas suelan ser desmedidos e injustificados, pero lo que he leído en estos días ha rozado la histeria, el delirio e incluso la burda adulteración histórica. Por eso me parece muy importante verter un poco de fría sensatez e inclemente honestidad sobre las exequias de un charlatán que lucró durante décadas con la ignorancia de un público asfixiado por la ausencia de alternativas.

Empecemos por la acusación de “elitismo pseudointelectual” que suele lanzarse en contra de sus detractores. No creo que sea necesario tener un doctorado en física cuántica, ser un experto en Proust o haber leído a Kierkegaard desde la infancia para reconocer que el “humor” de “Chespirito” es insultantemente estúpido, dolorosamente simplón y reaccionariamente pueril. Basta con tener dos o tres neuronas funcionando para discernir una verdad tan grande como la desvergüenza de un hombre que fue capaz de producir semejante basura y enriquecerse obscenamente administrándosela a un pueblo política y culturalmente oprimido.

Los creadores de los Simpson, por ejemplo, ni siquiera necesitaron hablar español para reconocer el idioma universal de la imbecilidad impúdica y crear, con humor de verdad, a “Bumblebee Man”, parodia despiadada del Chapulín Colorado y estrella de “Channel Ocho”, un comediante tan irredimiblemente malo que solo es capaz de hacer reír a alguien con el coeficiente intelectual de Homero Simpson. Me avergüenza imaginar a los jóvenes y talentosos escritores de esa auténtica obra maestra de la comedia universal perplejos ante el paupérrimo nivel del humor “latino” que Univisión ponía ante sus curiosos y desprejuiciados ojos.

Pero el humor de “Chespirito” no solo era profundamente imbécil, además era social y políticamente inofensivo. Por eso se convirtió en el arma anestésica ideal para un régimen autoritario como el del PRI que basaba su sobrevivencia en la pasividad conformista de un pueblo sin expectativas. No es casual que las dictaduras fascistas que dominaban buena parte de Sudamérica en los setenta hayan recibido con los brazos abiertos al payaso bobalicón e inocuo. Ellos también necesitaban, urgentemente, circo para “jodidos”.

Otra constante entre sus rabiosos defensores es acusar a los críticos de “Chespirito” de envidiosos y “malinchistas”. Pero, nuevamente, no hace falta ser un perverso traidor a la patria para criticar y despreciar a un hombre que colaboró como nadie en el embrutecimiento de la materia prima más valiosa de este o cualquier país: su niñez y su juventud. Tampoco hay que ser un envidioso patológico para saber que, con contadas y valiosas excepciones, el éxito económico y comercial no es sinónimo de calidad o talento. “Chespirito” fue tan “exitoso” como Arjona, Paulo Coelho, Carlos Cuauhtémoc Sánchez o Kim Kardashian, seres humanos cuya obra o existencia tampoco le ha aportado nada meritorio a la humanidad. Es un lugar común decirlo, pero Van Gogh murió en la miseria mientras a Angélica Rivera le alcanza para coleccionar mansiones. Vivimos en un mundo en el que Justin Bieber vende más discos que Jake Bugg y un tipo sin talento puede hacerse multimillonario creando un bodrio como “El Chavo del Ocho”. Tal vez los éxitos injustificados sean parte inevitable de un mundo en el que los imbéciles superan en número a la gente inteligente, pero eso no quiere decir que debamos dejar de denunciar las glorias efímeras y triviales.

En el paroxismo del servilismo, algunos tarados se han atrevido a afirmar que “Chespirito” era un “genio” y el peor de todos incluso lo comparó con Molière. Pero la triste realidad es que su ídolo no fue más que un charlatán y un lacayo indigno de una de las profesiones más importantes y valiosas para una sociedad libre y moderna. Cualquier persona que haya crecido viendo, leyendo u oyendo a Jon Stewart, Stephen Colbert, Bill Maher, Sarah Silverman, Conan O’Brien, Chris Rock, Jerry Seinfeld, Larry David, David Letterman, Woody Allen, Joan Rivers, George Carlin, Andy Kaufmam, Monty Python, Lenny Bruce, Charles Chaplin, Buster Keaton, P.G. Wodehouse, Oscar Wilde, Mark Twain, Jonathan Swift, Carlos Monsiváis o Jorge Ibargüengoitia, conoce perfectamente la importancia social y cultural de la sátira y la verdadera comedia y sabe reconocer a un auténtico genio.

No, Roberto Gómez Bolaños no es el único responsable de la estupidez del pueblo mexicano, pero es innegable que la cultivó como nadie y lucró inescrupulosamente con ella. Es inevitable sospechar que existe una correlación entre la inmensa popularidad de “Chespirito” y el hecho de que una buena parte del electorado mexicano haya elegido a un imbécil ignorante como presidente. A nadie debería sorprenderle que un público adoctrinado por el producto más tóxico de Televisa considere que la estupidez y la ignorancia son simpáticas virtudes que hay que festejar y encumbrar en posiciones de responsabilidad y poder.

Ojalá que este país se libere algún día de los monopolios públicos y privados que estrangulan su creatividad  y energía, y que ningún farsante sin talento vuelva a trepar hasta la cumbre apoyado en sus cadenas. Que Roberto Gómez Bolaños descanse muy pronto en el más profundo y merecido de los olvidos y su obra termine en el basurero de la historia al que siempre perteneció.

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