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Basta con decirlo

Por Gerardo Pacheco:

Puede ser que sólo sea el mundo que habitamos nosotros: el delimitado en ciertas zonas metropolitanas, el de los amplificados en las redes sociales, el que existe al margen de la televisión abierta, el de las esquinas apretadas en el que, de lado a lado, todos sabemos nuestros nombres, nuestras antipatías, nuestras lealtades y, por supuesto, nuestras vergüenzas; puede ser que sólo sea aquí, en la asfixiante burbuja.

Puede ser también que allá, del otro lado, la gente vive, entre alegrías y tragedias, una vida plena y no se plantea problemas con palabras manidas y desemantizadas.

Hace no tanto, cuando los ánimos del discurso en turno no eran sólo lumbre, yo pude hablar con mujeres y hombres feministas que fueron mis amigos porque nuestro lazo era la literatura, el mundo editorial, el humor. Eso tristemente se terminó un día cuando publiqué un texto, cuando ellos publicaron un texto, cuando insulté, cuando me insultaron. Las cosas son así y la gente que llevamos con nosotros va mudando, y está bien, es normal.

Hasta ahí la cosa funciona, todos podemos lidiar con la rivalidad derecha, con las mentadas de madre cara a cara. Hay decencia en mirarnos de frente y enumerarnos los odios. Pero qué tentación, ¿no?, decir que Fulanita hace tal cosa mientras dice tal otra; o que Sutanito, vestido de cierto discurso, hace y dice en privado cosas que desgarrarían a sus camaradas.

Yo dejé las redes por el temor de convertirme en eso: el miedo de ser el que publica el mail que le quita el trabajo a uno, el que exhibe la otra parte de una conversación para defenderme de una calumnia, el que confronta en público a alguien que siembra parcialidades morbosas a escondidas; el terror de vender a personas que antes aprecié a cambio de puerca agua para mi molino. Me dio asco, me dieron asco quienes antes me causaron admiración anunciada y orgullosa.

Me bastó, por ejemplo, que me dijeran que un feminista que yo conocía era un probado acosador para creérmelo sin chistar; no me hice ninguna pregunta: «Esto abona a mi causa, lo tomo», supongo que pensé. Y lo dije y lo repetí porque la vileza tiene un saborcito de triunfo, pero recuerdos amargos. Es raro. Me bastó. El morbo es así. Ya no pude disculparme por creerlo sin cuestionármelo; ya no puedo, ya no hablamos.

Llevo días pensándolo. Repasando los puntos que descuidé y en los cuales me dejé llevar por mis calores de trifulca en secundaria técnica: ¿Por qué no dudé?, ¿por qué nada en mí me confrontó contra mis propias tripas?, ¿por qué dejé en la palabra de alguien más la reputación de un hombre que yo conozco?

Hasta la semana pasada lo pensé y lo dije como verdad; hoy no sólo no lo creo, pienso en lo complicado que le resultó saberse centro del secreto a voces y reafirmarse en una disculpa todos los días para poder cohabitar el feminismo actual con sus compañeras.

Yo no creo en este movimiento, sigo sin creer que la mitad del mundo es oprimida y la otra mitad es privilegiada; casi todas las desgracias humanas vienen de que a alguien se le ocurrió dividir al mundo en buenos y malos. Lo que supe de pronto, desde mis tragedias chiquitas que para nada tienen que ver con la alta justicia, fue que desde la trinchera, la sonrisa y el regodeo de asumirse víctima, decir que un hombre cualquiera es un acosador, es suficiente; no debería de ser así, pero basta con decirlo.

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