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Apuntes sobre Alemania

Por Alejandro Rosas.

Durante el siglo XX, Alemania, y particularmente la ciudad de Berlín, escribió dos de las páginas más intensas en la historia de la humanidad y dos páginas de la sinrazón. En casi 70 años, los alemanes transitaron de la destrucción más absoluta (con sus 10 millones de víctimas al finalizar la segunda guerra mundial), al desarrollo más impresionante del orbe, en la actualidad; de la división obligada, a la unidad por un interés común; de la negación de su historia a la confrontación definitiva con su pasado. Por si fuera poco, hoy son campeones mundiales de futbol.

Los últimos días de la segunda guerra mundial en Europa se libraron en la capital del III Reich, en cuyas calles llegó a caer una bomba por cada metro cuadrado y donde los muertos perdieron su identidad para convertirse en estadísticas. Sobre las ruinas del imperio de los mil años que soñó Hitler, no se alzó la paz sino el equilibrio del terror.

El nuevo conflicto fue ideológico y había surgido antes de finalizar la guerra. Sonaba la hora del enfrentamiento entre capitalismo y comunismo, materializado en la llamada Guerra Fría.

La derrota del nazismo condenó al pueblo alemán a la humillación y a la ignominia. Los países aliados se repartieron Europa. En el nuevo orden mundial que se gestaba, Alemania fue dividida en cuatro zonas de ocupación administradas, cada una, por Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y la URSS. La ciudad de Berlín quedó por completo en la zona de ocupación soviética pero al igual que el resto del territorio germano, también bajo la administración de las cuatro potencias vencedoras.

En 1949 Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia decidieron unir sus territorios para constituir la República Federal de Alemania. La Unión Soviética de Stalin impulsó la creación de la República Democrática Alemana, constituida bajo los cánones del socialismo soviético. El país se dividía irremediable y desgarradoramente.

A partir de la década de 1950, la tensión en Berlín fue in crescendo. Los soviéticos intentaron a toda costa tomar el control total de la ciudad, incluso, establecieron un bloqueo para impedir suministros de Europa occidental por vía terrestre, por lo que fue necesario tender puentes aéreos desde Alemania Federal, para abastecer a Berlín occidental.

Por si fuera poco, miles de alemanes que vivían en Berlín oriental comenzaron a cruzar al lado controlado por Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña, lo cual, fue de graves consecuencias para la economía de Alemania Democrática. El bloqueo fue levantado, pero a fin de evitar el continuo éxodo, las autoridades alemanas manipuladas por los soviéticos decidieron poner fin a la situación.

La noche del 12 al 13 de agosto de 1961, los soldados de Alemania Oriental rodearon la ciudad con alambre de púas. La obra rápidamente fue reemplazada por un muro de concreto de 4 metros de altura y 166 kilómetros de largo. El icono de la Guerra Fría se levantaba en la otrora gloriosa capital del III Reich. Familias enteras fueron separadas por el sólo hecho de vivir en diferentes zonas de la misma ciudad. Cualquier alemán que intentara cruzar a occidente era detenido. Muchos murieron en el intento, otros lograron escapar por medios inimaginables: túneles, globos, nadando, escondidos en automóviles. Tendrían que transcurrir 28 años para que la pesadilla terminara.

1989 quedó marcado en la memoria de la humanidad. La apertura política y social impulsada por Gorbachev en la Unión Soviética se extendió hacia los países de Europa Oriental y el muro de Berlín se desmoronó físicamente y en la conciencia de los alemanes.

Berlín se presenta como la ciudad del futuro y Alemania como un país sin límites. Esta vez fue el futbol; mañana, el mundo. Quizá ninguna otra ciudad alemana haya tenido que confrontar su historia tan dramáticamente como lo ha hecho Berlín desde la reunificación. No sólo fue necesario reconstruir la ciudad, luego de que no quedara piedra sobre piedra, también fue imprescindible ajustar cuentas con la historia nazi y con la historia de la guerra fría (la de la sospecha, la denuncia y la traición).

Decenas de publicaciones sobre la guerra ven la luz pública cuando se cumplen casi 70 años del fin del conflicto mundial; el legendario Reichtag nuevamente se convierte en símbolo con su enorme cúpula de cristal; algunas planchas del muro de Berlín se aprecian en distintos puntos de la ciudad (aunque no queda ni el 10 por ciento de los 166 kilómetros de extensión que tenía); el Memorial del Holocausto se erige a pocas cuadras de donde se encontraba el búnker de Hitler y, paradojas de la historia, fue construido por una empresa que tiene sus antecedentes en la industria que produjo el gas con el cual fueron exterminados millones de judíos en los campos de la muerte.

Los alemanes han sabido confrontar su historia y marchar hacia delante, aunque el destino es desconocido, se han apoderado del futuro. Lo hicieron a pesar de la sinrazón de otras épocas, sin importar la devastación y superando la división. Quizá los últimos 70 años de historia alemana pueden ser un buen ejemplo para que nuestra clase gobernante y la sociedad mexicana se mire al espejo.

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