El invierno de Hong Kong

 

Por Óscar E. Gastélum

Hace unos meses el autócrata ruso Vladimir Putin declaró en una entrevista con The Economist que el liberalismo se había vuelto “obsoleto”, haciendo eco a la famosa sentencia de su colega húngaro Viktor Orbán quien desde 2014 decretó la muerte de la democracia liberal. Por más repudio que inspiren ambos personajes, es imposible negar que su pérfido optimismo está parcialmente justificado. Pues para nadie es un secreto que en los últimos años la democracia liberal (ese pleonasmo según la politóloga italiana Nadia Urbinati, quien asegura que si no es liberal no es democracia) ha venido debilitándose alrededor del mundo, y sobre todo en Occidente, ante el avance de una cepa de populismo autoritario, chovinista y reaccionario que lo mismo ha provocado un absurdo divorcio entre Reino Unido y la Unión Europea que encumbrado a demagogos de la calaña de Donald Trump, Jair Bolsonaro, Matteo Salvini, Rodrigo Duterte, Boris Johnson o Andrés Manuel López Obrador.

Pero no todo está perdido, pues mientras buena parte de Occidente se ahoga en ese tsunami de confusión, odio y resentimiento, en un pequeño pero muy relevante rincón del mundo llamado Hong Kong ciudadanos de todas las edades y estratos sociales se enfrentan a una tiranía sanguinaria y todopoderosa ondeando la bandera de la democracia y la libertad. Resulta dolorosamente paradójico que, mientras los habitantes de ese remoto territorio asiático luchan a brazo partido por la democracia, sea precisamente en Europa, EEUU y en las zonas más desarrolladas de Latinoamérica donde los electores parecen empeñados en darle la razón a Putin y a Orbán, transformando su legítima indignación frente a las falencias de sus respectivos sistemas democráticos en un ira  irracional y autodestructiva que los ha llevado a encumbrar a charlatanes populistas que, pese a sus diferencias ideológicas, coinciden en su abierta hostilidad en contra del mundo moderno y las instituciones, los valores y las normas de la democracia. Sí, Occidente está sufriendo un colapso nervioso colectivo y en lugar de reparar y perfeccionar el sistema político que lo convirtió en la civilización más poderosa, libre y próspera de la historia, ha decidido tirar al niño junto con la proverbial agua sucia.

Y esa paradoja se vuelve todavía más desoladora si comparamos únicamente a los jóvenes occidentales más politizados con sus pares de Hong Kong. Pues mientras los primeros, guiados por élites intelectuales enemigas de las sociedades abiertas, envenenan su mente con marxismo, relativismo posmoderno, solipsismo identitario y otras tóxicas ideologías que los incitan a odiar su propia cultura, los segundos arriesgan la vida en las calles de su ciudad para vivir en una democracia plena como la que tanto desprecian sus mimados contemporáneos europeos y norteamericanos. Y que quede muy claro, afirmar que arriesgan la vida está lejos de ser una exageración romántica. Entre los jóvenes manifestantes hongkoneses, algunos en los primeros años de la adolescencia, se ha vuelto costumbre cargar con un muy prematuro testamento en caso de no volver con vida de la manifestación del día. Pues saben perfectamente bien que están desafiando a la dictadura del Partido Comunista chino bajo el mando de Xi Jinping, un régimen tiránico que en innumerables ocasiones ha demostrado no tocarse el corazón a la hora de aplastar cualquier tipo de disidencia.

Eso es lo que hace que las protestas de Hong Kong sean tan conmovedoras y refrescantes, y lo que las separa de las manifestaciones de desencanto masivo que de unos años para acá plagan el mundo. Nada más alejado del extraño nihilismo y la xenofobia de los “chalecos amarillos” franceses, por ejemplo, o de los coléricos disturbios que han asolado Chile en las últimas semanas y que nadie sabe qué camino tomarán, que esta valiente insurrección prodemocrática, prueba fehaciente de que la muerte del liberalismo y la democracia  anunciada por Putin y Orbán está lejos de ser una realidad, pues el hambre de libertad jamás desaparecerá por completo del corazón humano incluso si hoy en día una parte considerable de nuestros congéneres están dispuestos a sacrificarla en el altar de algún espejismo demagógico. Se ha vuelto un lugar común afirmar que el liberalismo es demasiado racional y elitista como para competir con el irracionalismo visceral del populismo. Pero el pueblo hongkonés nos ha demostrado que, más allá de su valiosa alianza con la razón y la verdad, la narrativa emocional liberal es poderosísima, y capaz de inspirar a millones de personas, la mayoría jóvenes, a dar la vida por sus valores y sobre todo por los derechos universales en los que se ven reflejados.

¿Pero cómo empezó todo? ¿Cuáles son las demandas de los ciudadanos hongkoneses y qué tan probable es que resulten victoriosos? Habría que comenzar por recordar que, en 1984, trece años antes de que los británicos abandonaran Hong Kong, China y Reino Unido firmaron un tratado en el que el tigre asiático se comprometió legalmente a respetar la autonomía del territorio hasta 2047. Dicho tratado oficializó la doctrina conocida como: “un país, dos sistemas”, acuñada por Deng Xiaoping y que proponía garantizar la coexistencia de dos sistemas económicos y políticos dentro de una China unificada. De esta manera Hong Kong mantendría sus libertades civiles y su economía de mercado intactas cuando los británicos transfirieran el control del territorio.

Desgraciadamente, en los más de veinte años que han transcurrido desde que la bandera británica dejó de ondear sobre Hong Kong, la dictadura comunista se ha empeñado en violar dicho acuerdo y en limitar cada día más las libertades de sus habitantes. Pero para desgracia de los crueles mandarines chinos, por las venas de los hongkoneses corre una arraigada cultura liberal, herencia de la larga era británica, y no van a renunciar a sus derechos tan fácilmente. Ya en 2014 había explotado un movimiento juvenil masivo (conocido como la Revolución de los Paraguas) que protestó en contra de una contrarreforma electoral y a favor del sufragio universal. Muchos de los adolescentes que participaron en esas manifestaciones históricas ya se habían forjado como activistas desde la infancia impidiendo que la educación humanista y liberal que reciben los niños del territorio (otra herencia británica) fuera reemplazada por el adoctrinamiento totalitario que se imparte en el resto del país. Varios de esos líderes, como el legendario Joshua Wong, están volviendo a jugar un rol protagónico hoy.

En esta ocasión la chispa que encendió la pradera fue un proyecto de ley que permitiría extraditar a China a cualquier ciudadano hongkonés acusado de un delito, abriendo las puertas a la represión en contra de activistas prodemocráticos y disidentes. Pues mientras en Hong Kong reina el Estado de derecho y el poder judicial es autónomo (sí, más herencias británicas), en China la justicia está al servicio del poder y el sistema carcelario es un auténtico infierno concentracionario. Ante las primeras protestas pacíficas, el gobierno de Carrie Lam, la torpe jefa ejecutiva de Hong Kong y marioneta de Beijing, respondió con intransigencia y violencia, fortaleciendo al movimiento con su represión fascistoide. A partir de ese momento ya no hubo marcha atrás. Y es que los jóvenes hongkoneses están dolorosamente conscientes de que el Partido Comunista chino es el peor enemigo de los valores cívicos que más aprecian: la libertad de expresión (tan despreciada por los jóvenes radicales occidentales), la libertad de movimiento, la libertad de asociación, la libertad de conciencia, y la libertad de votar y ser votado. Y también saben muy bien que una vez que pierdan esas libertades no las recuperarán jamás.

Tras semanas de marchas multitudinarias y choques violentos, el gobierno tuvo que dar marcha atrás y “suspender” el proyecto de ley de extradición. Pero ya era demasiado tarde, los jóvenes estaban movilizados y no iban a desperdiciar esta crisis sin tratar de obtener mucho más. Y para lograrlo decidieron publicar un pliego petitorio con cinco demandas puntuales: el retiro permanente (no una vaporosa “suspensión”) de la ley de extradición que detonó las protestas. El establecimiento de una comisión independiente encargada de investigar la brutalidad policiaca. Una retractación oficial de las autoridades por haber llamado “vándalos” a los manifestantes. Una amnistía para todos aquellos que hayan sido arrestados por protestar. Y, last but not least, el añorado sufragio universal que le permita a los ciudadanos de Hong Kong elegir a su jefe ejecutivo y a todo el consejo legislativo hasta 2047.

¿Qué posibilidades tienen de triunfar? Muy pocas, quizá ninguna. El objetivo innegociable de Beijing es doblegar a Hong Kong y someterlo a su control, y como demostraron en la Plaza de Tiananmen hace treinta años, no descansarán ni se detendrán ante nada hasta conseguirlo. En los últimos días la brutalidad de la represión policiaca se ha incrementado considerablemente y cada vez es más obvio que las autoridades no accederán a las demandas de los manifestantes. Quizá la estrategia consista en desgastar al movimiento, orillarlo a cometer actos violentos y a tomar decisiones desesperadas que erosionen el apoyo popular prácticamente unánime que lo sostiene. Por lo pronto, lo único que protege a los jóvenes de la ira comunista es el estatus especial del que goza Hong Kong a nivel internacional, gracias a sus libertades civiles y a su Estado de derecho, y que le permite ser el centro financiero más importante de Asia. Pero la paciencia del régimen no es infinita y si los manifestantes cometen un error estratégico grave seguramente serán aplastados sin piedad.

Al momento de escribir estas líneas, el tono de las autoridades y la violencia empleada para reprimir las protestas ha escalado a niveles inéditos. Un policía le disparó a quemarropa a un manifestante desarmado, frente a una cámara que transmitía la escena en vivo, y en un giro orwelliano tan ridículo como ominoso, la jefa ejecutiva Carrie Lam llamó “enemigos del pueblo” a esos jóvenes que no sólo son una parte significativa de dicho pueblo, sino que cuentan con el apoyo prácticamente unánime del resto. Y ese endurecimiento oficial también está haciendo mella en la cordura de algunos individuos al interior de las protestas. Una de las escenas más escalofriantes que han emergido de Hong Kong en las últimas semanas es la de un joven activista prendiéndole fuego a un ciudadano que lo increpaba a él y a sus compañeros de lucha. Una acción demencial que fue universalmente condenada por los rostros más visibles del movimiento.

Decía Savater que el héroe vive como si la muerte no existiera. Una definición que le viene como anillo al dedo a los entrañables y valientes guerreros que luchan por la democracia liberal en contra de un Goliat totalitario al otro lado del mundo. Ese dignísimo heroísmo exhibe en toda su diminuta ridiculez a sus mimadas contrapartes occidentales que viven empeñadas en socavar sus propias democracias y que creen que censurar el lenguaje, linchar herejes ideológicos en redes sociales o servir como propagandistas de demagogos mitómanos y autoritarios son actos revolucionarios. Y más importante aún, el heroísmo ejemplar del pueblo de Hong Kong es una inagotable fuente de inspiración para quienes creemos que la solución a los desafíos de nuestra convulsa era está en el perfeccionamiento de la democracia liberal y no en su destrucción, y debe motivarnos a seguir remando contra la corriente y combatiendo al populismo y al resentimiento nihilista que lo anima.

Nadie sabe cómo terminará este choque entre una ciudadanía que sueña con ser libre y la tiranía que aspira a oprimirla. Pero más allá del impredecible desenlace, el coraje, la generosidad y la lucidez histórica de esos jóvenes demócratas es ya una derrota moral para los Putin, los Orban, los Trump, los Xi y los López Obrador del mundo, y un triunfo para la civilización, la democracia, la decencia y la libertad en un planeta desquiciado…