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educación

Nuevo modelo educativo nacional: una de cal

Por Frank Lozano:

El pasado lunes trece de marzo, el gobierno federal presentó el que será el nuevo modelo educativo nacional. En el papel, se trata de una medida acertada y sobre todo necesaria, que se había tardado en llegar.  En una encuesta realizada por Parametría, un 65 por ciento de los mexicanos se manifestó a favor de un cambio del modelo educativo.

El sistema que está por jubilarse y del cual, en una u otra medida, todos somos víctimas, goza de una pésima reputación. Fue un sistema concebido para embutir información, no para desarrollar el pensamiento. Es un modelo uniforme, que niega de facto las distintas posibilidad que tiene un individuo para desarrollar conocimientos o acceder a ellos. Se trata de un modelo heterogéneo que deja muy poco o nulo margen al reconocimiento de las singularidades y particularidades culturales, de las cientos de regiones e identidades que coexisten en el país. Seguir leyendo

Salón de clases

Por Deniss Villalobos:

Creo que Aristóteles dijo que no es educación si no te ocupas tanto del corazón como de la mente. O algo así. Siendo honesta, mi experiencia escolar no me ha dado ni una cosa ni la otra. Aunque he tenido algunos maestros de los que aprendí mucho y me hicieron interesarme en temas que quizá no habría conocido de otra forma (o a los que habría tardado más en llegar), la verdad es que la escuela me ha dejado más tragos amargos que aprendizaje.

Nunca me adapté al sistema escolarizado, y el sistema abierto, aunque funcionó un poco mejor para mí después de varios intentos en la universidad, aún deja mucho que desear. Quizá lo bueno de todo esto es que me vi obligada a buscar fuentes de información y conocimiento en otras partes; en los libros (los que yo quiera y no los que tenga que leer), las películas, los cómics, internet, la música y todas las personas a mi alrededor. Así que, aunque no haya sucedido en el salón de clases, creo que cada año me he vuelto un poco menos ignorante (aunque cada que encuentro alguna respuesta nacen veinte nuevas preguntas).
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Ana Alejandra

Por Alejandra Eme Vázquez:

El ciclo escolar 1998-1999 lo pasé dando clases de primaria en la comunidad Los Puentes, Aguascalientes, por parte del Consejo Nacional de Fomento Educativo (CONAFE). Había terminado la prepa y me moría de ganas por entrar a ese programa del gobierno en el que capacitaban a jóvenes para ser profesores rurales. Así que me capacité, hice mis prácticas y recibí el documento en el que me asignaban esa comunidad, a la que llegaba en una hora desde mi casa: cuarenta minutos en camiones, veinte minutos caminando. Cuando llegué el domingo antes de comenzar el ciclo escolar, descubrí que ya estaba ahí quien sería mi compañera encargada del preescolar; se llamaba Ana y era tan simpática, que hicimos buena mancuerna desde el inicio y hasta el día de hoy somos grandes amigas. Seguir leyendo

Maestros contra políticos: miopía pura.

Por Frank Lozano:

La disputa que actualmente tienen entre sí un sector del magisterio y el Estado, tiene más qué ver con el control político y con el poder que con la educación.

En los hechos, el gobierno atiende los preceptos que le ordena la Constitución producto de la reforma educativa. Por su parte, un segmento del magisterio se opone a la reforma y se declara en resistencia. Seguir leyendo

Discurso de Lou Gehrig en el Yankee Stadium

Amigos, las últimas dos semanas han estado leyendo acerca de la mala suerte que tengo. Sin embargo, hoy me considero el hombre más afortunado en la faz de la tierra. He estado en estadios de béisbol durante diecisiete años y nunca he recibido nada más que la bondad y el ánimo de los aficionados. Seguir leyendo

Veinte poemas de amor a la lectura y un perreo desesperado

Por Oscar E. Gastélum:

“A reader lives a thousand lives before he dies.

The man who never reads lives only one”.

 George R.R. Martin

Hace un par de semanas, en un intento desesperado por inculcar el hábito de la lectura en la juventud, el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM lanzó “Perrea un libro”, la campaña de promoción de la lectura más ridícula de que se tenga memoria, en un país propenso al humor involuntario.

La idea es tan desconcertantemente mala y el video de presentación tan absurdamente patético, que me atrevo a pensar que ningún medio satírico serio se habría atrevido a publicarla como caricatura o parodia, pues resulta demasiado burda como para ser auténticamente crítica o graciosa.

Para empezar, tendríamos que reprocharle a las mentes brillantes que pergeñaron el concepto de “perreo” literario, la extraña equiparación que hacen entre “juventud” y “reguetón”, un insulto que seguramente alienó de entrada a la inmensa mayoría de los jóvenes del país y que expone su profundo desconocimiento de la cultura juvenil, es decir, de los valores y las costumbres de aquellos a quienes, se supone, va dirigida la campaña.

Todo sería tremendamente gracioso, basta con imaginar a una “reguetonera” promedio restregando su trasero contra la entrepierna de su macho al ritmo de los “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” para desternillarse de risa, si no fuera porque esta bufonada involuntaria es un dispendio de recursos públicos irremediablemente condenado al fracaso. Pues si los lectores históricamente han conformado una minoría raquítica, entre la tribu “reguetonera”, intuyo, ese porcentaje debe ser considerablemente menor. Además, el nombre de una institución tan venerable como la UNAM no merece ser asociado con un disparate tan indefendible.

Por eso, para diseñar estrategias que realmente estimulen la lectura es importante empezar por aceptar que el público lector siempre será minoritario, una auténtica aristocracia del espíritu, y que cualquier intento por convertir a las masas al culto literario está destinado a naufragar en el más bochornoso de los ridículos. El objetivo debería ser llegar a todo aquel que, sin importar su entorno, sexo o clase social, tenga las aptitudes necesarias para pertenecer a esa estirpe extremadamente rara pero infinitamente diversa, revelándole los intensos placeres y las invaluables recompensas que acarrea esa pasión congénita que duerme en su interior.

Pero, la pregunta es ineludible, ¿por qué leen los que leen? Como dice Jojen Reed, ese personaje maravilloso creado por George R. R. Martin en “A Song of ice and fire” y lastimosamente desperdiciado en Game of Thrones, desde el epígrafe que encabeza este texto: leemos para vivir más de una vida; y no conozco muchas actividades capaces de competir con los placeres que ofrece ese portal a un universo de posibilidades infinitas que es la lectura.

Porque leer nos permite ampliar nuestros horizontes, viajar en el tiempo y el espacio, habitar la piel de hombres y mujeres sorprendentemente distintos a nosotros mismos y atisbar la experiencia humana a través de sus pensamientos, sentimientos y sensaciones. Leemos también para reconocernos en lo leído, cumplir nuestras más íntimas fantasías, enriquecer nuestros sueños y refinar nuestros gustos.

Por eso la literatura es un generador insuperable de empatía, y, como argumentan Lynn Hunt y Steven Pinker, no es casual que la explosión de la lectura como un fenómeno social entre las clases educadas de Gran Bretaña y el resto de Europa a finales del siglo XVIII y el perfeccionamiento de la imprenta que puso bibliotecas enteras al alcance de cualquiera, hayan coincidido con un salto cuántico en el proceso civilizatorio. Y es que ver el mundo a través de los ojos de los otros nos ayuda a comprender la riqueza y diversidad del espíritu humano al tiempo que nos revela nuestras más profundas y entrañables semejanzas.

Pero además de ser un placer inigualable que nos acerca a los otros y nos enseña a valorar la diversidad, leer también nos hace libres. Porque no hay ácido que corroa con mayor éxito los prejuicios, dogmas y mentiras que lastran a una sociedad y atrofian el espíritu de los individuos, que el libre intercambio de ideas que generan los libros. Por eso a lo largo de la historia no habido un tirano, de Stalin a Hitler, pasando por Castro, Pinochet, Pol Pot y todos los ayatolas y Papas, que no haya perseguido a escritores, intelectuales y poetas, o haya tratado de prohibir y censurar obras literarias incómodas.

Los avances más importantes de nuestra civilización, de la abolición de la esclavitud a la separación entra la iglesia y el estado, pasando por la liberación femenina y los derechos de las minorías, empezaron como una acalorada discusión entre un pequeño grupo que reflexionaba en torno a las grandes cuestiones de su tiempo, escribía y leía libros, argumentaba, se dejaba persuadir por los argumentos ajenos y tenía la capacidad de tomar decisiones con repercusiones públicas aun en contra de la opinión general de la época.

Sí, el éxito de toda sociedad democrática depende en buena medida del cultivo de esa élite intelectual que la impulse e impida su estancamiento, y por eso es tan importante encontrar mecanismos que le permitan detectar a todos aquellos individuos capaces de pertenecer a esa minoría selecta, dándoles la oportunidad de desarrollar su verdadero potencial.

Pero dudo mucho que crear campañas publicitarias para incentivar la lectura sea la mejor estrategia para lograr ese objetivo. Porque el Estado tiene a su disposición un arma inmejorable: la educación pública, además de un poder inapelable para influir en el currículo de esos desvergonzados centros de adoctrinamiento religioso que son casi todas las escuelas privadas.

Permítaseme una anécdota personal para ilustrar mejor mi argumento. Cuando estudiaba en la secundaria tuve la mala suerte de caer en las garras de un individuo al que todos en mi escuela conocían como “Don Chebo”, un profesor de literatura decrépito y sádico que, lejos de inculcarnos el amor por la lectura, solía torturarnos con fechas y datos inútiles que transformaban su materia en un tormento pesadillesco del que cualquier adolescente querría escapar. De aquellas espeluznantes sesiones, el único dato inane que conservo en la memoria es que el verdadero nombre de Pablo Neruda era Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, y lo recuerdo tan bien porque el tipo me reprobó en un examen por no haber encontrado el “Neftalí” en ninguna enciclopedia a la mano y cuatro de los  cinco nombres de Neruda no fueron suficientes para salvarme.

Sobra decir que aquel siniestro personaje jamás nos brindó la oportunidad de descubrir o apreciar la portentosa obra del inmenso poeta chileno o nos sirvió de guía para encontrar textos que pudieran interesarnos y servirnos como puerta de entrada al mundo de la lectura.

Por desgracia, seres como “Don Chebo” no son la excepción sino la norma en nuestro obsoleto y ruinoso sistema educativo. Si el objetivo fuera desalentar la lectura y alejar a la mayor cantidad de adolescentes de los libros, continuar por ese camino sería la estrategia a seguir. Pero si lo que buscamos es transformar a un puñado de jóvenes excepcionales en lectores acérrimos, habría que revolucionar la manera en que enseñamos literatura en las escuelas. Porque si de cada aula con cincuenta alumnos, dos de ellos salieran transformados en yonquis de la palabra escrita, podríamos considerar ese resultado como un éxito rotundo y la sociedad entera saldría beneficiada.

Porque de lo que se trata, repito, es de engrosar y fortalecer a esa élite crítica que es tan indispensable en la construcción de un país auténticamente moderno. Los reguetoneros, mientras tanto, pueden seguir “perreando” alegre e indolentemente, pero en una sociedad más libre, ilustrada y justa, transformada y animada por lectores encumbrados e influyentes.

Sé que proponer esto en un país gobernado por un analfabeta funcional que fue elegido por un electorado al que ese hecho escandaloso le pareció un detalle irrelevante a la hora de elegirlo presidente, suena casi tan descabellado como poner a leer a un reguetonero. Pero el poder de la palabra escrita ha obrado milagros mayores y no pierdo la esperanza de que, algún día, este país sea dirigido por sus mejores hijos y no por la banda de criminales zafios que lo ha saqueado durante décadas. Así sea…

Cumbres borrascosas

Por Oscar E. Gastélum:

Let me tell you about the very rich. They are different from you and me. They possess and enjoy early, and it does something to them, makes them soft where we are hard, and cynical where we are trustful, in a way that, unless you were born rich, it is very difficult to understand. They think, deep in their hearts, that they are better than we are because we had to discover the compensations and refuges of life for ourselves. Even when they enter deep into our world or sink below us, they still think that they are better than we are. They are different.

Scott Fitzgerald

 

Los cachorros de la oligarquía nacional volvieron a exhibir su inagotable y obscena inconsciencia social ante las cámaras, en la más reciente entrega del video de graduación del Instituto Cumbres. Un documento que refleja con prístina claridad la pobreza ética, estética e intelectual de nuestras “élites”, y el putrefacto sistema de valores de un país esquilmado por criminales y herederos prepotentes que se jactan de lo que poseen aunque no hayan hecho nada para ganárselo, ante la pasiva admiración de un pueblo que sueña con emularlos.

 Y es que en este país salvaje suele apreciarse más la ausencia absoluta de escrúpulos que el talento, el esfuerzo, la inteligencia o la creatividad. La cortesía es interpretada como un síntoma inconfundible de debilidad y la patanería prepotente el camino más corto para ganarse el respeto ajeno.

 Nuestros millonarios, con contadas y dignas excepciones, conforman una clase parasitaria que no le aporta nada valioso al país o a la humanidad, todo lo contrario. Pues sus fortunas no fueron forjadas con trabajo duro, ingenio o imaginación, sino con corrupción y crimen. El segundo hombre más rico del mundo es mexicano y amasó su fortuna regentando un inmenso monopolio que le asignó uno de los presidentes más corruptos de la historia, y desde el cual ha ordeñado sin piedad ni pudor a sus consumidores cautivos, es decir, al país entero.

 ¿Dónde demonios está el Steve Jobs mexicano? Seguramente perdido en algún rincón del vasto territorio nacional y sin ninguna oportunidad de desarrollarse, mientras los nenes del Cumbres reciben el país en bandeja de plata para usufructuarlo a su antojo.

 Por si esto fuera poco, la política se ha transformado en un nido de ratas al que ninguna persona decente se atrevería a acercarse. Baste recordar que el país es “gobernado” por un ladrón mentecato e ignorante, un auténtico hombre sin atributos que representa los valores de esta sociedad, corrompida hasta la médula, tan bien como los repelentes retoños del simulacro de aristocracia que lo encumbró.

 Por eso no podemos sorprendernos ante la vulgaridad soez del puñado de mozalbetes malcriados que aparecen en el video. Después de todo, no hacen sino imitar las actitudes y perpetuar los valores de sus mayores. No hay que olvidar que pertenecen a familias que, refugiadas de la cruda realidad detrás de muros electrificados, camionetas blindadas, guardaespaldas y una gruesa capa de indiferencia, cinismo e ignorancia cuidadosamente cultivada, han aprendido a habitar un país que, a pesar de ser inmensamente rico, está atestado de miserables.

 Tampoco debería extrañarnos la misoginia pueril y despechada que permea el video. ¿Qué puede esperarse de quienes han sido “educados” en una institución ignominiosamente fundada por el violador serial de niños Marcial Maciel, un criminal de pútrida reputación y cuya sórdida existencia sorprende, perturba y avergüenza hasta en un país tan acostumbrado al crimen como este?

 Una organización que, además, fue diseñada con la única misión de reclutar a los vástagos de la alta burguesía nacional, e internacional, lavándoles el cerebro desde la más tierna infancia e inculcándoles, entre otras muchas taras, una noción enfermiza y retorcida de la sexualidad, para poner sus fortunas e influencia al servicio del catolicismo más reaccionario.

 Para que semejante empresa pudiera considerarse “cristiana” habría que retorcer la filosofía de Cristo hasta volverla irreconocible y poder resumirla en una sola frase: “Que un rico entre al reino de los cielos es tan fácil como pasar una aguja por el ojo de un camello”.

 Debo confesar que siento un poco de lástima por esos ridículos payasos adolescentes. Su impudicia inconsciente los exhibió de cuerpo entero y ahora todos sabemos que una de sus patéticas y delirantes fantasías es ser perseguidos por mujeres hermosas como si tuvieran algún talento o virtud digna de admiración. Y es que no debe ser nada fácil vivir una vida en la que tus únicos perseguidores potenciales son curas pedófilos y bandas de secuestradores.

 Hay quienes creen que hay que ser indulgentes ante la antiestética insolencia de los futuros amos del país porque “aún son muy jóvenes”. Pero un graduado de preparatoria no es ningún niñito inocente, está al filo de la mayoría de edad, y todo aquel que pueda ir a la guerra o a la cárcel, tenga derecho al voto o pueda beber alcohol en un bar, debe responder por sus acciones. De hecho, los muchachones que aparecen en el video están tan grandecitos que, con toda seguridad, su “Père” Marcial Maciel ya no se sentiría atraído por ellos.

 Es una lástima que la palabra “naco” esté tan cargada de clasismo y racismo, pues sería ideal para describir a gente como esta. Propongo rehabilitarla y aplicarla, única y exclusivamente, a especímenes como la familia presidencial o los alumnos del Cumbres. Seres en los que el cretinismo ético, estético e intelectual se funden de manera irredimible.

No oyes perrear los libros

Por Alejandra Eme Vázquez:

La campaña “Perrea un libro”, propuesta por el Departamento de Difusión del Instituto de Investigaciones Filológicas (IIFL) de la UNAM,  ha desaparecido del mapa. Y no sólo eso: su acto de autoborramiento viene después de un rechazo generalizado de la opinión pública, entre burlas y enojo, por el uso del reguetón y el perreo para difundir la lectura. Que el más importante centro de investigaciones lingüísticas y literarias de la máxima casa de estudios viera su imagen “mancillada” y “ridiculizada” fue algo que no se pudo soportar, ni dentro ni fuera de la universidad, y la serie de eventos desafortunados ha revelado aspectos importantes sobre las turbas mediáticas, la idea de clase intelectual, la visión social sobre la pedagogía y un sistema que aplasta incluso el derecho a disentir.

Por si no lo ha visto, aquí el video de “Perrea un libro”:

https://www.youtube.com/watch?v=2CneSfzi3Lg

Las primeras reacciones a la iniciativa no se enfocaban en el perreo, sino en el discurso de promoción de lectura tan obsoleto que se usaba en ella, como señala este texto de Alejandra Quiroz: http://consultoriodeletras.tumblr.com/. Después de adaptar a reguetón el libro Tren subterráneo, del investigador Fernando Curiel, la campaña se autosaboteaba al basar su discurso en una caracterización simplona, tajante y equivocada de su público meta: “A los jóvenes no les gusta leer libros, pero les gusta bailar”. Y tras demostrar cómo el texto literario puede sacarse de su materialidad y funcionar perfectamente en otro medio, terminaba por contradecirse al subordinar todo el experimento a Su Majestad El Libro, e incluso afirmaba que los jóvenes habían leído un libro “sin querer” mientras perreaban la canción, cuando lo que se había hecho era un ejercicio de literatura expandida que justamente replantea lo que significa la autoría, el medio y la lectura misma. No había por qué perpetuar la idea de la lectura como una purga que debe ser endulzada para las “clases iletradas”.

El instituto escuchó las primeras críticas y tendió la mano para el diálogo; sin embargo, lo que vino después fue, al menos para mí, bastante inesperado: en las redes sociales, una avalancha de comentarios sobre la campaña, ahora sí enfocados al asunto del reguetón, en la que participaron sobre todo varias figuras de la comunidad intelectual que se dedicaron mucho a tratar burlonamente el tema del perreo y muy poco, o nada, a discutir los puntos medulares sobre promoción de lectura en ese puente que ya se había logrado abrir, aunque fuera desde el error. Y digo que fue inesperado porque el asunto de la literatura que experimenta con otros medios y que se asocia con lo que todavía da en llamarse “baja cultura” no es nada nuevo: hay seminarios de investigación y congresos dedicados a estos temas, así como festivales y prácticas que buscan resignificar y explorar lo que consideramos literario a través del rap, el hip-hop, el propio reguetón, la cumbia y demás géneros musicales, pero también a través de las artes plásticas y otros discursos.

Aunque tiene sus detractores, la experimentación de la literatura expandida es bienvenida, o al menos tolerada, entre la comunidad académica y entre los creadores; entonces, ¿qué hacía diferente a esta propuesta del IIFL, parte integrante de la misma comunidad? Lo único visiblemente distinto eran tres cuestiones: a) no venía de creadores sino de un centro de investigaciones; b) desvirtuaba el interesantísimo proceso creativo de los músicos para enfocarse más en el baile (el título de la campaña es inexacto porque equivale a bailarle al libro, lo que bien podría probarse pero no necesariamente con afanes literarios); y c) envolvía el experimento en un discurso de difusión de lectura, que era justo donde tenía deficiencias pedagógicas, pero nada que no pudiera resolverse con el diálogo que prometió el propio instituto y del que ya se habían dado los primeros pasos.

El ingrediente del escándalo mediático lo cambió todo. Al respecto, Antonio Ramos Revillas publicó en Letras Libres el artículo “Contra ‘una’ promoción de la lectura”: http://www.letraslibres.com/blogs/polifonia/contra-una-promocion-de-la-lectura, en el que hace una profunda reflexión sobre lo que significa leer y sobre el concepto de alta literatura, advirtiendo los tintes de clasismo e intolerancia que tenía la mayor parte de la crítica a la campaña del IIFL. Y aunque ciertamente la revisión pedagógica en ésta y cualquier otra iniciativa de invitación a la lectura es necesaria porque no equivalen a heroísmo ni a caridad, no es la primera vez que la reacción de una comunidad ante casos como éste tiene efectos negativos: eso fue lo que supo ver y dijo muy a tiempo Ramos Revillas.

Muchos cuestionaban por qué la campaña eligió el reguetón, y la respuesta es tan circunstancial que hasta sorprende. Como apunta brillantemente Luigi Amara en su más reciente columna en La ciudad de frente (http://www.frente.com.mx/el-eterno-retorno-del-recorte-a-la-cultura/), el cada vez más recortado apoyo a la difusión cultural se suple con ingenio, parches y lo que se tiene a la mano; en este caso, los músicos más próximos que quisieron y pudieron sumarse a la iniciativa fueron los productores de la canción, y el investigador que respondió a la convocatoria interna del Departamento de Difusión fue Fernando Curiel. Nada más. No había trucos perversos ni intenciones sombrías detrás del planteamiento, lo que no quita sus fallas pero permite entender su contexto.

Muchas ideas de educación, alta cultura y lectura que se manifestaron mientras el juguetito a destrozar era “Perrea un libro” son sumamente discutibles. Y aunque finalmente ni ayudan ni estorban al trabajo real con jóvenes, que no dejarán de estar abiertos a las experiencias de literatura y aprendizaje, pueden tornarse peligrosas si por lo pronto el discurso inicial del IIFL se vio abruptamente modificado sin razón aparente, la campaña fue desaparecida y el diálogo, interrumpido. Es de esperarse que haya un gran descontento, incluso interno, de que se asocie a la academia con una práctica estigmatizada y del “atrevimiento” de usar para ello el nombre de instituciones cuya honorabilidad se entiende desde parámetros muy conservadores.

El asunto tiene su complejidad: por supuesto que debemos defender nuestro derecho a criticar, opinar y hasta burlarnos; pero simultáneamente, hace falta pensar qué tanto somos responsables y podríamos hacernos cargo de los torbellinos que generamos (queriendo o no) y que pueden llegar a consecuencias que no planeábamos ni deseábamos, pero suceden. Entonces se abren interrogantes: ¿esta campaña y las personas detrás de ella serán otro chivo expiatorio para una comunidad frustrada, sin mucho tiempo para estructurar sus críticas y urgida de explosiones?, ¿qué papel juega la clase intelectual en las “turbas furiosas” y en las soluciones?, ¿vamos a dejar que el espacio de la crítica, e incluso de nuestro derecho a la burla, sea aplastado por un sistema que en lugar de privilegiar el diálogo desaparece todo lo que le es incómodo?

Espero que no. Espero que el interés nos alcance para seguir atentos a lo que suceda una vez retirada la campaña, para que nadie salga perjudicado por una propuesta cuyo evidente mal planteamiento es reversible y que sin duda tiene intenciones de aportar desde su trinchera, como ya se ha hecho con la feria del libro del IIFL, diplomados y otras convocatorias. Ojo, porque la cacería de brujas suele terminar en incendio y no sería justo que se cortaran cabezas por este error que no es ni delito ni imposible de resolver, mucho menos en un medio que tiene a las palabras de su lado.

Lo que ha quedado muy claro, por lo pronto, es que todavía tenemos un largo camino por recorrer en cuestiones de pedagogía, de crítica, de diálogo y de perreo.

Aulas como trincheras

Por Alejandra Eme Vázquez:

“¿Cómo les llego a estos chicos?”, se pregunta el insufrible Eric Cartman en el episodio 5 de la temporada 12 de South Park (2008), cuando increíblemente consigue un empleo de profesor suplente y caracterizado como el “Sr. Cartmenez” enfrenta a un grupo de estudiantes difíciles que han perdido la fe en la escuela y en sí mismos. Entonces acude a los referentes comunes de la docencia, al arquetipo de profesor ideal que nos han dejado las películas, la opinión popular y hasta la historia: en una perversa combinación entre Edward James Olmos en Stand and deliver (1998) y Jeff Daniels en Cheaters (2000), Cartman instruye a sus estudiantes en el fino arte de hacer trampa y así de retorcidamente, los inspira para creer que de verdad hay otras opciones aunque al fin todo salga mal. Porque claro, es Cartman, pero hasta él se apoya en un concepto de docencia que nos es muy cercano y nos provoca reacciones que oscilan entre la admiración y la ignominia.

De entre todas las vocaciones, quizá sea la docente la que nos revuela más cercanamente, desde que decidimos jugar a la escuelita y nos armamos listas de asistencia ficticias con hojas recicladas; desde que en nuestra vida escolar nos encontramos con profesores que nos caen bien, nos motivan o de plano nos enamoran; desde que descubrimos la maravilla de explicar algo y que nos entiendan. Y muy en el fondo queremos creer que de verdad tenemos la capacidad de inspirar a otros con nuestro ejemplo, como José Elías Moreno en Simitrio (1960) o Sidney Poitier en To sir with love (1967), porque la docencia se trata también de saber desplazar el yo en beneficio de los demás, despojarse del ego mal entendido y saber reponerse ante la adversidad.

Cuando yo comencé a dar clases en comunidades rurales, en aquel ya lejano 1998 de mis dieciocho años, no podía evitar creerme el cliché del profesor que llega a cambiar a la comunidad como el Cantinflas moralino de El profe (1971), porque la propia comunidad así lo entiende y porque de verdad hay en los niños una cierta mirada que pide a gritos motivación. El profesor encarna una esperanza de superación muy especial en aquellos sitios que sólo conocen del gobierno las pocas dádivas que se intensifican en tiempos electorales, no más. Por eso es que recibir niños en un aula comunitaria representa la oportunidad de confiar en que pese a que la realidad se empeñe en aplastarlo, el libre pensamiento puede sembrarse como lo hace Fernando Fernán Gómez en La lengua de las mariposas (1999) o como nuestros normalistas rurales, que creen en la vocación y combaten la falta de recursos contra un Estado que los menosprecia, los amedrenta y los quiere silenciar. Porque les teme.

Y es que aunque hay quienes con su conducta parecen contradecir la vocación docente como el odioso Cartman o Cameron Díaz en Bad teacher (2011), es cierto que un salón de clases es un semillero en el mejor y mayor sentido. Los docentes tenemos poco tiempo con los alumnos a comparación de sus padres, sí, pero lo que hacemos con ese tiempo tiene la potencia de ponerlos a pensar, de prever comportamientos, de identificar y resolver problemas, de promover la convivencia… O de hacer lo contrario, claro. Pero en el mejor de los pensamientos, un profesor que ha encontrado la manera de proyectar su yo más positivo frente a los grupos puede emular a Robin Williams en Dead poets society (1989), aunque sin la teatralidad de subirse a los mesabancos porque la resistencia del mobiliario no da para eso. Cualquier docente sabe que las condiciones de un aula nunca serán las óptimas, pero contra otras profesiones eso puede resultar motivacional cuando sentimos que estamos salvando del infierno a gangsters potenciales, como Michelle Pfeiffer en Dangerous minds (1995).

Yo amo con locura la docencia principalmente por mi madre, a quien nunca he visto dejar de actualizarse y de reflexionar sobre su actividad desde que tengo memoria. Luego me he encontrado con profesores, compañeros, alumnos y personajes que han ido modelando mi idea de lo que la educación debe y no ser desde mi perspectiva. Porque ya en la docencia, es necesario mantenerse pensando en la perspectiva general y particular ante lo fácil que puede ser actuar por inercia. La docencia ejercida convencidamente transforma al docente más que a nadie, ya que exponerse de ese modo confronta hacia adentro más que hacia afuera; probablemente por eso es tan revelador y hasta adictivo dar clases, aunque hay que evitar el protagonismo a la Jack Black en School of rock (2003), porque los profesores no competimos sino que tenemos el lujo de observar cómo brillan los otros y lo que nos toca es garantizar un espacio de libertad. Y si bien los alumnos son capaces de adaptarse, aprender muchísimo y ser felices con, sin y a pesar de sus profesores, un ejercicio de aula bien pensado puede tener consecuencias extraordinarias. Hasta cambiar vidas, pues.

Desde mi trinchera, a casi 17 años de mis primeras clases creo más que nunca en que cualquier profesión debe ejercerse desde la autocrítica severa, como la que hace François Bégaudeau en Entre les murs (2008), porque a pesar de que todavía no entiendo qué me toca hacer en este mundo y quizá me lleve una vida resolverlo, sé que mi espacio de aportación está en compartir con mis alumnos todas las opciones que ya existen y las que podemos construir para adquirir una conciencia más clara de su lenguaje, su capacidad de creación, su participación en la comunidad, sus actitudes, su criterio, su papel como estudiantes y todo aquello que está en los programas de estudio que al menos en educación básica, son una maravilla. Y si todos reflexionamos todos ganamos, pero lo más curioso es que una vez que se enfoca la energía en los retos, los objetivos y los recursos, sí queda después de una jornada de clases esa sensación del deber cumplido para con la sociedad. Ya dentro del sistema, no podemos escaparnos de la cultura armada alrededor de la docencia y es inevitable, a veces, terminar el día sintiendo que estamos protagonizando nuestra propia película inspiracional. Más vale que sea buena.

El sentido del sin

Por Alejandra Eme Vázquez:

Cuando yo era niña, creía que detrás de la pantalla de cine se encontraban los actores en persona y que las verduras o frutas fuera de su lugar en el mercado sufrían mucho porque no estaban con su familia; Jimena pasó buena parte de su infancia pensando que dos de sus tías no se conocían pese a ser hermanas; Alba creía que los muebles platicaban entre sí cuando crujían y que a los zapatos les dolía cuando se rompían o maltrataban; Luis creía que cuando veía llover, era porque llovía en todo el mundo; Axel, que al mandar un fax el papel se enrollaba para viajar por el cable telefónico y se desenrollaba del otro lado; Deniss estaba segura de que había tuberías que llenaban las nubes para que lloviera; Nunska pensaba que si comía queso se volvería más blanca (y comía mucho, aunque lo odiaba); Rafael creía que la cordillera de los Andes era de cartón; Berns, que a los muertos los tenían que enterrar en el lugar exacto donde morían y por eso había cruces donde sucedían los accidentes; Cuauhtémoc, quien vivía cerca de un cementerio, pensaba que la lluvia podía ser radiactiva y hacer que los muertos cobraran vida…

Si nos preguntaran a todos qué sinsentidos dábamos por ciertos cuando éramos niños, seguramente podríamos llenar una enorme lista de aquello que ahora podemos ubicar claramente como ideas erróneas, absurdas, tiernas, divertidas en ocasiones. Y si pudiéramos recordar con detalle cómo supimos que aquello era un disparate, seguramente fue por vía empírica, tardía, casual: si los encargados de nuestra educación formal tuvieron éxito en nuestros primeros años, pudieron explicarnos tal vez una mínima parte del mundo; pero la verdad es que vamos accediendo a él como un rompecabezas caótico, vía ensayo-error, a través de los demás, a veces con terror y otras con maravilla, tropezándonos, descubriendo por nuestra cuenta cosas que agregamos a nuestros inventarios de lo que consideramos verdadero y que muchas veces tampoco podemos explicar a otros. Porque el pensamiento así visto es casi como el monstruo de Frankenstein, vivo pero hecho de partes que fueron otras cosas y que suelen embonar forzadamente. Y al menos es un alivio poder reconocer las ideas disparatadas que tuvimos alguna vez, pero ¿cómo saber qué hay en nuestras convicciones adultas que se parezca a cuando creíamos que nos dolía el estómago porque las células se enojaban y golpeaban desde dentro?

Hay actitudes, ideas, acciones de otros que nos rebasan, que nos parecen inconcebibles e intolerables, pero que existen. Por más que deseemos desaparecerlas y las ataquemos, nos enfurezcamos, lloremos o argumentemos, existen. Hay gente que vive consigo misma toda una vida y se tolera perfectamente ser violenta, cosificar a los otros, juzgar sin pruebas… Y en el peor de los escenarios, ni cuenta se da. ¿Qué clase de marco Frankenstein se han construido esas personas? ¿Es posible que haya algo que los haga ver el mundo de otra forma? ¿A los demás les toca ser pacientes con sus posturas, intentar explicarles, confrontarlos con el otro extremo, increparles, silenciarles, qué? ¿Dónde nos perdimos la pista unos a otros, si todos fuimos niños que alguna vez creyeron en la magia y sonrieron? Qué impensable parece saber con exactitud desde qué marco está hablando cada quien: cuántas cosas estaremos creyendo sin saber por qué las creemos, sin que alguna experiencia o conversación providencial nos hayan explicado sus razones o sus equívocos; cuántas ideas nos habrán insertado o nos habremos formado de observaciones parciales para convertirlas en verdades absolutas. Absolutas. Qué disparate.

Yo hablo desde mí, por supuesto, y desde lo que platico, experimento y observo con la gente que tengo cerca. Hace muy poco me di cuenta de que quienes damos clases en educación básica tenemos la posibilidad de acceder a mentes realmente muy maleables; que si tomo como ejemplo a mis alumnos para caracterizar a su generación, hay cosas que realmente no entienden y van armando sobre la marcha, como pueden, con retazos de lo que dicen sus padres, los medios de comunicación, los memes, los profesores y la calle. Y no preguntan, porque generalmente al que pregunta se le abuchea. Qué peligroso resulta dar por hecho que ya conocen algo o que están entendiendo muy bien, sin tomar en cuenta que lo que yo les digo está basado en mi marco personal, con todo y los disparates que todavía creo por omisión o convicción; si les suelto un “el gobierno los mató” en lugar de explicarles el sistema y las formas de operación con más detalle, si no permito que accedan a las fuentes más directas, si no les doy tiempo suficiente para acomodar la información y sacar conclusiones propias aunque éstas no “me gusten” del todo, corro el riesgo de alimentar solamente el sistema de héroes/villanos de las películas y en vez de reflexionar, podrían caer en reproducir discursos sin saber de dónde salieron ni poder explicar por qué los poseen.

Los sinsentidos de nosotros, los adultos, se reconocen porque saltamos furiosos a defenderlos irracional o agresivamente en cuanto los cuestionan o creemos que los cuestionan; ya no son explicaciones mágicas del mundo, sino ideas tan profundamente acendradas que no concebimos siquiera la posibilidad de replantearlas ni de escuchar a quien tiene un marco distinto. Y de verdad creo que esa furia autodefensiva no es indignación: creo que la indignación requiere de absoluta conciencia para saber y poder decir cuáles son sus bases, sus argumentos racionales y emotivos, sus propuestas. Quién sabe. Quizá esté yo pensando todo el tiempo como docente y me preocupe cómo los discursos aparentemente absolutos pueden ahogar una idea propia en un niño o adolescente, que podría terminar convirtiéndose en una de estas personas que a veces veo o leo y que me parecen nefastas de tan cerradas, de tan prejuiciosas e incapaces de autocrítica; quizá de verdad me ha cambiado la vida el deber de explicar tantas convenciones a otros y la continua búsqueda de transparencia que esto conlleva; quizá ya no me sea posible vivir sin pensar cómo estamos construyendo el marco del mundo para los que apenas vienen llegando. No lo sé. Lo que tengo muy claro es el deseo de que si los niños y jóvenes de hoy han de sustituir esos hermosos disparates con que se explican la vida, que sea con pensamiento enriquecido, dispuesto, autocrítico, articulado y generoso. Si no, qué sentido tiene.

Efemérides

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