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Y tiene pies

Por Alejandra Eme Vázquez:

Va a llegar el día en que el futuro Black Mirror nos alcance y podamos proyectar nuestra mente hacia el exterior como si de un escritorio de computadora se tratara: entonces veremos nuestros ítems de pensamiento archivados en carpetas, los asuntos cerrados en la papelera de reciclaje y los temas recurrentes marcados como favoritos, accesibles para ser abiertos obsesivamente cada vez que lo deseemos. En la lógica Black Mirror, los resultados serán caóticos porque este mapa del pensamiento, tanto individual como colectivo, permitirá al sistema manipular y enajenar a grados impensables; pero me permito abrir aquí un universo paralelo menos desolador y detenerme en el lado fascinante del interés humano, ése que hace girar la ruleta del mundo y elegir un algo a ojos cerrados para darle nuestra atención, desentrañarlo y “volverlo importante”, aunque a los demás les dé igual o ni lo noten.

El interés puede darse por elección, por casualidad, por intervención de terceros o por contagio, pero de cualquier modo fluctúa entre el ocio y la maravilla si pensamos en todo los mecanismos que deben activarse para que nos atravesemos con algo que se ancla en nuestra sección de “favoritos” gracias a esa suma de coyunturas que envuelve a un evento, un tema, un hecho, una persona, una idea, haciéndolos parecer “justo lo que faltaba” en el rompecabezas del Yo/Mundo.

Una escena de ciudad que acontece justamente cuando vamos con la mirada perdida en la ventanilla del autobús; un libro que tomamos por aparente corazonada y resulta que contiene lo que nos faltaba considerar; una conversación ajena que nos abre o cierra alguna ventana interior; un insecto que evade las pisadas de los transeúntes ante nuestro asombro clavado en el suelo; un alguien que escribe al aire las palabras exactas como si fueran un regalo para el momento de vida que atravesamos; una teoría o ideología que termina de armarnos nuestra percepción del mundo; una injusticia que una vez vista, no podemos dejar de ver: esos cruces que generan coincidencias y que están regidos por lo que ahora podría llamar timing, pero que cada quien puede llamar como quiera, se miden de inicio en función sólo nuestra, de nuestras necesidades, percepciones e interpretaciones; juzgar que algo llega en el instante preciso adquiere alcances monumentales hacia adentro, pero en realidad no significa nada hacia afuera. El universo fluye en su propia disonancia, somos nosotros quienes nos encargamos de hacer las conexiones.

Y de deshacerlas, también.

Interesarse tiene que ver con preguntas y con el deseo de respuestas, pero también con una suerte de compromiso con todo lo que no está en nosotros: rescatando puntitos del universo nos sentimos menos insignificantes, menos egoístas y menos solos. Lo que nos interesa nos emociona, nos preocupa, nos alude; por eso buscamos aprehenderlo y compartirlo cuantas veces sea necesario. Por eso, también, a veces damos más importancia a algo que no es nuestra natural prioridad e ignoramos lo que en apariencia debería acaparar nuestra atención. A menudo interesarse es un desliz; y en predecible viceversa, los deslices son seductores per se.

De los deslices se han descubierto grandes teorías, se ha reinventado el amor millones de veces, se han expandido galaxias ante nuestros ojos. Si todo pasara en el riel del pensamiento sin detenerse ni siquiera un instante, seríamos páginas en blanco: es justamente nuestra capacidad de parar ese tren y  apostar por una idea, una voz o una mirada lo que nos obsequia esas historias que, pase lo que pase, nos definen el rumbo en mayor o menor medida. Aunque luego se pierda de nuevo entre la masa de historias que nunca serán contadas, de algún modo lo que nos ha interesado, interesa e interesará tiene siempre algo de imborrable.

Porque así como es capaz de llegar, el efecto “posee usted toda mi atención” es dotado también con el poder de irse. Incluso aquello que nunca pensamos dejar de amar, de apreciar, de celebrar, de odiar o de sufrir es eventualmente desechado, conscientemente o no, por alguna parte de nuestra corporalidad cuya ubicación no atino aún a descifrar, pero existe. Cuántos de nosotros hemos volteado atrás y visto como intrascendente o superado lo que alguna vez nos pareció indispensable sin que eso quiera decir que la persona, tema, hecho o evento que ya no nos interesa haya “perdido” algo, sino que dejó de sincronizarse con nuestro ritmo de realidad, ése que todos tenemos y del que no podemos renegar porque nosotros mismos lo construimos.

La realidad Black Mirror podrá ser asfixiante pero todavía no puede quitarnos el derecho a elegir, por más que lo intente o nos lo haga creer, de modo que una buena parte de nuestro poder radica en aquello que visibilizamos, en aquello que corporalizamos, en aquello que afirmamos y en aquello que decidimos (consciente o inconscientemente) no mirar.

Dejar de interesarse por algo es extraño. Se siente un vacío que puede durar un tiempo, en proporción con el espacio que ocupó el asunto, y a veces uno se ve tentado a fingir atención nuevamente debido al terror que nos genera cualquier tipo de vacío. Pero antes que pervertir el algoritmo del genuino interés, es mejor reconocer, aceptar y confiar en que el timing se encargará de llenar ese hueco cuando menos lo esperemos. Porque si del interés han surgido revoluciones, el desinterés elegido resulta también potenciador de nuevas historias en tanto que deja limpio un sitio en donde se instalarán puntos de atención que aún no alcanzamos a imaginar. Y lo inmediatamente esperanzador es que si jugamos a creer en todo esto, también nos veremos con claridad a nosotros mismos subiendo y bajando en el vagón del pensamiento de otros, presentes en alguna mirada, importantes para algún universo, interesantes como somos.

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