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Saber pelear

Por Nerea Barón:

Entonces me emocioné y dije “¡Vamos a hacer una ecoaldea!”. Convoqué a algunos amigos que sabía que podían ser afines al proyecto, y aprovechado que comparto la intensidad con al menos un par de ellos, me puse manos a la obra: fui a ver un terreno y abrí un documento de Drive con todos los elementos a considerar: principios, conflictos,  dudas, costos y zonas geográficas. Pasé todas las vacaciones aumentando páginas y páginas del dichoso documento, manoseándolo, soñándolo, viéndoles pros y contras.

Al principio parecía que nuestro único impedimento era de dónde diablos íbamos a sacar la inversión inicial; luego, conforme se volvía más realista, iban surgiendo más y más  dificultades relacionadas con la población, el trabajo, el vínculo con la civilización y la congruencia ideológica. Hasta que llegué a una que me frenó en seco y me hizo querer desistir de sólo pensarla: si iniciaba con mis amigos una sociedad nueva en un rincón recóndito de verdor, íbamos a tener que confrontarnos.

Pensé entonces en la película de La playa y en el Señor de las moscas y en todo ese género literario en el que la semilla podrida de la naturaleza humana germina en medio del presunto paraíso y se extiende como una plaga de mezquindad, pese a todo esfuerzo por aniquilarla. Y sí, sabía que estaba exagerando, pero la sola idea de alzarme la voz con mi amigo de cafés e intimidades lacanianas, o de ver a J. querer normar y reprender a mi amigo de guitarra y rastas por levantarse tarde en día de siembra me daba dolor de pecho. Y no, eso último no es exageración.

No soporto pelear. Y ya estoy grandecita para hacerlo pasar por mero pacifismo, en realidad va mucho más lejos: en cuando hay un conflicto, me paralizo. Me privo y empiezo a esgrimir con torpeza argumentos defensivos, se me hace un nudo en la garganta y siento cómo el enfado del otro llena toda la habitación y me deja sin aire: se va a ir, me va a odiar, todo se va a acabar. Todo. El sentido. El amor. La verdad.

Y puedo hablar de lo que sé: sé que no es así. Sé que no hay relación sin mácula y que el amor existe precisamente para acompañarnos en la inconsciencia, en la diferencia y en el defecto; sé que las discusiones en esa medida no sólo son un mal necesario sino a veces también un bien camuflado, pero de poco sirve saberlo si en cuanto se frunce un ceño mi sistema de alarma vuelve a activarse y quiero huir o presionar mágicamente el botón de reset.

Quizá por eso admiro a las familias ruidosas –la caricatura siempre es italiana– que saben alzar la voz, mentarse la madre, reírse sanamente del otro y de sí mismos y luego irse a la cama con una sonrisa en la boca, tan tranquilos, tan acompañados. Y es que toda compañía genuina –todo encuentro con la otredad– incluye la diferencia, ¿pero quién dijo que toda diferencia tenía que ser conflictiva? Mientras no sepamos distinguir diferencia de conflicto estaremos condenados a construir muros a nuestro alrededor que nos protejan y nos encierren en nosotros mismos, ahí donde todo es seguro, asfixiante y homogéneo.

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