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Puntitos

Por Alejandra Eme Vázquez:

Debo comenzar confesando que desde hace unos meses me planteé el propósito de hacer todo lo posible por romper los paradigmas que me han sido establecidos fuera de la conciencia, muy especialmente los referentes a belleza y fealdad. ¿Por qué consideramos feo a lo feo, qué estructuras validamos a partir de esta dicotomía, cuánto hay de defensa y cuánto de ataque en valorar algo o a alguien según una convención de belleza que podría parecer hasta caprichosa? Y entonces, ¿cómo evitar el temor que nos causa aquello cuya apariencia convenimos horrible? Total, que ahí ando queriendo revertir mis propios juicios morales y estéticos en esta suerte de campaña cuya meta más alta es, ni más ni menos, vencer algún día el más hondo y más automático repudio a lo horroroso que guardo en mi corazón: el que me provocan las cucarachas.

Pensemos por un momento en los millones de puntitos, imperceptibles a la simple vista, que justo ahora están gestándose en diminutos huevecillos y que en algún momento saldrán del cascarón para unirse a las filas del ejército más resistente y más silencioso jamás visto. Millones de puntitos sin remilgos al alimentarse que viven en cualquier rincón, que burlan obstáculos con agilidad y que aumentan poco a poco su tamaño, hasta que un buen día uno de ellos, uno de esos millones de puntitos a prueba de todo te saluda desde el suelo cuando prendes la luz del baño en plena noche cerrada y te obliga a pegar un brinco o un grito, a buscar una chancla o un bote de insecticida, a sentir que en cualquier momento volverá a suceder o de plano desistir de entrar al baño por un buen tiempo.

Sí: me gustaría mirar a las cucarachas con la misma dilatación de pupilas que dedico a las catarinitas o a las mariposas (que ya vistas en close-up no son menos inquietantes), pero me es imposible. No puedo dejar de verlas como una aparición funesta, capaz de sacarme por completo de mis casillas; a tal punto, que aunque nunca he sentido a una caminar por mi cuerpo, ahora mismo que hablo de ellas tengo la sensación de tener que sacudírmelas hasta del pensamiento. Y quizá eso sea muy injusto si recordamos que ni siquiera son insectos capaces de hacernos grandes daños o si nos viene a la mente la encantadora amiguita de Wall-E; pero en otras ocasiones –la mayoría de las ocasiones— tengo la impresión de que el temor y desconfianza hacia ellas son justificados.

Algunos encuentros peculiares con las colegas de Gregorio Samsa –quien ni tiene que decir en qué clase de insecto se ha convertido para que todos le pongamos nombre— me han hecho alimentar la teoría de que las cucarachas disfrutan atemorizándonos a sabiendas de que nuestra repulsión es casi siempre irracional e inmanejable. Está, por ejemplo, aquella que apareció la noche en que yo leía el Drácula de Stoker justo en la parte en la que me sentía más perturbada por la maldad del conde que viajaba en su ataúd con tierra de Transilvania; una fuerza irresistible me hizo despegar los ojos del libro, voltear mecánicamente al techo y palidecer ante el bicho más grande del mundo, o eso me pareció. Fue tanto mi sobresalto que decidí parar de leer en ese momento e irme a dormir sin buscar cómo deshacerme de mi desagradable visita; para mi desgracia ella tenía otros planes, y justo cuando bajé los pies del sillón para buscar con ellos mis zapatos, la cucaracha hizo lo que nunca había visto ni he vuelto a ver hacer a una de su especie: voló hacia donde yo me encontraba, aterrizó junto a mi pie izquierdo y me hizo huir despavorida. Peor que Drácula.

Tengo la sensación de que cada vez que me siento descolocada y vulnerable, aumentan mis probabilidades de saludar a uno de esos millones de puntitos que parecen observarme desde sus millones de escondites. No me sorprendería que alguna estuviera preparándose para salirme al paso y celebrar de esa manera mi decisión de dedicar a su existencia la presente columna; como tampoco me pareció inverosímil que otra noche más reciente regresara a mi casa con un humor funesto, después de un encuentro nada grato, y ya con las llaves de la puerta de entrada a mi edificio en la mano me encontrara, justo en el cerrojo que yo debía accionar, una inmensa cucaracha negra que me hizo detenerme en seco y esperar hasta que la muy descarada se decidiera a abandonar ese puesto mientras yo intentaba darme valor repitiendo el mantra por todos conocido: “Ella te tiene más miedo que tú a ella”. Pero cómo voy a creerme ese mantra si tantas veces pareciera que no es verdad, que las malvadas son perfectamente conscientes de lo que nos provocan y que si corren de aquí a allá es sólo para ponernos más nerviosos. O no. O sí.

Debo terminar confesando que mi propósito de romper paradigmas internos de belleza y fealdad se ha enfrentado a obstáculos muy diversos, pero especialmente a mi incapacidad para saber con qué sustituir las categorías tan acendradas en mi imaginario o siquiera saber si es preciso sustituirlas. Pero si algo he aprendido en esta quizá inútil empresa es que las grandes ideas y las grandes emociones suelen concentrarse en pequeños puntos que nos disparan reacciones automáticas precisamente por ser tan minúsculos, tan inaprehensibles de tan localizables. Una cucaracha es la representación de lo más feo, y en consecuencia de lo más temible, porque se sabe que está ahí para reclamar un espacio que le pertenecerá sin limitaciones cuando lo humano se haya extinguido para siempre; pero también porque la aparición de una es el recordatorio funesto de que existen todas, innumerables, estoicas: millones de puntitos que juntos son la oscuridad que acecha, esperando consumarse.

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  • Ulises

    Me recuerdas a la amada Clarice
    “La cucaracha con la materia blanca me miraba. No sé si me veía. No sé lo que ve una cucaracha. Pero ella y yo nos mirábamos y tampoco sé lo que una mujer ve. Pero si sus ojos no me veían su existencia me existía – en el mundo primario donde yo había entrado, los seres existen a los otros como forma de verse. Y en ese mundo que yo estaba conociendo, hay varias formas que significan ver: uno mira al otro sin verlo, uno posee al otro, uno come al otro, uno está sólo en un rincón y el otro está allí también: todo eso también significa ver. La cucaracha no me miraba con los ojos sino con el cuerpo. ”

    “Lo que yo veía era la vida mirándome. Cómo llamar de otro modo a aquello horrible y crudo, materia prima y plasma seco, que estaba allí, mientras yo retrocedía hacia dentro de mí en naúsea seca, yo cayendo siglos y siglos en el lodo -era lodo y ni siquiera lodo ya seco sino lodo aún húmedo y aún vivo, era un lodo donde se movían con lentitud insoportable las raíces de mi identidad. ”
    La pasion segun G H
    Clarice Lispector

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