Por Deniss Villalobos:

Siempre he pensado que las cosas pequeñas son, por mucho, las más importantes.

—Arthur Conan Doyle, Las memorias de Sherlock Holmes

Cuando escuchaba historias de brujas viviendo en cabañas, niños perdidos de noche o princesas que huían de casa, el bosque en el que los imaginaba era completamente verde: no solo la copa de los árboles y el pasto bajo sus pies, sino también los troncos y las rocas, el agua del río que devolvía el reflejo de ese reino verde en el que si existía la magia seguro era gracias a que todo se veía como ningún otro lugar. Así que siempre pensé que me gustaba el musgo, pero pensaba en una capa uniforme y singular que cubre las cosas como un tapete. Una capa para las piedras, un suéter para los troncos, una nueva piel para una vieja estatua en un parque al que ya nadie da mantenimiento. Y es verdad, el verde del musgo es hermoso, hace que todo se vea mejor, pero también es mucho más que eso.

El año pasado encontré un libro, Gathering Moss: A Natural and Cultural History of Mosses, de la profesora en biología ambiental y forestal Robin Wall Kimmerer. En uno de los primeros capítulos, Kimmerer cuenta que su exesposo, fotógrafo, no entendía la fascinación de Robin por el musgo, pues para él era solo un tapiz que cubría árboles o rocas para que sus fotografías se vieran mejor. En cambio, para ella el musgo es otro universo por completo. Si enfocamos el lente, entonces los árboles desaparecen y ante nosotros encontraremos una nueva dimensión, la mancha verde que parecía uniforme es en realidad una superficie de diferentes y complejas formas. “El musgo”, como solemos llamarlo, es en realidad muchos musgos distintos.

Aprender a ver estas plantas, dice la autora, se parece más a escuchar. “Una mirada superficial no bastaría. Intentar captar una voz lejana o entender el matiz de un silencio durante una conversación requiere atención; como filtrar todo el ruido para captar la melodía. Y los musgos no son música de elevador, son los hilos entrelazados de un cuarteto de Beethoven”.

Me gustan los libros que, como este, me hacen sentir que traigo puestas unas orejas de burro. Libros que te enseñan muchísimo sobre algo que ya te gustaba pero de lo que ignorabas casi todo, que son como un maestro que con paciencia te explica algo. Por ejemplo, no tenía ni idea de cómo es que los musgos crecen, se reproducen o por qué son tan pequeños. Y esto es lo que aprendí apenas comenzando el libro, de una manera sencilla y sin términos que quizá requerirían que tuviera conocimientos más avanzados de los que adquirí hace años en las clases de biología:

Los musgos carecen de tejidos especializados para transportar alimento o agua de una parte de la planta a otra, tampoco poseen una estructura rígida que les permita crecer “hacia arriba”, por eso, a menos de que crezcan en el agua y ésta soporte su peso, son casi siempre de apenas unos milímetros de alto. Se reproducen de forma asexual por esporas y sexual por gametos, y que sean tan pequeños es de hecho una de sus ventajas, no por nada son una de las plantas que han existido por más tiempo en la Tierra. Es gracias a su tamaño que pueden habitar casi cualquier lugar: desde una grieta en la pared o el asfalto, en medio de una ciudad, hasta bosques enteros, entre troncos o sobre ellos, encima o debajo de las piedras.

¿Y si no tienen raíces por las cuales alimentarse, entonces cómo es que crecen, se reproducen y se mantienen con vida? Los musgos obtienen agua gracias a la humedad en la que viven, y cuando el clima no es favorecedor, como el bosque durante el otoño, pueden “dormir” hasta que la siguiente lluvia los reviva, además de que pueden habitar todos los espacios en los que ninguna otra planta podría crecer o alimentarse. Viven en las superficies, y toda superficie tiene una capa límite. Nosotros la experimentamos así: si te acuestas en el pasto, durante un soleado día de verano, estás sobre la capa límite de la tierra. Ahí la velocidad del viento se reduce y apenas puedes sentir la brisa que, si estuvieras de pie, te revolvería el pelo. El suelo, cálido gracias al sol, irradia calor hacia tu cuerpo y la falta de brisa en la superficie permite que el calor persista. El clima cerca del suelo es diferente al que sentimos cuando nos levantamos. Y este efecto se repite en todas las superficies, grandes y pequeñas.

Es en esa capa donde los musgos encuentran todo lo que necesitan para existir, no solo calor sino también vapor de agua y es esa humedad, atrapada en la capa límite, la que permite que los musgos florezcan. Además de calor y agua, la corteza de un tronco en descomposición libera otros gases. En la capa límite podemos encontrar diez veces más dióxido de carbono que en el resto de la atmósfera, lo que convierte a ese espacio en el lugar ideal para el proceso de fotosíntesis. El hogar perfecto para un musgo.

¡Y esto lo aprendí solo en los primeros capítulos! Tampoco sabía que hay más de 15,000 especies diferentes de musgos y que, en la isla Elefante de la Antártida, hay uno que ha existido por más o menos 5,500 años. Hay musgos que reviven después de veinte años de secarse, pero aún más sorprendente es que en 2014 se encontró uno que, según pruebas de carbono tenía 1,500 años de antiguedad, y luego de varias semanas de ser regado con agua destilada y mantenido bajo luz y temperatura controladas, volvió a la vida. Definitivamente los musgos son más que adorno para nacimientos o una capa bonita que hace más bella a una piedra en el bosque: cada uno es su propio bosque. Y da gusto que haya gente que, como la autora de este libro, quiera explorarlos y compartir con todos lo que ahí se encuentra.