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[Faquires]

Por Alejandra Eme Vázquez:

«Sólo puede torturar quien ha resistido la tortura.

Hipótesis inquietante: el supliciado eres tú.»

Farabeuf, Salvador Elizondo

Se subió al vagón del metro Balderas y arrojó un bulto que al sonido de contacto con el suelo reveló su contenido. Vidrios hechos pedazos. Y lo supe, lo supimos: lo que seguía era un discurso sobre la terrible situación personal que lo orillaba a hacer “esto” con tal de ganar un poco de dinero, y luego el acto. Dependiendo del estilo, piruetas mediante o no, estrellar su espalda contra los vidrios. Eso seguía y mientras él se presentaba como Erick Alberto, toda la incomodidad del mundo tuvo en mi cuerpo su sitio. Una sensación paralizante, boca seca, latir convulso. Miedo como para clavar la mirada en un punto fijo e intentar concentrarme en la idea de que todo estaba bien, pero no el suficiente como para desmayarme o llorar. Qué lástima de miedo.

En algunas culturas también se les llama derviches. Mortifican sus cuerpos para alcanzar la pureza. Faquires. Laceran su pureza para llegar a los cuerpos. Los musulmanes lo hacen por un ser superior en el que creen sin reservas, para buscar la santidad; los jóvenes que se acuestan sobre vidrios hechos trizas en espacios públicos lo hacen para ganar dinero y para recordarnos que existen. Es en ambos casos una forma de vindicarse ante sociedades que practican el culto al cuerpo, al bienestar y a la belleza; una manera de decir que el dolor atraviesa la identidad y en ese atravesar, la hace tangible para uno mismo y visible para el otro. Nadie es ajeno al dolor, por más que intente.

Mi fantasía recurrente cuando me encuentro frente a un faquir del metro es tomar todo el dinero que traigo y ofrecérselo a cambio de que no se haga daño, no al menos en ese vagón, no al menos frente a mí. Eso no es salvar, por supuesto, ni me da orgullo. Sólo quiero no ver. Pero esta vez tenía a Erick Alberto justo frente a mí en un vagón lo bastante vacío como para que se notara cualquier movimiento brusco y yo no quería ofender, pero tampoco estar. Ya alguna vez, luego de ver una demostración nocturna especialmente salvaje de este oficio en la línea azul, quizá en General Anaya, había declarado al mundo que los faquires del metro eran mi mayor terror. Y les había escrito un largo poema que recuperaba la muletilla de aquel hombre de torso desnudo que todavía aparece en mis pesadillas: “mira”, decía rítmicamente después de cada cláusula, “yo te digo que cuides a tus hijos, mira, para que no caigan con malas compañías, mira, así como yo, mira”. Y aun sin desearlo, no pude dejar de mirar.

¿Por qué alguien se autoflagelaría? Es decir, autoflagelarse desde la literalidad de elegir un objeto cuya acción sobre la piel, esa fragilidad originaria, va a dejar una marca sensorial, un nuevo relieve, una herida que será cicatriz. Los faquires musulmanes, como otros creyentes de diversas religiones, se laceran para demostrar que su umbral del dolor se ha expandido hasta los límites en que el cuerpo se subordina completamente al alma. Como los mártires, que de tanto dolor dejan de sentir y alcanzan el éxtasis que es decir el estar fuera de sí, en una clase de trance que sólo es posible de alcanzar a través de un sufrimiento que agradecen. Y entonces los respetamos o les tememos, que en muchos sentidos viene a ser lo mismo, porque, ¿qué queda después del dolor autoinfligido? Un cuerpo que sabe que el martirio puede venir de muchos flancos, comenzando desde sí mismo. Y entonces todo se modifica: la memoria, la voluntad, el cuidado, todo distinto porque el dolor ha dejado de ser amenaza para ser cómplice.

Erick Alberto se aseguró de que supiéramos que todo estaba dispuesto para ejecutar el acto. Ahí el bulto de vidrios, esperándolo; ahí nosotros, su público cautivo; ahí las marcas, de heridas anteriores; ahí su testimonio, por si había alguien no iniciado en el asunto. Pero cuando llegó el momento no anunció el acto, ni lo ejecutó. En vez de eso, dijo: yo sé que no es fácil de ver, muchas personas me han pedido que no lo haga, principalmente mujeres y niños que se asustan al ver la sangre. Dijo: yo tampoco quiero hacerlo, por eso pido su apoyo. Dijo: no lo voy a hacer.

Entonces abandoné mi punto fijo y lo miré a él. Lo miré con gratitud y alivio, con admiración y empatía. Y lo escuché, y recordé su nombre porque decidió, o planeó, no ejercer el poder de desdoblar en mí el miedo que ya sentía crecer. En ese momento, el gesto me pareció comparable al rey magnánimo que perdona al condenado a muerte. Supongo que lo que hizo Erick Alberto es ahora la tendencia de los faquires del metro, que saben que ya no necesitan lacerarse porque ellos mismos son la herida, una herida-espectáculo que haríamos lo que fuera para evitar. Una herida ambulante que a sus primeros indicios, incluso sin consumarse, nos despierta el urgente deseo de expiación.

Le di veinte pesos y estas palabras que son mi forma de autoflagelo. Mira.

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