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De lo trivial

Por Alejandra Eme Vázquez:

La hormiga no tiene glándulas sudoríparas ni un sistema nervioso tan complejo como el humano, por lo que mientras carga diez veces su peso no siente dolor ni sufre lo indecible, aunque cada viaje por provisiones sea casi heroico. Ahí va, trazando un camino de sí misma hasta que llega a donde debe llegar, para cumplir con su papel en una comunidad que la necesita. No sabemos qué percibe o si concluye alguna cosa pero hay algo en su “actitud”, y en el tiempo que ha destinado a cada paso del proceso, que revela conocimiento de que ha hecho algo importante. Son el ojo humano y el pie humano los que deciden que está bien cortar de tajo tal hazaña, porque “no es tan relevante” y antes bien, les estorba.

¿Quién decide qué es lo trivial? ¿Quién puede dictaminar sobre la relevancia o irrelevancia de tomarse una foto, decir que se tiene hambre, llorar con un video de perritos o jugar? Si lo trivial está donde se ha alejado la conciencia, no podría estar en las necesidades más básicas. No puede ser trivial ni comer ni hablar sobre comer, ni dormir ni hablar sobre dormir, ni amar ni hablar sobre amor y en general, no podría estar en aquello de lo que necesitamos hablar. Si sentimos que hay que poner algo en palabras, quiere decir que ese algo pasó por filtros conscientes e inconscientes que le permitieron llegar hasta el lugar donde se articula el lenguaje. ¿Es posible trivializar ese trayecto?

Generalmente son otros (y nosotros, cuando nos disfrazamos de otredad) quienes deciden qué puede y no ser interesante (¿para quién?). A menudo, alguien que ha decidido fijarse en un detalle del universo recibe las opiniones más diversas sobre la presunta trivialidad del detalle en cuestión: “no le des importancia”, “tú preocupándote por tonterías mientras están pasando cosas realmente trascendentes”,  “eso ya lo saben todos” o hasta la condescendencia del “tú entretente en eso mientras otros nos encargamos de lo importante”. Esto altera nuestra percepción, por supuesto, y nos puede llevar a sentir culpas y enojos que no estaban antes: así aprendemos a desestimar, a subestimar y a sobreestimar.

Pero si nos escuchamos, sabremos que lo que nos parece importante no es trivial, ni lo que descubrimos por nosotros mismos aunque ya muchos lo hayan descubierto antes. Porque hay conciencia, porque ejercemos nuestra capacidad de decisión, porque hay algo de crucial en lo que se nos ha metido en la cabeza aunque intentemos fingir que no, por aquello de las segundas opiniones. Quizá nuestro interés en pintarnos las uñas o ver un partido de futbol sí haya sido adquirido a partir de la manipulación y la hegemonía, pero podríamos tener la oportunidad de adquirir conciencia y decidir sobre ello, antes de que el ojo humano y el pie humano nos lo corten de tajo como a la hazaña de la hormiga.

Bien nos haría recordar los tiempos en los que cada pequeño acto y cada pequeña cosa fueron extraordinarios. Cuando aprendimos a hablar, cada palabra contaba; cuando supimos caminar, cada paso era crucial; aprender a nombrar las cosas hizo que pudiéramos manipularlas, pensemos si no en la angustia que nos da enfrentarnos con algo cuyo nombre no conocemos; formular nuestras necesidades y deseos nos afirmó en el mundo; entonces, ¿cómo alguien podría decidir que cualquiera de las cosas a las que nos ha llevado ese trayecto no cumple con la expectativa de interés impuesta al mundo?

Reconectarnos con esas sensaciones nos permite reconocer que hay un sistema al que le interesa trivializar e incluso producir discursos deliberadamente triviales; pero que en cuanto a la vida de cada quien, a las preocupaciones e intuiciones, nada es menos importante que nada, de entrada porque las comparaciones no hacen justicia a la complejidad que somos. Y todavía más: cuando trivializamos algo ajeno estamos haciéndole juego a ese sistema que vive justamente de marcar jerarquías cuya existencia no es sino un artificio que beneficia a unos cuantos.

Si seguimos los hilitos que sobresalen en nuestra superficie, llegaremos a preguntas o respuestas que nos permitirán volver a nosotros enriquecidos; porque eso de estar cargando con la reacción ajena cuando expresamos o atendemos asuntos “no importantes” no puede llevar sino a competencias y rupturas voraces que ponen en peligro nuestros lazos más frágiles, más fundamentales de tan triviales. Porque al final, tener una vida sana en lo individual y en lo colectivo consiste en mantener un tránsito fluido en todas las trivialidades.

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