Por Alejandra Eme Vázquez:

Al despertar el primero de enero de aquel lejanísimo 2012, tuve una ocurrencia que disfracé de revelación: ya que sentía que había aprendido muchísimo en esa vuelta de calendario, replicaría aquella idea preciosa, llena de tradición y sabiduría, de que el clima de los primeros doce días del nuevo año corresponde a cómo se comportará cada mes, respectivamente. Así que en un arranque inclasificable, ese año electoral comenzó para mí con la invención de un género: la cabañuela escrita, que a diferencia de la agrícola va en retrospectiva y se trata de recuperar doce (una por mes vivido) afirmaciones, dudas o aprendizajes que haya dejado el ciclo que se nos fue.

Durante unos pocos años repetí este ritual, hasta que tuve un espacio (éste) en el que podía ir dando cuenta semanalmente de los intereses, aprendizajes y productos que consideraba urgentes de poner en la discusión. Entonces las cabañuelas escritas dejaron de ser una necesidad personal, hasta ahora. En este casi final de 2017 y en el umbral de un nuevo año electoral, comparto aquí mi ritual de las cabañuelas apalabradas para ponerlo a disposición de quien quiera tomarlo, porque si crearnos rituales propios para cerrar círculos es también una forma de libertad y ética, colectivizarlos puede ser una herramienta realmente poderosa.

CABAÑUELA UNO. NO SIEMPRE SE PUEDE

Se intenta, por supuesto, porque la primera condición para que algo salga mal es tener fe en que va a salir bien. No se trata de conformarse, soportar o asumir en contra de la propia voluntad, sino de elegir cuándo eso que no salió como esperábamos puede quedarse así, en la galería de fracasos que, muy a su modo, nos funcionan.

CABAÑUELA DOS. “FEALDAD INTERIOR”

Alguna vez llegué a la conclusión de que lo que me parece insoportable en los discursos de superación personal es que dan por hecho que todos queremos ser “buenas personas”, a todas horas, con toda la gente. Y no es así. Cierto es que en el mejor de los casos, tenemos el privilegio de elegir los contextos en los que queremos y podemos mostrar lo mejor de nosotros, pero esto conlleva también hacernos cargo de que a veces no lo mostraremos y está bien. Que a veces vamos a ser los malos del cuento y está bien. Que también somos eso, y no pasa nada.

CABAÑUELA TRES. ¿ES PECADO EMOCIONARSE?

Cuando sentimos una intensa emoción, nuestra cara y nuestro cuerpo sufren una metamorfosis hacia afuera y hacia adentro. Perdemos control y estamos acostumbrados a que eso nos asuste; sin embargo, si algo ha demostrado la historización de la humanidad es que invisibilizar las emociones es lo menos humano que existe. En ellas descansa nuestra posibilidad de hacer sociedad, para comenzar, y por eso es que al menos mi año se trató ya no de hacer las paces, sino de poner en primer lugar lo afectivo y lo emocional, con una torpeza inicial que también emociona porque significa que hay mucho por hacer para superarla.

CABAÑUELA CUATRO. FEMINISMO(S)(O)(S)

Lo increíble de una praxis tan generosa como la feminista es que mientras una va encontrando formas de acomodarse e incomodarse en ella, van apareciendo ideas muy claras que modifican o afirman el rumbo, porque el asunto es que lo que estamos buscando no existe sino que hay que construirlo. Para mí este año me vino a reafirmar que ser feminista sí es en este momento mi modo más honesto de estar y aprender, pero también me trajo una enorme certeza de ida y vuelta: de ida, que no todas mis cuentas las paga el feminismo, es decir, que no puedo escudar todo lo que hago y digo en un “es que soy feminista”, porque es volver a caer en esencialismos que estamos peleando por derribar; y de vuelta, que en este mismo sentido mi feminismo no paga las cuentas de los demás. Si hay personas que quieren instalarse en la comodidad de culpar ociosa y sistemáticamente a las feministas por todo, si hay quienes se pronuncian “a favor” o “en contra” sólo para buscar un efecto (sea positivo o negativo) y no como exploración genuina, nosotras no tenemos por qué observar, registrar ni legitimar en absoluto esas prácticas. Espero que 2018 nos traiga la tranquilidad de elegir quiénes sí y quiénes no son nuestros interlocutores en el reposicionamiento de la mirada desde fuera de lo patriarcal, y de actuar en consecuencia.

CABAÑUELA CINCO. ACOMPÁÑAME, PORQUE PUEDE SUCEDER

De las relaciones con los demás aprendemos sobre horizontalidad, un concepto aparentemente inasible hasta que de pronto sentimos que estamos en la misma frecuencia con alguien, que no hay jerarquías ni se escatima en afecto e información. Entonces la perspectiva cambia, y en lugar de buscar protección, codependencia, utilitarismo y paternalismo, aparece el acompañamiento como manera de ser con los otros. Aprender a recibir y a dar este acompañamiento es un viaje que no parece acabarse nunca, porque además una vez que sabemos lo que es la horizontalidad, lo que sigue es buscar estructuras que no nos den ni nos permitan dar menos que eso.

CABAÑUELA SEIS. NO-SE-TRATA-DE-MÍ

Por un lado, no hay manera de que nuestra vida siempre se trate del yo, de la perspectiva propia y de filtros que elegimos en individual. El truco es que esto no se convierta en una imposición para las vidas y los asuntos ajenos. No porque yo deba aprender a vivir conmigo todo el tiempo, no porque aprecie muchísimo lo que pienso y hago, no porque me parezca a mí misma una persona valiosa quiere decir que tengo que aparecer en todas las sopas. ¿Cómo podríamos comenzar a revisar realmente nuestros privilegios y nuestras prácticas opresivas si nos ofende la sola idea de guardar silencio para escuchar, pero de veras escuchar, a las otredades?

CABAÑUELA SIETE. SEGUNDAS OPORTUNIDADES

Una de las cosas más bonitas que me dejó este 2017, pero muy especialmente el séptimo mes de nombre cabalístico, es la certeza de que si bien es importante identificar qué vínculos con otras personas ya no nos aportan nada, esto tiene que acompañarse por el reconocimiento de a quiénes sí queremos invitar a que ocupen un lugar fundamental en nuestra vida, qué voces sí van a tener toda nuestra escucha y qué cuerpos sí queremos tener muy cerquita. Y si esto significa reconsiderar, cambiar de opinión o replantear el propio lugar en el universo, vale la pena darse a sí mismo otra oportunidad. Permitirme la alegría, el asombro y el agradecimiento por las presencias que han aceptado estar o volver a estar conmigo es una sensación que una vez descubierta, ya no quiero abandonar nunca más.

CABAÑUELA OCHO. RECOMENZAR

Parece una frase hecha aquello de que cuando una puerta se cierra, se abren miles de ventanas, sobre todo si es una quien se cierra esa puerta con pleno conocimiento de causa. Pero es verdad, y quizá lo es porque al estar acostumbrados a un contexto que ya conocemos, se entiende que no tengamos tiempo ni medios para ver lo que hay fuera de él; es decir, las miles de ventanas ya estaban abiertas desde antes, pero no las veíamos. No es necesario abandonar las circunstancias que consideramos “vivibles” para verlas, pero sí es un alivio saber que el hecho de que se nos cierre o nos cerremos una puerta no significa empezar desde cero porque después de todo, nuestra valía no está depositada en dónde trabajamos, junto a quién estamos o qué poseemos, sino en nuestra agencia para crearnos un contexto tan seguro y hospitalario como esté en nuestras manos. Y ésa no se va.

CABAÑUELA NUEVE. CUIDADOS COLECTIVOS

El sismo del 19 de septiembre en la ciudad de México nos hizo, casi diría que nos obligó, a pensar la vida de formas nuevas y a retomar temas que parecen destinados a estar en el tintero de lo que nunca es suficientemente importante. Cuidar de los demás se convirtió en un mandato interior, una manera más que aceptable de resolver, un pequeño heroísmo cuya sola ejecución nos reconciliaba. Pese a que esas intensivas semanas han ido diluyendo su fuerza en el espacio muy público, no podemos dejar que el asunto de los cuidados colectivos vuelva al limbo: se trata de comenzar a desenredar en qué términos estamos hablando de cuidados, de participación, de comunidades; se trata de dejar de repetir discursos victimizantes y tramposos; se trata de dejar de caricaturizar a todos los otros, porque el único primer paso posible para colectivizar es no resistirse a que el mundo nos atraviese, nos cimbre y nos cambie la visión, sin que tenga que mediar en ello un desastre natural.

CABAÑUELA DIEZ. PENSAR LO DOMÉSTICO

Entre los discursos que reproducimos, el equivaler empoderamiento con la salida del espacio doméstico es quizá uno de los primeros que debemos poner en crisis, porque al repetirlo (y hasta adornarlo) estamos abonando a la precarización e invisibilización de los sistemas que operan a puerta cerrada y los trabajos de cuidado, que son fundamentales para entender las estructuras. No se trata de regañar o evangelizar, justamente porque es algo que no solemos ver; sólo es comenzar a hablar en otros términos de estos asuntos, y en ese movimiento transformar la mirada y legitimar el conocimiento para estar en condiciones de revolucionarlo todo. Después de renunciar a mi trabajo asalariado de muchísimos años, a mediados de 2017 descubrí en el trabajo de cuidados remunerado una forma hermosa, aguda y subversiva de estar en el mundo, y ya de entrada ese hecho me cambió el esquema completamente. Que no es cosa pequeña.

CABAÑUELA ONCE. PERMISO DE NECESITAR

Acostumbrarse a resolver la adversidad completamente a solas podría verse como un signo de autonomía, valentía o fuerza, pero creo que es urgente decir muy claro que nadie debería no tener más opción que la carencia de compañía. Crear redes y confiar en ellas significa justamente ir en contra del discurso aprendido de que entre menos recurras a los demás para resolverte, es mejor; y aunque es extraño deconstruir algo que a ojos del sistema competitivo parecería una virtud, también es extraordinario saber que se puede desaprender la antisocialización y a cambio, autoeducarse en pedir ayuda, decir sí, dejar de esperar siempre lo peor “porque así ya nada nos sorprende”, querer sin reservas, mostrar la propia vulnerabilidad: necesitar a los demás, pues, y ya no volver a cargar el mundo en solitario.

CABAÑUELA DOCE. RETIRARSE CON GRACIA

En el continuum de las rutinas, las inercias y las búsquedas de algún tipo de estabilidad, todo cierre es un artificio que revela también las costuras artificiales de lo que consideramos abierto o echado a andar. Eso no quiere decir que no sea necesario despedirse, moverse, construir alternativas o desactivar ciertas realidades, pero sí quiere decir que a fin de cuentas, reconocer la agencia que tenemos sobre las circunstancias en las que estamos significa también la posibilidad de hacer algo al respecto una vez que sabemos cuándo una página nos invita ya a que le demos vuelta. Cuándo este abrazo es el de no volver. Cuándo este espacio está listo para ser memoria. Cuándo estas palabras son las últimas palabras.