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Pensar, pensar, pensar

Por Nerea Barón:

Aquel pilar que crees que te sostiene, suéltalo.

Tal vez seas tú quien lo esté sosteniendo.

Déjalo caer.

@cosmicmanik

Pensamos. Pensamos mucho. Hay quienes –Dios los bendiga– incluso se sienten muy listos por pensar tanto. De verdad, los he visto, dando vueltas en su cama, insomnes, sintiéndose solos porque nadie los comprende, porque nadie más es capaz de ver con tanta claridad cuán compleja, cuán intrincada es la vida.

Estamos poseídos. Pensamientos autofágicos se instalan en nuestra mente y no nos abandonan hasta que no queda nada más que una desesperación brutal y un tratado de nudos. Lo que originalmente era una medida adaptativa para nuestra supervivencia, ha empezado a tornarse en contra nuestra, convirtiéndose en un hándicap que arrastramos de igual forma que arrastramos nuestro cuerpo por esta vida miserable que no elegimos vivir. Hoyo negro en el pecho al despertar y unas gotitas de benzodiacepinas diluidas en un vaso con agua.

Pensamos y peor: creemos que somos nuestros pensamientos. Diversas corrientes orientales intervienen en este punto: hay que callar la mente que sólo nos enajena y darle paso al yo observante que nada piensa, que no se identifica con sus creaciones ni con los eventos que pasan a su alrededor. Inserte aquí encomios a la meditación. Mente en blanco.

Sin embargo, algo tiene que nutrir ese motor. Somos idiotas en nuestro afán por seguir siendo compulsivamente listos pero nuestras razones tendremos. Lo pensaba (de nuevo el incisivo verbo) este fin de semana, cuando me puse a desplegar mentalmente cada escenario posible de una situación que me preocupaba. Estructuré diálogos, conjeturé intenciones, preví vuelcos dramáticos y me preparé emocionalmente para cada alternativa. Ese día hacía sol y estaba rodeada de gente querida. Ese día era muy día y sin embargo no podía acceder al momento; el gusano del pensamiento escarbaba y escarbaba. Autoreproche y metareproche por reprocharme; pensamiento y metapensamiento sobre las condiciones del mismo. Manos sobre la cabeza. Ya cállate, carajo.

Una voz intervino: no piensas, te defiendes. Lo que te falta es confianza. Confianza en que puedes soltarte y saber que el mundo te va a sostener; confianza en que puedes hacerte cargo de lo que venga, que puedes resolverlo en el momento en el que se presente, sin tanta previsión. Eso que tú llamas pensar en realidad es sólo una rebaba del miedo; te sientes amenazada por el devenir y te resistes. Suéltalo ya.

No descifro aún cómo hace uno para sentirse seguro sentado al borde del abismo, pero algo sí sé: si bajar las defensas nos hace más simples, tontos incluso, que así sea; y si pensar es un recurso para vivir mejor, entonces el resto del desborde cognitivo no merece tal nombre. Llamémosle simplemente ruido. Ruido y miedo.

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