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Zombis caribeños

Por Bernardo Esquinca:

Cuba siempre es un tema polémico. Hay quienes defienden a ultranza la situación de la isla, la manera en que ha sabido sobrevivir por encima de los boicots económicos, el modelo socialista que ha conseguido que el país sea el segundo en desarrollo humano de Latinoamérica, según la ONU. Por otro lado, están los que afirman que dicho modelo no puede sostenerse más, que Fidel Castro se perpetuó en el mando de manera enfermiza, que la mayoría de los cubanos viven cooptados por el poder, y que no la están pasando nada bien. He presenciado más de una acalorada discusión al respecto, y nadie parece ponerse de acuerdo con este espinoso tema.

La escuela de cine de la isla es famosa, y mucha gente viaja para estudiar en ella. Paradójicamente, son pocas las cintas cubanas que llegan a nuestro país. Recuerdo que en su momento Fresa y chocolate tuvo fuerte un impacto internacional, pero aparte de ésta, a mi mente no viene ninguna otra película cubana de igual trascendencia. Por eso fue muy refrescante, hace un par de años, la llegada a las pantallas mexicanas de Juan de los muertos, publicitada como el primer filme cubano de zombis.

Más allá de la conveniencia de hacer una película inserta en un género que experimenta un auge global, pues tanto en el cine como en la literatura hay una sobreabundancia de autómatas sedientos de carne humana, este filme destaca por diversos motivos. Fue un acierto que Alejandro Brugués, su escritor y director –quien por cierto es argentino- decidiera darle un marcado acento paródico. Juan de los muertos es sumamente divertida, salpicada no sólo de sangre, sino también de comentarios ácidos sobre la situación de Cuba.

Por ejemplo, cuando la isla se infesta de zombis, los medios de comunicación controlados por el gobierno les llaman “disidentes”, y atribuyen el desastre a una acción deliberada de sus eternos enemigos, los Estados Unidos. Igualmente, hay múltiples homenajes-crítica a la típica actitud del cubano, que de todo quiere sacar provecho. La trama, de hecho, se centra en eso: en lugar de huir ante el peligro, un grupo de inadaptados y vagos que vive en la azotea de un edificio bebiendo ron, decide unirse para combatir la plaga, y de paso ganarse dinero limpiando las calles de muertos vivientes. Diversas situaciones tan hilarantes como absurdas se van tejiendo para hacer un retrato de la famosa ínsula y de sus habitantes, quienes incluso en medio del Apocalipsis saben encontrar tiempo para el amor, la gozadera, y la tranza.

Independientemente de lo que uno opine sobre Cuba y su complicada realidad, Juan de los muertos es una sátira hecha con mucho amor a ella. Tanto que, después de verla, dan ganas de darse una vuelta por allá, aunque esté inundada de zombis

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