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#YoTambiénRenuncié

 

Por Nerea Barón:

Este texto surge para secundar una iniciativa de @Ad_Chz que encontrarán aquí.

Se acercan las vacaciones. Mis alumnos a estas alturas del ciclo ya están distraídos y nerviosos, sobre todo los de tercero de prepa que se truenan los deditos esperando el instante en el que puedan largarse de ahí para no volver. A ratos me contagian de su entusiasmo y también me asomo al calendario para contar los días, hasta que recuerdo que sólo en una escuela de las que trabajo –trabajo en varias– soy empleada; en el resto estoy por honorarios, lo que significa que cuando salgan los chicos dejaré de recibir ingresos: no son vacaciones, son dos meses de desempleo forzoso que se repite año tras año.

Lo bueno es que no sólo doy clases. También soy escritora, traductora y –si el hambre apremia– editora freelance. Tengo todas mis fichas puestas ahí: ojalá salga alguna novela juvenil para traducir este verano o se concrete el plan de escribir aquel libro que tengo pendiente para cierta editorial. Desafortunadamente cuando uno accede a trabajar como freelancer, accede a acumular promesas y a esperar pacientemente a que se cumplan (si es que se cumplen), lo que significa que uno no puede contar con recibir los pagos a tiempo y a menudo se ve obligado a guardar estoicamente las promesas en el cajón mientras salda sus cuentas con dinero que saca de quiénsabedónde.

Además de eso, soy psicoanalista y veo pacientes. Un trabajo gratificante existencialmente y con ciertas comodidades prácticas, como la de no tener que rendirle cuentas a Hacienda sobre esas horas extra de trabajo. A cambio, el margen de asistencias, situaciones extraordinarias, renegociaciones y concesiones oscila constantemente.

Sin embargo, aquí viene la parte curiosa: nunca había sido tan feliz en mi vida laboral.  Cuando a finales de 2013 decidí abandonar la vida de oficina, empecé a detectar cuan nocivas eran ciertas dinámicas, entonces normalizadas, del empleadismo. Todavía en 2014 quise regresar un rato pero por fortuna el sistema me volvió a escupir a los dos meses: ya no era la más apta para el lamebotismo.

Los freelancers, se sabe, no podremos jubilarnos nunca, porque no generamos antigüedad en ninguna parte y, en consecuencia, no tenemos seguro, Afore o derecho a crédito Infonavit. Lo que se omite, sin embargo, es que ese derecho laboral se les niega cada vez a más oficinistas. De hecho, en la editorial en la que más tiempo duré se me pagaba por honorarios, con la salvedad de que esperaban que fuera todos los días a cumplir con mi horario de trabajo, como si fuera una empleada en regla.

De igual manera, los freelancers estamos condenados a manejar un alto grado de incertidumbre financiera, porque quién sabe cómo pagaremos la renta en tres meses, pero cuando lo contrasto con la paranoia colectiva que ronda con frecuencia en las oficinas (¿crees que la jefa se enojó? ¿Qué te dijo? yo escuché que le gritó a Susana, etc), no sé qué es peor: saberse incierto o vivir con un terror perenne a perder tu certidumbre.

Y es verdad: hay días –semanas, meses– en los que freelancers tenemos trabajar de madrugada y en domingo. No obstante, hasta que me uní a las filas del trabajo independiente pude entender cuan revitalizante podía ser la improductividad: la distracción es un gran indicador de que es momento de tomar una siesta o salir a tomar el aire, recargar energías y regresar mejor focalizado. Qué ganas de compartirles eso a los oficinistas con su cansancio espeso y culposo, saltando de pestaña en pestaña en la computadora, cabeceando a escondidas de su jefe después de la comida.

Ahora bien, ¿exalto la vida del freelancer? No realmente. Uno no tendría que elegir entre un abuso sistémico y otro. Deberíamos de poder aspirar a recibir nuestros pagos a tiempo, a adquirir una propiedad a plazos, a no ser vistos con sospecha por nuestro casero o nuestro banco y a descansar en nuestra vejez, entre muchos otros derechos que faltan por conquistar.

Sin embargo, yo, al igual que @Adr_Chz, creo que es un mérito que cada vez seamos más lo que cuestionemos la sobreexplotación de las oficinas, la improductividad de sus métodos sobreproductivos, la presencialidad obligatoria y el atropello de derechos fundamentales. Y no, eso no nos vuelve a nosotros, “los millenials”, una generación renuente al trabajo y al compromiso, nos vuelve simplemente críticos. Críticos y cansados.

Feedback

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  • Abraham Flores

    ¿Qué externar? Renuncié a un trabajo medianamente bien remunerado, hace meses, donde era vilmente explotado con las estúpidas promesas de ese tipo de trabajos “ganarás más en un tiempo, todo es cosa de ascender, blah, blah, blah”, ahora regresé a vivir con mis padres, y a pesar de mi edad -cercano a los 30-, pienso que no todo es tan malo como parece, mi trabajo es de entre 8 a 10 horas diarias, pero cuento con 1 hora para desayuno y 1/2 para comida, y lo más genial, es que puedo ir a casa. Naturalmente gano mucho menos, pero mis gastos disminuyeron, mis obligaciones ni se diga, no sé, pienso que no es del todo malo trabajar en oficina, siempre y cuando cuentes con un patrón que te respete, tolere, y lo mejor QUE NO TE VEA COMO NÚMERO ROJO, eso puede ser lo más difícil de encontrar, pero de que existen, ni lo dudes; quizá mi estupor, o mi desinterés sólamente al dinero, yo no cambio éste empleo por nada. Quizá porque soy generación X, o Y, pero, igual, no estoy en desacuerdo contigo, al fin de cuentas, yo también renuncié, jajaja…

  • Alex

    Como colega “freelancera” entiendo y concuerdo con tu punto de vista. Los ‘autónomos’ como se denominan en España (y me encanta la denominación; pensar que uno pueda verdaderamente ser eso, AUTÓNOMO) nos enfrentamos a un montón de incertidumbres y sospechas por parte del ‘establishment’ y, ciertamente no estamos libres de los intentos ‘godinizadores’ de nuestros clientes (porque la editorial, la escuela, el estudio, el paciente, son todos clientes a quienes proveo un servicio y, como tales, no tendrían que dictar unilateralmente lo que debo hacer y ser y percibir, sino comprender las implicaciones y alcance de mis servicios y, entonces, con base en ello, llegar a acuerdos). Yo, quizás en un exceso de confianza, me he ‘atrevido’ a cuestionar políticas e intentos impostores de algunos de ellos en un intento por salvar la dignidad y la autonomía, que son lo que nos compensa las no vacaciones, prestaciones o ‘incierta certidumbre’ de la que gozan los empleados a contrato que ojo, también los hay ‘de calidades’; difícilmente encontraremos a un supervisor, sub-director, jefe de área al que aqueje lo que a los empleados de a pie.

    Dicho todo esto, sin embargo, no cambiaría mi condición de ‘marginal’, donde me sostengo por mis conocimientos y convicción de saberme capaz para realizar lo que me es solicitado, por aquella sensación de ser un número que además debe reverenciar al que lo hizo número, por ser tan benévolo como para darle empleo*.

    – – –
    NOTA: No vilifico la figura de ‘empleado tradicional’ per se. Los hay muy buenos y también círculos, sociedades y países donde son tratados con justicia y dignidad, a sabiendas de que son ellos quienes construyen la riqueza y bienestar de empresa y sociedad. No obstante, lamentablemente México no es uno de aquellos paraísos… aún.

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