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Yo también pienso en usted

Por Deniss Villalobos:

I touch the crosses by her name;
I fold the pages as I rise,
And tip the envelope, from which
Drift scraps of borage, woodbine, rue.
Mary Oliver

 En El túnel, la famosa novela de Ernesto Sabato, el protagonista, Juan Pablo Castel, recibe una nota con la frase «yo también pienso en usted». El poder de esas palabras y el impacto que tienen en quien las recibe está profundamente relacionado a que fueron escritas en un pedazo de papel y entregadas por el esposo de la mujer en la que el protagonista estaba interesado. Probablemente María, a quien desde el inicio sabemos que Juan Pablo asesinó, no habría terminado muerta si, en lugar de aquella nota, Castel hubiese recibido un correo electrónico, DM en Twitter o mensaje vía whatsapp.

La inmediatez que nos ofrece la tecnología es maravillosa en muchos aspectos. Puedo estar comprando un café en cualquier lugar del DF y al mismo tiempo enviar un mensaje a alguien que esté durmiendo en otra parte del mundo en cuestión de segundos. Es maravilloso. Pero, también, hay que recordar que la posibilidad de decir lo que sea, desde donde sea y enviarlo a cualquier parte sin tener que esperar un solo minuto, puede traernos varios problemas.

En primer lugar, imagina que estás muy muy molesto. Alguien te hizo sentir mal por alguna razón, o descubriste algo que te hizo sentir decepcionado, o te diste cuenta al despertar que tu hermana menor se puso la falda que pensabas llevar hoy a la escuela. Mientras aún estás pensando en la mejor forma de asesinar a la persona que te hizo enojar, ya estás escribiendo un mensaje en el que le dices que ojalá se muera y que nunca en la vida quieres volver a verla. Mandas el mensaje y casi inmediatamente después de dar clic en “enviar”, te arrepientes. No debiste decir esas cosas. Debiste calmarte, pensar mejor, esperar a que la ira no estuviera controlando por completo tus palabras. O también puede ser que hayas pensado en algo mejor que decir, y te arrepientes de haberte apresurado tanto porque, si escribes un nuevo mensaje, te verás como esas personas que después de discutir y hacer una salida triunfal, de ve obligada a regresar a la habitación porque olvidó las llaves.

La posibilidad de corregir y esperar solo te la puede dar una hoja de papel. Es imposible que escribas absolutamente todo lo que se te viene a la cabeza, sin pensar en ello un poco, si estás escribiendo a mano. Y después, ya terminada una carta, todavía te queda la opción de arrepentirte mientras pegas los timbres postales o cuando vas camino al buzón.

Por otro lado, aunque podamos guardar por mucho tiempo algunos mensajes en nuestra bandeja de entrada, perdemos la romántica oportunidad de tener una caja en la que guardemos las palabras de amor o despedida que alguna vez nos entregaron en una hoja. En una carta, Kafka preguntó: ¿debería besarte en este pedazo de papel? Una carta es también un beso al que podemos regresar cada que esté en nuestras manos y pasemos los ojos sobre sus letras. Podemos llorar sobre una carta; mojarla con tristeza o felicidad. Podemos, también, destruir una carta: romperla en mil pedazos y arrojarla al cesto de basura. Y podemos arrepentirnos y volver a unirla como si fuera un rompecabezas. Podemos incluso heredar cartas, como las que guardo en un cajón de mi habitación y que, en otro momento, estuvieron escondidas bajo la cama de mi abuela.

Varios de los mejores libros que he leído pertenecen al género epistolar, y aunque sería interesante que en algún momento existiera algo como Los correos electrónicos completos de Juan Pérez a Juana Fernández en la mesa de novedades de una librería, faltaría el factor tiempo para volverlo una obra entrañable, pues cuando leemos cartas gran parte del encanto es pensar en la cantidad de horas invertidas al escribir y aquellas que pasó la carta viajando para llegar a su destinatario.

Pienso que quizá lo más importante en una carta no es el mensaje que contiene, sino el significado que nosotros le daremos. Una hoja en blanco, a veces, puede ser más valiosa que una novela entera. Yo guardo un papel sin tinta que es en realidad el mensaje de un mimo; vivirá en la caja en la que atesoro algunas otras cosas importantes y, cada vez que la saque, podré ver en ella el mensaje que se me dé la gana. Algunas veces me parece un mensaje de amor, otras me parece un insulto, y si algún día llega a las manos de alguien más, podrá ser llenada con el mensaje que el nuevo lector necesite en ese momento.

Por eso quiero que no olvidemos enviar cartas: que no olvidemos besar a través del papel.

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