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Yo no me llamo Aniv

Por Alejandra Eme Vázquez:

Para llamarse Aniv de la Rev se deben cumplir, al menos, cuatro condiciones: ser mexicano (o mexicana, porque es un nombre unisex), nacer un 20 de noviembre, que los padres tengan la tradición de seguir el santoral católico al pie de la letra y que posean un almanaque en el que se marque la fecha con la abreviatura de la efeméride correspondiente (Aniversario de la Revolución, para quien no esté familiarizado con el asunto) a fin de que pueda confundirse eficazmente con el nombre de un santo. Estas condiciones, excepto quizá la segunda, están escaseando de una manera alarmante. Aunque la leyenda urbana de que hay quien se llama Aniv de la Rev ha trascendido por generaciones, una búsqueda detenida nos demuestra que en realidad es difícil encontrar personas reales que se llamen así y siempre se habla de esos casos como accidentes, negando la posibilidad de incorporar tan simbólico apelativo a la cultura popular.

Una vez, mi profesor de Redacción de la universidad nos habló de un amigo suyo, muy de izquierda y muy luchón, cuya hija se llama Cheguévara; esa mujer, concluíamos entonces, está destinada a ser una rebelde. Como Ninel Conde, cuyo carácter combativo bien podría explicarse porque su nombre es un homenaje a Lenin deletreado al revés. O quienes se llaman Fidel por Castro, Emiliano por Zapata, Carmen por Serdán, Simón por Bolívar, Libertad por la que nos falta, porque los nombres también dan horizontes de posibilidad. Pero nadie se llama Aniv de la Rev por gusto y tampoco se ha reparado nunca en el éxito fonético del accidente, que podría resistir la prueba del oído aun cuando no se supiera de dónde ha sido tomado. Como “Vanessa”, que fue inventado por Jonathan Swift en un poema escrito en 1713 y que se toma por bueno desde entonces para bautizar niñas al por mayor sin importar que haya sido un mero invento literario, un capricho de autor entre tantos otros.

Hay nombres cuya reivindicación es imposible, pese a que ya sean una realidad y a que finalmente no se podría decir que hay formas inválidas de llamarse; sin embargo, la onomástica es, hoy por hoy, un territorio normado por el qué dirán, por la educación formal y hasta por las leyes, que desde hace unos años se han ocupado de enlistar, para su prohibición, los nombres que consideran que pueden traumar fácilmente a los humanos recién llegados que los reciben de sus padres. Cuando si lo pensamos bien, no hay forma tersa de relacionarnos con una palabra que nos fue impuesta en nuestra etapa de mayor vulnerabilidad y mucho menos en un ambiente que propicia la culpa para aquellos que se llaman de ciertos modos, como si un apelativo fuera de lo “normal” justificara un trato de la misma índole. Como si sólo estuviéramos buscando qué culpas endilgar y qué temores fundar en los otros, porque de algo tenemos que hacer escarnio.

Si yo me hubiera llamado Aniv de la Rev, cuando la maestra de la primaria pasara lista por vez primera todos me hubieran volteado a ver con extrañeza y yo habría sentido una mezcla de vergüenza y miedo, que luego sabría que es la sensación más frecuente cuando se vive en sociedad y que si no fuera por mi nombre, encontraría muchas otras cosas por las que sentirme avergonzada y miedosa. Quizá en mis momentos de flaqueza me dirían “Annie” para normalizar y quizá en mis momentos de agudeza me inventaría una etimología árabe en la que significara “estrella del amanecer” o cualquier significado a mi gusto, pero en otros momentos de envalentonamiento me repondría y asumiría mi caudillismo onomástico con la misma mezcla de vergüenza y miedo, más un poco de orgullo, que en realidad se siente con cualquier otra palabra que nuestros padres hayan elegido para llamarnos desde que tenemos memoria, sin importar que sea o no aceptada por las normas de lo que “debe ser”.

Si yo me llamara Aniv de la Rev, llevaría conmigo el espíritu subversivo a donde quiera que fuera. Nunca pasaría desapercibida y tendría que deletrearme cada vez que fuera a hacer algún trámite, soportar las risitas de quien entienda el chiste y asumir que ocho de cada diez vasos de Starbucks tendrían interpretaciones libres de mi nombre. Pero no. Pero no me llamo. Pero no hay una ley que condene a mis padres por haberme puesto Alejandra como única palabra de referencia, aunque uno de mis tíos así lo hubiera querido después de hacer el coraje de su vida porque él quería guardarse ese nombre para su primogénita y se lo ganaron. Así que en vez de un nombre que conmemora la insurrección tengo decenas de homónimos exactos, con nombre y apellido, y como tanta gente con nombres perfectamente comunes debo buscar, todos los días, otras formas de rebeldía en este país y en este mundo en los que vivir de por sí es un acto tan de insurgencia, que cada año cumplido nos convierte, secretamente, en un aniv de la rev.

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