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Y contando

Por Alejandra Eme Vázquez:

Uno. Los aniversarios pueden llegar a ser una cosa terrible. Dos. Las vueltas al sol hacen una distancia que a veces preferiríamos borrar. Tres. Cuatro. Decir: paren el mundo, todavía no entendemos, todavía no nos recuperamos de la herida de hace tantos días con sus tantas noches. Cinco. Todavía no asimilamos. Seis. Pero el tiempo, ese alcahuete, más que no perdonar parece que extermina culpas. Siete. Como si el tiempo mismo fabricara las impunidades. Ocho. Nueve. Ya es septiembre. Diez.

Once. Hace casi un año estaba comenzando el proyecto de seguimiento de una noticia en diversos medios de comunicación, con mis grupos de primero de secundaria. Doce. Trece. Elegimos investigar la desaparición forzada de un grupo de estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, Guerrero, en aquellos devastadores días de septiembreCatorce. Mis alumnos llevaron periódicos a clase. Quince. Comparamos el tratamiento de la informacióny nos fuimos enterando, en medio del asco y el asombroDieciséis. Allá, en ese diario, no les decían normalistas sino jóvenes; acá no dejaban de relacionar los hechos con López Obrador; aquí entrecomillaban desapariciónDiecisiete. Cuando comenzó este ciclo mi alumna A., ahora de segundo de secundaria, recordó el tema. Dieciocho. «¿Cómo es posible que ya vaya a ser un año y no se sepa nada, maestra?», me reclamó a mí por reclamar a una autoridad que permite que esto sucedaDiecinueve. No nos imaginábamos, entonces, que podrían quedar tantas preguntas sin respuesta. Veinte. Nadie lo imaginaba.

En esta dinámica extraña que llamamos humanidad, se ha vuelto cada vez más común culpar al agredido que al agresor. Veintiuno. Tal vez porque hay tantos victimarios y tanta corrupción, ha surgido esta forma torcida de solidaridad consistente en recomendar cómo hacer para no ser víctima en lugar de sancionar las conductas perjudiciales. Veintidós. Veintitrés. Es una humanidad torcida, la nuestra. Veinticuatro. Cuando aparece una nueva injusticia perpetrada por un sistema corrupto, no falta el sector de la opinión ciudadana que tienda a buscar las razones en los sitios equivocados. Veinticinco. No es que no seamos partidarios de la autocrítica, pero tampoco se trata de ignorar las desventajas. Veintiséis. Eso, Kafka lo sabía muy bien. Veintisiete. Y nosotros también lo sabemos, si nos escuchamos. Veintiocho. Es sumamente provechoso revisar las conductas del ciudadano común y corriente, siempre y cuando no perdamos de vista dónde está el aparato de poder. Veintinueve. Para que «el cambio esté en uno mismo», hacen falta condiciones de equidad. Treinta. Y ésas todavía no están en el horizonte.

Treinta y uno. Treinta y dos. Hay muchos nombres en este país que no tienen un cuerpo para corresponderles. Treinta y tres. Treinta y cuatro. Hay muchas familias en este país que han tenido que incorporar vacíos y búsquedas incansables a su cotidianidad. Treinta y cinco. Treinta y seis. Este país ya tiene más deudos que deudas. Treinta y siete. Treinta y ocho. Este país que es cualquier país, éste, del que nos estamos haciendo cargo. Treinta y nueve. Aunque nos hagan creer que no es así.

Necesitamos dejar de jugar a regañarnos entre nosotros: que la crítica y la autocrítica no se desvíen hacia la indiferencia, ni esta indiferencia haga el caldo más gordo a las estructuras de poder que cada vez se nos alejan más. Cuarenta. Quien detenta un cargo público entra a otra dinámica, ve por otros intereses, sus reglas son distintas; por eso es que las causas ciudadanas son las que tienen nombre, apellidos, familia: son la humanidad que aquéllos convierten en estadística. Cuarenta y uno. Podría parecer que cuando se pide memoria y participación es sólo para unos cuantos, pero en realidad es por todos, por quienes quedamos a espaldas de un sistema que ya sólo se tiene en la mira a sí mismo. Cuarenta y dos. Si pasa el tiempo (un año ya) y no hay escucha ni acción por parte de los gobernantes, eso quiere decir que con mayores razones debemos seguirlas exigiendo y estar atentos los unos de los otros, por quienes estamos y por quienes nos hacen falta. Cuarenta y tres.

Justicia.

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