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La voluntad y el mundo

Por Nerea Barón:

Acompáñese este texto de un video de una flor –o de cualquier otro elemento natural– grabado en fast forward desde su nacimiento hasta su finitud. Las etapas de la vida sucediéndose una tras otra en perfecta sincronía. La lenta degradación. Basta quedarse quieto para sentir cómo el universo palpita, cómo inhala y exhala. Y todo, absolutamente todo, tiende a caer.

Hay un número infinito de voluntades conviviendo en cada espacio. Basta ver los ojos brillantes de una rata en las vías del metro para sentirlo. La hierba se cuela entre las grietas de los muros viejos, el llanto de los bebés se escucha a lo lejos y mi perra se me escurre entre los pies para echarse de pancita y verme con ojos de verde amor. De pronto, lo obvio se me presenta como una revelación: todo está vivo y centellea.

Dentro, también hay un número infinito de voluntades. Siento una ternura risueña al pensar en la palabra neurosis, un áspero diagnóstico para esta confluencia accidentada de impulsos sin moral y sin nombre. La congruencia no puede ser sino un artificio productivo: dirigir toda la energía hacia un lugar, con algún fin, aunque ésta –como las risas de los niños en el parque– tienda a derramarse.

Es apabullante. Afortunadamente tenemos la belleza para consolarnos y ponerle un contrapeso a la vertiginosidad. María Zambrano afirmaba que la relación del hombre con los dioses anidaba en la persecución, una persecución implacable, sobre y alrededor de sí, que enredaba sus pasos y torcía su camino. “Lo que le rodea está lleno. Lleno y no sabe de qué. (…) La realidad le desborda, le sobrepasa y no le basta”. Ante tal vastedad sólo hay dos opciones: rendirse o confrontar.

El consenso suele inclinar por la segunda opción: confrontar. Decir “yo” y pronunciarlo en voz muy alta para encarnar la resistencia, ¿y luego?, ¿cuándo uno se vuelve la fuerza que pelea y cuándo la fuerza contra la que se pelea?

Siempre he concebido un mundo demasiado hostil, quizá porque desde niña era capaz de  ver su voluntad inclemente al entrecerrar los ojos. Como la voluntad del frío: el viento gélido, omnipresente, chocando contra mi cuerpo reducido al mínimo, con su calor exiguo. El desenlace estaba predeterminada: mi voluntad nunca tenía forma de competir.

No obstante, el fin de semana pasado frente a una fogata comprendí de pronto que no necesitaba apresurar la respuesta: no había rivalidad real, sólo una concurrencia de palpitares frente a la cual el yo, no tenía nada qué decir. Sin resistencia, mi calor se sintió por primera vez a salvo de todo.

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