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Vivas nos queremos

Por Alejandra Eme Vázquez:

Las calles no van a dejar de estar llenas de ratoneras, de un día para otro. Quienes ejercen violencias machistas no se van a dar cuenta del daño que hacen ni se van a arrepentir, de un día para otro. De un día para otro no se aprobarán las leyes que necesitamos para que la denuncia tenga un procedimiento confiable en vez de apelar a la buena voluntad. Los cambios estructurales no se darán en el ideal de la inmediatez, es verdad, pero hay otros que sí pueden datarse a partir de un día específico que funciona como parteaguas. Después del 24 de abril de 2016, #24A, el día de la primavera violeta en que un inusitado colectivo salió a tomar las calles para recuperarlas, al menos yo sí me sentí transformada. Y no porque me hayan convencido de algo, sino por un efecto casi inverso del que puedo dar claro testimonio en lo individual: por primera vez en 35 años me siento entendida, acompañada y defendida en situaciones que toda mi vida he vivido como normales y que como nunca había compartido por vergüenza, no había dimensionado ni siquiera que a alguien más le pudiera haber pasado. Es increíble lo mucho que cambia la perspectiva cuando nos damos cuenta de que a todas nos pasa, de que todas tenemos algo que decir o que callar y que a nuestro modo, todas estamos hartas. Porque entonces dejamos de sentirnos solas en algo que nos rebasa.

Ni una más

ni una más

ni una asesinada más

Hay muchas mujeres que tenemos como eje de vida la violencia sexual. No lo hemos pedido, pero así es y nos vamos haciendo cargo con las expresiones que elegimos o nos eligen para manifestar y comprender a través de nuestros cuerpos, nuestros actos, nuestros límites, nuestras palabras, nuestros silencios. Tenemos un amasijo de elementos a pensar, entender y resolver que ahí vamos intentando visualizar entre el trajín cotidiano, el que nos obliga a ser “fuertes”, “guerreras”, “valientes”, “ejemplares” ante el ejercicio de violencias machistas en pequeña y gran escala, que casi siempre nos toman desprevenidas en espacios como la calle o nuestras casas, donde deberíamos tener garantizado el derecho irrenunciable a que nos dejen tranquilas. Las violencias machistas son el monstruo de mil cabezas al que nos acostumbramos desde edades tan tempranas, que es difícil reconocerlas como algo extraño o anormal excepto cuando rompen algo muy visible; y aun en esos casos, la tendencia es a que el show deba continuar y a no saber cómo añadir esas experiencias de vulnerabilidad a nuestras historias de vida. Por eso es que resulta tan impresionante saber que eso que has vivido desde ese eje personal y que has intentado manejar sin tener claro cómo le ha pasado también desde siempre a las mujeres con las que compartes transporte público, a las que saludas en el trabajo, a tus amigas y familiares.

Si tú acosas, yo acuso

No se trata de dictar un “deber ser” para las víctimas de violencias machistas de este país (es decir, para todas las mujeres de este país), para los niños y niñas que sufren abusos ni para quienes en algún momento viven la vulnerabilidad sistémica que nosotras vivimos todos los días. No se trata de asumirnos fuertes, guerreras, valientes ni ejemplares porque eso significa quitar la responsabilidad a quienes la tienen, a quienes acosan, a quienes abusan y a quienes están en posición de actuar directamente, de legislar y establecer una postura social pero no lo hacen; se trata de cambiar las estructuras, y si las estructuras están muy cómodas sosteniéndose en lo que siempre ha sido de una misma forma, entonces habrá que sacudirlas y así no tendrán de otra más que moverse. Y también se trata de que el equipo que estamos haciendo aunque no queramos, por el solo hecho de compartir una identificación social de género y comprender mejor lo que otras mujeres viven, se capitalice en acciones y exigencias concretas. Y que cada una asuma e interprete como decida su ser mujer, pero sepa que hay puntos de encuentro en los que puede contar con otras, y con otros.

¡El que no brinque es porky!

Para algunas de nosotras, la forma de sacudir ha sido por lo pronto contar experiencias que hemos ido elaborando y que estamos listas para sumar a iniciativas colectivas como el hashtag #MiPrimerAcoso, que en las redes sociales invitó a dar forma en palabras, como de hecho sugieren todas las terapias de enfrentamiento a la violencia sexual, a experiencias tantas veces revisitadas en la memoria y el miedo. Decenas de miles de testimonios fueron el resultado y de pronto nos dimos cuenta de que si bien es cierto que contar los episodios de violencia sexual no denota más o menos valentía, también lo es que si estamos listas para hacerlo y lo hacemos no tiene una sola cosa reprochable. Por el contrario, parece que hubo personas, sobre todo hombres, que por primera vez tuvieron noticia de lo común que es ser objeto de abuso desde la infancia y de ahí vivir todos los días con altas probabilidades de que alguien en la calle, en el trabajo o en la casa actúe de forma invasiva sobre lo que nos identifica como mujeres: nuestro cuerpo y nuestros roles tradicionalmente asignados. Claro que hubo quienes se burlaron o juzgaron con rigores obsoletos estas prácticas tan nuevas y tan distintas, pero eso es lo de siempre: lo revelador es haber visto a muchas y a muchos encontrar otra forma de ser, al menos momentánea, a partir de un movimiento que viene de este colectivo cuyo punto de encuentro es un género que no elegimos pero que sí podemos transformar. Y digo “al menos momentánea”, pero es cierto que una vez probada otra manera de pensar o actuar, nada vuelve a ser exactamente lo mismo.

De noche o de día

desnudas o vestidas

en la calle y en la casa

se respetan nuestras vidas

Y que salimos a marchar. La primavera fue violeta y si caminar es de por sí un acto de conexión entre el cuerpo y el mundo, hacerlo en colectivo como símbolo de recuperación de espacios da un peso indescriptible a esa conexión. Es asombroso como algo tan horrible puede engendrar experiencias tan entrañables, pero también es lógico porque nos estamos construyendo una compensación y un nuevo marco para que nosotras mismas no volvamos a vivir lo mismo y dejemos un mundo diferente a las nuevas generaciones. El #24A fue una forma de combatir la vergüenza y la culpa que se nos quiere endilgar por encarnar el ser mujeres como individuos y como grupo social. Y tan sólo tomar esa vergüenza y esa culpa, aventarlas lejos, burlarnos de ellas, negarnos a poseerlas, ya es hacer algo distinto que tiene mucho de liberación y mucho de esperanza. A mí, esta marcha y toda la reflexión pública previa en la que pude participar me dieron herramientas para conectar muchas cosas, y por lo pronto ya se me quitó el pudor de responder a un acoso callejero “estándar” (desafortunadamente pude comprobarlo enseguida, al terminar la marcha) porque siento que junto a mí están muchas personas, hombres y mujeres, conocidos y desconocidos, que me van a apoyar. Esa certeza antes no la tenía, y sí lo cambia todo. Así que gracias a quienes organizaron la marcha. Gracias a quienes llevaron pancartas que no me cansaba de leer. Gracias a quienes cantaron. Gracias a quienes hicieron que mi grito se escuchara porque sumaron su grito. Gracias a Jimena, Mariana, Alejandra, Raúl, Jorge, porque caminar con ustedes fue un honor. Gracias al 24 de abril por darnos sus calles. Porque hay días en que nos sentimos más vivas y así, tan vivas, es como nos queremos.

Foto: Alejandra Quiroz

Feedback

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  • Gabriel Frontana

    Me uno con ustedes. Esta marcha permite enseñar lo que todas las familias mexicanas guardan en el clóset. Leí un artículo en elarsenal.net de un tal Baños Lemoine, burlándose de la marcha y de las razones de ella y me indigné mucho. Quise comentarle pero lo mejor es ignorarlo y hacer más visible el tuyo Alejandra. Ustedes tienen que ser las protagonistas, nosotros nunca, solo acompañar y dar más y más espacios.

    • Alejandra Eme Vázquez

      Para mí es sorpresivo y en algunos casos (como éste) entrañable que muchos hombres estén asumiendo su propia posición y sus propios retos a partir de esto que muchas mujeres estamos intentando visibilizar. Incluso los que se burlan, los que minimizan, los que de inmediato creen que necesitan “defenderse”, al menos están dejando claras sus posturas y ya sabremos todos qué hacer con ellas. Creo que así se siente cuando algo está cambiando y en este cambio, me llena el corazon leerte. Y te abrazo.

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