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Virgencita, plis

Por Alejandra Eme Vázquez:

Todo juego es una puesta escénica de roles, y sus razones tiene. No conozco a nadie a quien nunca le haya dado en sus años mozos por hacerle a “la casita” o a “la mamá”, y si hacemos memoria podemos reconocer que pese a cualquier dictamen de padres o maestros, siempre se puede (y se debe) hallar la forma de desvirtuar los roles asignados porque también eso es parte del juego. Yo, por ejemplo, moría por un Nenuco Balbuceos que se hacía pipí y fui feliz cuando los Reyes Magos tuvieron a bien dejarlo en mi zapato; nunca le puse nombre, le corté sin piedad sus rubios rizos, se le venció un párpado y lo traje tan para acá y para allá, que en él y en los peluches que cobijaba por las noches se me quedaron apaciguados todos mis instintos maternos, aunque vuelven cada tanto en forma de impulsos de protección y buenas ondas para con niñas y niños que se me cruzan por el camino, con quienes tengo cierto grado de parentesco o a quienes doy clase.

Porque quizá para eso son los juegos de rol que tienen que ver con el cuidado de los más vulnerables: para recordar que todos somos partícipes en la formación de las infancias ajenas, queramos o no. Todos, y todas, y todes. Por eso luego resulta descorazonador enterarse de que hay todavía voces con cierto poder que en lugar de diversificar los discursos que se hacen llegar a la niñez (lo que les sería incluso más redituable), se esfuerzan en machacar estereotipos que cada vez cuesta más trabajo reconocer como alternativas viables.

Tal es el caso de los fetos, bebés prematuros y neonatos de peluche de la marca Distroller (responsable de los productos de la virgencita de Guadalupe buena ondita, la guananonli, la nomberguan), que además de encargarse de perturbarnos a muchos con su  desconcertante video promocional, plantean un simulacro de maternidad lleno de dilemas éticos que no pueden resolverse tan fácilmente con un “es sólo un juego”, como lo muestra este artículo de octubre del año pasado en el que se hace un análisis detallado sobre cómo la aparente ternura de los muñecos en cuestión encierra un discurso violento, alevosamente antiabortista y arquetípico que vale la pena cuestionar porque en la infancia, el juego es un derecho que debe ser respetado y promovido con responsabilidad.

Es cierto: no podemos atribuir a un juguete un problema social. No obstante, podemos cuestionar sobre cómo los discursos masivos se encaminan a reforzar estereotipos que ya se ha demostrado que deben combatirse, sobre todo porque cada vez más, crece la conciencia de que la recepción y percepción del mundo en los primeros años es determinante para la clase de adultez que se desarrollará. Y nosotros mismos, adultas y adultos educados en un pretérito en el que todavía no se hablaba tanto de estas cosas, nos sabemos seres extremadamente complejos a quienes nunca faltan preocupaciones, ni miedos, ni dudas, ni hartazgos, ni flaquezas.

Pero ah, cómo se nos olvida cuando se trata de dirigirnos a quienes tienen mucho menos tiempo en el mundo que nosotros. “Así es la vida y te callas”, parecemos decir a niñas y niños a cada paso, “tu lugar es ése, ni reniegues”. Y quizá estamos justamente sembrando la irrevocable semilla del arquetipo como destino, con el solo hecho de no haberles dado más opciones. Porque las hay. Porque la educación se trata de no escatimar recursos para activar el criterio de quienes todavía no tienen discursos fijos y eso sólo puede lograrse haciéndoles llegar, lo más clara y honestamente posible, todas las alternativas de que dispongamos. Y dejándolos considerar y decidir porque claro que pueden, quién dijo que no.

Lo curioso de los fetos y neonatos de Distroller es que llevan los roles y la manipulación a puntos perversos al restringir descaradamente no sólo el sexo de quienes “deben” jugar con los muñequitos (sólo niñas, obviamente) sino las posibilidades del rol, porque estos casi-bebés son tan delicados y requieren de tantísimas atenciones, que no es posible ni siquiera usarlos para representar modos distintos de hacerse cargo de otredades, como rebelarse ante las imposiciones de cuidado y ponerlos a bailar impúdicamente, ignorarlos por jugar a otras cosas o darles significados alternativos. No, eso nunca. Las niñas no pueden hacer que su Sigoto o su Ksi-merito sean gnomos malvados que rapten a las Barbies, porque deben estar en incubadora y sólo pueden sacarlos treinta segundos para abrazarlos un poquito y luego devolverlos a su condición de extrema fragilidad que tantos esfuerzos les exige.

Si el juego imita a la vida en un espacio en el que los jugadores pueden hacer como que sienten, piensan y hacen cosas “que no son”, habría que dar la oportunidad de que las combinaciones de jugadas fueran realmente abiertas, que jugadoras y jugadores pudieran decidir sobre los elementos del “tablero” con la horizontalidad que merecen, aunque haya tantos adultos proclamando lo contrario como si su propia educación hubiera sido ejemplar. Como si la máxima prestación de la adultez fuera hacer de cuenta que ya sabemos todo y tratar a niñas y niños como recipientes sin inteligencia en los que puede depositarse cualquier cosa que se nos ocurra sin que nadie lo impida.

Por supuesto que Distroller se lava las manos en su descripción, argumentando: “No educamos, sólo damos nuestra humilde opinión”; sin embargo, todo discurso, de cualquier orden, cuyos receptores sean menores de edad, entra ya en el terreno de la educación en mayor o menor medida. Y lo sabemos. Para muestra, esas interminables discusiones sobre Literatura Infantil y Juvenil en las que se analiza qué lecturas son “adecuadas” o si debe siquiera hacerse tal distinción, siempre considerando que los propios autores ya pasaron por el mismo filtro y que por algo están dirigiendo sus textos a ese público específico. Porque la infancia es un campo fértil para todo, incluidas la creación y perpetuación de mercados que, no nos hagamos, repercuten tarde o temprano en comportamientos adquiridos e ideas enclavadas, consciente o inconscientemente.

Basta echarle un ojo al Informe Nacional sobre Violencia de Género en la Educación Básica en México, en el que se da cuenta de cómo la adquisición de roles tradicionales de género mediante la estructura familiar, la publicidad, las ficciones que se reciben y (oh, sorpresa) el juego, lleva habitualmente a su reproducción en un clima de violencia que se ejerce de muchas formas, a veces silenciosas pero nunca inocuas, en los espacios en los que niñas y niños conviven sin que medie la supervisión adulta. ¿Cómo podríamos minimizar la responsabilidad de, al menos, asumir que les estamos sesgando la visión desde el momento en el que decidimos validarles una cosa y no otra? Porque así como es cierto que hay una tendencia a las familias y dinámicas tradicionalistas, el propio Informe da cuenta de que hay ya una muestra importante de hogares en los que se intenta hacer distinto, distribuir las tareas de otras formas y romper paradigmas. Ésa también es la realidad, y también debería verse representada en los discursos y alternativas que ofrecemos a las y los menores.

De ninguna manera es condenable que la niñez siga jugando a cuidar, o a descuidar, a seres más vulnerables. Pero es urgente que para empezar, la participación en estos juegos se promueva sin distinción de género para que podamos no sólo construir otras derivas en las maternidades y paternidades, sino generar otras posibilidades de relación con, por ejemplo, los hijos ajenos; también es necesario despojar de sentimentalismos, prejuicios y manipulación los juegos de niñas y niños, cuya capacidad para sorprenderse y su flexibilidad de estructuras no deberían verse amenazadas por cuadraturas adultocéntricas; y por último, necesitamos replantear ese discurso de la devoción y el sacrificio como única forma de establecer vínculos con quienes están a nuestro cargo, de cualquier manera. Quizá pensándolo más de una vez, quienes estamos en esta frágil situación de adultez podamos resolver asuntos que se nos quedaron en el tintero de la infancia. A ver si de una vez por todas aprendemos a jugar, jugar de veras.

Haznos el milagro, virgencitaplís.

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