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Vinilo o de la suerte

Por Alejandra Eme Vázquez:

Lado A 

Mary Lepine me recibió en su casa de Montreal con una alegría que casi me repara el profundo miedo de mi corazón por estar en una ciudad nueva, con tantas expectativas sobre mí y tan pocas capacidades sociales. Era una señora hermosa de unos sesenta años, griega de nacimiento, que tenía una gran capacidad para cocinar delicias en diez minutos y que además manejaba perfectamente tener dos novios al mismo tiempo sin que ninguno se enterara.

Era el año 2000 y el mundo había conocido un conato de apocalipsis del que, una vez más, nos habíamos salvado. Yo partí de México a finales de agosto en un plan de viaje que incluía la escuela y el hospedaje con un ciudadano canadiense dispuesto a recibir estudiantes extranjeros y no pude caer en mejor sitio para los dos meses que pasaría en Montreal. Mi canadiense era Mary y prefiero pensar que todo lo que hizo por mí fue porque le caí bien y no porque era parte del programa. Me llevó de paseo por la ciudad, platicó conmigo todo el tiempo que le era posible, tuvo sonrisas para mí todos y cada uno de los cincuenta días que viví con ella, preparó las mejores cenas de que tengo memoria y por si fuera poco, un soleado 3 de septiembre por la mañana me llevó a conocer el Casino.

Nunca he sido buena para los juegos de azar que implican hacer cálculos, pero a cambio me encantan los planteamientos fáciles que sin mucho esfuerzo de mi parte pero con una dinámica divertida, me ofrezcan acceder a un premio. Por eso, cuando entramos al casino y vi tres hileras de tragamonedas, se me iluminó la cara. Tanto así, que Mary me tomó una foto simulando que estaba jugando y aparezco con una sonrisa de un millón de dólares (canadienses); el hecho de que a cada movimiento de palanca tuviera la posibilidad de ganar algo, lo que fuera, me fascinaba.

Después de la foto, saqué unas monedas para jugar en esa misma máquina. Mary me explicaba cómo se dividían las secciones y yo me familiarizaba con el ambiente, cuando un escándalo nos interrumpió. Nos miramos sin comprender qué pasaba hasta que entendimos que el ruido se originaba justo frente a nosotras, en la máquina cuya palanca era sostenida todavía por mi mano derecha. Era la primera vez que iba a un casino, era la primera vez que jugaba en una tragamonedas y era la primera vez que ganaba algo por pura intercesión de la diosa Fortuna, así, sin tener que hacer prácticamente nada para conseguirlo.

Con el dinero invité a Mary a comer, viajé a la ciudad de Quebec y compré regalos para mis amigos y familiares. Extraoficialmente, guardé una reserva para volver al casino cada tanto, en noches que Mary tenía reuniones familiares y yo inventaba que me iba con una amiga, pero en vez de eso entraba al metro, tomaba la línea que iba hasta la Isla Santa Elena y pasaba alrededor de una hora intentando repetir el numerito. Era fácil pasar ahí el tiempo, porque siempre se gana algo para mantener la ilusión de que todo funciona así, pero nunca me volvió a pasar. Lo que sí ocurrió fue que regresé de Canadá curada de muchas cosas, entre ellas mi obsesión por ganarme cualquier tipo de premio mayor que me resolviera todo en un parpadeo.

Lado B

Salí del taller de poesía al que iba en Casa Terán, en Aguascalientes, a las ocho de la noche. Uno de mis compañeros vivía cerca de mi casa, así que me dio un aventón en su coche hasta la calle del edificio donde vivía con mi mamá y mi hermana. Había que caminar alrededor de cinco minutos en un tramo que estaba flanqueado por una escuela enorme a la izquierda y una reserva ecológica a la derecha. Yo iba caminando y me saboreaba todavía que al fin hubiera logrado una buena crítica a un poema, luego de pasar por la novatada de que me destrozaran todos mis sueños juveniles. No era tan tarde y sólo se escuchaban los grillos y el murmullo de mis pensares, hasta que apareció él.

Primero un sonido de motor a velocidad normal, luego cada vez más lento y finalmente, esa voz tan llena de algo que bien podría llamar maldad. Comenzó con un piropo, uno de ésos que podrían llamarse “inofensivos”. Sentí que mis vísceras se revolvían y a mi cara ya había subido el calor de la ira contenida, pero aguanté. Por supuesto, no paró ahí. Manejaba una camioneta oscura y ni siquiera volteé a ver su rostro: yo caminaba cada vez más deprisa viendo hacia el suelo, intentando concentrarme en otra cosa y cayendo en cuenta, por primera vez, de que ese camino inocente que tomaba tantas veces era una ratonera.

Me describió con detalle lo que me haría si me tuviera en su cama. Me habló de nuestros cuerpos. Las escenas que me pintaba se me desplegaron, sin preguntar mi opinión, mientras yo no atinaba a hacer nada más que seguir caminando. Se notaba que el dueño de la voz estaba perfectamente consciente de su ventaja y que lo disfrutaba. Calculó bien sus palabras para que yo sintiera que cualquier otro movimiento que no fuera caminar con la cabeza baja provocaría que se bajara de su auto y procediera conmigo como quisiera, solos y oscuros como estábamos. Parecía que no había más que soportar lo que restaba del trayecto, que parecía cada vez más largo, con la esperanza de que no pasara a mayores. Quizá así hubiera sido, o no, cómo saberlo.

Pero entonces llegó mi arcángel de la guarda.

Ni siquiera me di cuenta de que otro vehículo se acercaba al sitio exacto en el que yo había caído en la ratonera. Era una combi blanca que se detuvo junto a la camioneta del de la voz y a gritos de sus tripulantes, la ahuyentó. Yo seguía caminando, cabizbaja, por inercia. Volteé a verlos hasta que me gritaron: “¡Amiga, amiga!, ¿estás bien?”. Nunca nadie me había llamado amiga con mayor derecho. Me dijeron que me llevarían a casa y sin pensarlo dos veces, me subí.

Mis “amigos” eran dos, un hombre y una mujer muy jóvenes que durante el mínimo trayecto se quejaron de la inseguridad y me preguntaron en repetidas veces si estaba bien. El muchacho quería darme su sudadera, pero les dije que no era necesario. En menos de un minuto estábamos enfrente de mi edificio y descendí del arcángel, sana y salva. Espero haberles dado las gracias como lo merecían, aunque estoy casi segura de que no pude articular gran cosa.

Cuando llegué a casa no le platiqué a nadie lo que me había sucedido. Yo pensaba que sería regañada por haber decidido caminar en lugar de tomar un camión o peor aún, que ya no iba a poder ir al taller, así que llegué como si nada y omití hablar del asunto; pero si alguien me hubiera observado con detenimiento en el transcurso de esa noche, hubiera visto claramente en mi rostro las huellas de uno de los suspiros de alivio más grandes del universo.

Bonus track

Había salido de mi casa enojadísima con el mundo, conmigo misma, en uno de esos momentos en que todo parece estar conspirando en contra de que uno exista. Encendí mi coche y lo puse en marcha por el camino acostumbrado, el que ya me sabía de memoria hacia la universidad, porque encima de todo me había metido al comité organizador del Segundo Encuentro Nacional de Estudiantes de Lengua y Literatura Maldita Sea Mi Bocota. Estaba harta.

Supongo que el mundo se enteró de mi hartazgo y quiso hacerme un favor, porque apenas había tomado la avenida de todos los días cuando el escándalo mental que me abrumaba se vio interrumpido por un “¡CUIDADO!”: una alarma interna venida de no sé dónde que me hizo volver los ojos a lo que tenía enfrente y notar que estaba a segundos de estrellarme con una fila de autos que esperaban que el semáforo les permitiera dar vuelta a la izquierda. Ahí estaba mi oportunidad: yo iba lo suficientemente rápido como para soltar el volante, solamente, y dejar de sufrirme de una vez por todas. Ni siquiera parecía una elección, no había ni tiempo de pensarlo.

Pero hay otros controles en el cuerpo y ésa fue la primera vez que me resultó tan claro. Juro que mi mente ya se había bloqueado, pero de algún modo mis manos fueron al volante y sin mirar el retrovisor, lo giraron violentamente a la derecha; mis pies pisaron los pedales que había que pisar y me orillé, sin que el claxon de ningún auto revelara que alguien había sido testigo de mi fallida, e involuntaria, operación kamikaze.

He repetido mentalmente, una y otra vez, mis movimientos de esa mañana. He recordado lo transitada que era esa avenida y me he dado cuenta de que el horario era precisamente uno de los que más convocaba al asfalto a media ciudad. Y no me parece posible, ni lógico, ni verosímil haberme salvado de estrellarme con algo. Pero sucedió, y me alegra contarlo por primera vez para sentirme todavía más viva mientras lo tecleo. Porque ante las irrefutables pruebas, me es difícil no llegar a la misma conclusión cada vez que lo repaso: aquella mañana en que abruptamente se me helaron las ganas de querer morirme, fui protagonista de un milagro.

Y esto, señoras y señores, es lo que sé de la buena suerte.

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