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Vidas paralelas

Por Oscar E. Gastélum:

“The day may dawn when fair play, love for one’s fellow-men, respect for justice and freedom, will enable tormented generations to march forth serene and triumphant from the hideous epoch in which we have to dwell. Meanwhile, never flinch, never weary, never despair.”

—Winston Churchill

“The real division is not between conservatives and revolutionaries, but between authoritarians and libertarians.”

—George Orwell

Tenía pensado utilizar esta entrega para hacer una brevísima reseña de mis libros favoritos del año, pero el viernes pasado mi novia me obsequió “Churchill and Orwell” de Thomas E. Ricks como regalo de aniversario y tuve que cambiar de planes y dedicarle esta columna al urgente y poderoso mensaje contenido en la obra de Ricks. Sí, era muy obvio que devoraría en un fin de semana un libro dedicado a dos de mis más grandes ídolos, y sobre todo uno tan sabroso y bien escrito como este. Pero la importancia del libro va más allá de lo obvio, pues aunque la comparación dista mucho de ser original, recordemos que el gran Simon Schama ya había jugado a Plutarco dedicando todo un capítulo de su “History of Britain” (atinadamente titulado “Endurance”) a desentrañar los paralelismos entre estos dos colosos del siglo XX, hoy en día, ante la profunda crisis que atraviesa el mundo moderno, no podría ser más oportuna.

Y es que a simple vista pareciera que no podría haber seres más disímiles entre sí que esta extraña pareja. Churchill, por ejemplo, fue un auténtico aristócrata, descendiente de una de las familias más importantes de Gran Bretaña, y su madre era una carismática socialité norteamericana, heredera de una jugosa fortuna (sí, al más puro estilo de Downton Abbey). Mientras que Orwell era hijo de un humilde funcionario del Imperio Británico y de una ama de casa, y su familia pertenecía al sector más modesto de la clase media (o a lo que él mismo denominaba con socarronería la “lower-upper-middle class”). Orwell era un feroz antiimperialista que, tras trabajar como policía imperial durante cinco años en la remota Birmania, terminó asqueado de las dinámicas de poder que impone el colonialismo y que terminan por corromper el espíritu tanto de los conquistadores como de las masas subyugadas.

Churchill, por el contrario, idealizaba al Imperio Británico, y creía que, a pesar de sus defectos, era una empresa civilizadora esencialmente positiva y enemiga de la barbarie, una vía inmejorable para que Gran Bretaña difundiera a través del mundo sus instituciones políticas, su cultura y su idioma, y ella misma se enriqueciera con lo mejor de cada civilización. Por si esas diferencias fueran poca cosa, Orwell además fue un socialista fervoroso que incluso coqueteó con el comunismo en la adolescencia, mientras que Churchill sentía una antipatía visceral por todo lo que oliera a socialismo. ¿Por qué entonces insistir en comparar a dos figuras históricas tan obviamente antagónicas y contradictorias? Porque lo que lo que los unía era muchísimo más importante que los abismos ideológicos y sociales que los separaban.

Para empezar, habría que recordar que a pesar de sus diferencias de clase, Churchill y Orwell se educaron, y vivieron infancias profundamente infelices, en el famoso sistema de internados privados británicos. En “Such, such were the joys” (uno de sus mejores ensayos) Orwell narra su experiencia como un pequeño niño que extrañaba a su familia y que mojaba la cama todas las noches, y describe la tortura física y emocional a la que era sometido por una transgresión involuntaria que no estaba en sus manos controlar. Por su parte, Churchill dejó cartas infantiles desoladoras en las que que le suplicaba a su distante madre rescatarlo de su propia prisión educativa y le pedía muestras de afecto con el tono suplicante de un pordiosero mendigando una limosna. Irónicamente, Orwell terminó ingresando a Eton (gracias a una beca), la escuela donde suelen educarse las élites británicas y donde estudió el padre de Churchill, mientras que Winston prefirió la Academia Militar de Sandhurst. Y a juzgar por sus escritos, ambos descubrieron la felicidad en esos años de adolescencia.

Pero más allá de sus infancias atormentadas y su afición por las mariposas, a Churchill y a Orwell los unían dos grandes pasiones que explican la trascendencia de ambos personajes y su relevancia en esta delicada coyuntura histórica (para probar dicha relevancia basta con recordar que en lo que va de 2017 se han estrenado cuatro filmes con resonancias churchillianas  destinados a arrasar en la temporada de premios, y que tras el triunfo de Trump, “1984”, la obra maestra novelística de Orwell, escaló hasta el primer lugar de ventas en Amazon). La primera de esas pasiones es la vocación literaria, y es que ambos empezaron a escribir desde la infancia y no dejaron de hacerlo hasta el final de sus vidas. Los dos se curtieron literariamente como corresponsales de guerra, Orwell durante la Guerra Civil Española y Churchill en varios conflictos alrededor del mundo, pero principalmente durante la Segunda Guerra de los Bóers. Churchill terminó ganando el Premio Nobel de Literatura por sus volúmenes históricos, autobiográficos y por sus soberbios discursos. Y aunque Orwell murió demasiado joven y no alcanzó a recibir ese honor, que seguramente terminaría obteniendo, sus ensayos y novelas siguen tan vigentes como siempre y “1984” ha vendido más de cincuenta millones de copias alrededor del mundo.

La segunda pasión complementa a la primera y es la que me motivó a escribir estas líneas, pues los transformó en ciudadanos de honor del siglo XX, distinguiéndolos de la inmensa mayoría de sus contemporáneos. Me refiero desde luego al tenaz e insobornable antitotalitarismo que los caracterizaba. Y es que mientras las élites políticas y económicas británicas, aterradas ante la perspectiva de una nueva guerra mundial, insistían en apaciguar a Hitler e incluso lo ayudaban a armarse hasta los dientes vendiéndole motores de avión y otros productos, Churchill entendió muy bien la amenaza que representaba el nazismo desde el primer instante e insistió en enfrentarla sin importar las consecuencias, una posición tan impopular que lo convirtió en un paria político durante casi una década y estuvo a punto de destruir su carrera. Esa intransigencia ante una ideología maligna hizo que, cuando Hitler finalmente confirmó todas sus advertencias, Churchill emergiera como el hombre ideal para enfrentarlo y, a pesar de tener todo en contra, para jugar un rol protagónico en su derrota.

Por su parte, Orwell, el socialista, pasó de coquetear brevemente con el comunismo durante su adolescencia (algo tan frecuente entre las élites británicas que él mismo cuenta en uno de sus ensayos que cuando le preguntaron a sus compañeros en Eton quién era su héroe, quince de diecisiete alumnos respondieron que Lenin) a convertirse en el crítico más agudo e influyente del estalinismo y de sus apologistas y simpatizantes occidentales. Orwell siempre desconfió instintivamente del autoritarismo, y sus roces con figuras o instituciones autoritarias (desde los verdugos de su infancia en el internado hasta la policía imperial) confirmaron esa animadversión. Pero la Guerra Civil Española fue el camino de Damasco que lo convirtió en un anticomunista lúcido e implacable, pues le permitió atestiguar de primera mano cómo la policía política soviética persiguió y exterminó a los anarquistas y a cualquier otro grupo político que, por más izquierdista y antifascista que fuera, no se doblegara a la sagrada voluntad de Stalin. El propio Orwell estuvo a punto de ser asesinado por los sanguinarios chacales soviéticos, pero logró huir de España a tiempo. A partir de ese momento Orwell puso su inmenso talento al servicio de la verdad y la libertad, por eso no debería extrañarnos que “Animal Farm” (Rebelión en la granja) y “1984” sigan siendo no sólo las críticas más mordaces, despiadadas y efectivas, que se hayan escrito en contra del marxismo-leninismo, sino auténticas vacunas literarias en contra del virus totalitario.

Orwell el intelectual socialista y Churchill el político conservador representan los dos polos ideológicos de la democracia liberal. Pero su compromiso con el sistema democrático y con la libertad, y su combativo desprecio por cualquier tipo de totalitarismo (ese mal del siglo XX que contagió a diestra y siniestra destruyendo el alma de tantos) siempre fueron más fuertes que sus diferencias ideológicas. No es casual que Orwell (siempre alerta e inclemente ante los poderosos) dedicara sus últimas fuerzas, antes de morir prematuramente de tuberculosis, a redactar una entusiasta reseña de las memorias de guerra de Churchill tituladas  “Their Finest Hour”, ni que el héroe de “1984” (el último hombre europeo) se llamara precisamente Winston. Esa es la lección que los demócratas del siglo XXI debemos aprender al enfrentar a los nuevos enemigos de la democracia: el islamofascismo, el fascismo trumpista-putinista, el postmodernismo nihilista y el capitalismo miope y salvaje que ha ampliado de manera obscena las brechas de desigualdad en Occidente, dándole armas a los enemigos de la democracia y pudriéndola desde las entrañas.

Sí, debemos suspender temporalmente nuestras disputas ideológicas y defender, antes que nada, al sistema democrático liberal de la peor amenaza que haya enfrentado en las últimas décadas. Pues si realmente queremos ser fieles al legado de Orwell y Churchill, si deseamos seguir debatiendo y argumentando nuestras posiciones encontradas, y decidiendo nuestro destino, primero debemos preservar ese frágil sistema político que garantiza que lo hagamos de manera libre, pacífica, honorable y productiva. El libro de Ricks es un brillante recordatorio de esa indisputable y urgente realidad…

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