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Verde y humilde

Por Alejandra Eme Vázquez:

Cuentan que Ulises, harto de prodigios,

lloró de amor al contemplar su Itaca

verde y humilde: el arte es esa Itaca

de verde eternidad, no de prodigios.

Jorge Luis Borges

Hay una pausa allí, donde algo va terminando y comienza otra cosa. También allá, donde el peso de lo continuo abre grietas en las que cabe un respiro, una ola, un trueno, un aleteo, un nombre. Otro nombre. Otro. No sé si habrá pausa más pausa que el lenguaje mismo, dedicado a definir lo que la realidad-bloque nos presenta simultáneo y sin diferenciar los bordes. Pienso cómo sería el mundo sin lenguaje y podría decir que no cambiaría en nada o que sí, pero la verdad es que ya no puedo pensar una vida sin mensajes, significados ni palabras. Más aún: una vida sin escritura.

Recién tuve un encuentro en la calle con una señora que comenzó a preguntarme a dónde iba cada camión que pasaba. «Es que no sé leer y hasta que pregunto, me entero», me explicó, y fui su guía provisional de letras mientras pasaba su camión, que resultó ser el mismo que yo esperaba. Estuvimos ahí bastante tiempo y ella de pronto mostraba cierto escepticismo ante la información que yo le daba: «Pero ése tiene un 4 y un 8, ¿segura que no es?»; y yo que no, que esa ruta sólo llegaba a un punto intermedio, que confiara en mí. Al principio intenté pensar en alguna clave que me permitiera explicarle cómo identificar el camión, quizá por darle la autonomía que atribuyo a saber leer y escribir en un mundo logocéntrico como el nuestro, pero ella no se mostró interesada. Al contrario, su forma de preguntar y explicar su situación era encantadora y parecía acostumbrada a que le diera ocasión de platicar muy alegremente con desconocidos, como lo hizo conmigo durante esa pequeña eternidad en la que ambas esperamos exactamente lo mismo.

Cómo le tenemos fe al lenguaje, emperador del reino de los sentidos. Emperador desnudo como el de aquel cuento, puesto que la vestidura de significado que damos a las palabras es una mera convención que todos decimos ver pero no está en lo nombrado. Sólo convenimos para que aquello sea una clínica, ese transporte se llame metro y ese lugar, observatorio, y entonces la señora y yo podamos subirnos al camión con el letrero «Clínicas 4 y 8 / Metro Observatorio» y confiar en que llegaremos. Así nos enseñan a hablar, interrumpiendo el continuo de la percepción: «mira, de aquí a acá se llama casa». Y luego: «oye, ésa es la casa de la abuela». Luego, «¿quieres ir a mi casa?», «especialidad de la casa», «casa de citas», y la grieta se ensancha hasta que Tomás Segovia puede dejar dicho que «desde el comienzo ya no estaba en la casa mi casa» y todos tenemos la certeza de que sí, el emperador está desnudo, pero qué importa.

Escribir sólo permite ir un paso más allá y configurar una pausa maestra, que puede crear grietas entre las grietas y fijar nombres no sólo en el oído, sino en el resto de los sentidos, de modo que nos damos cuenta de todo lo que falta por nombrar. Si no hubiéramos llegado hasta ese punto, quizá no sabríamos que justo en el límite de la tropósfera y la estratósfera existe una zona donde no cambia la temperatura, se llama tropopausa; que hay un espacio blanquecino en la raíz de las uñas con forma de media luna, se llama lúnula; que si tienes un hallazgo importante mientras buscabas otra cosa, conociste la serendipia. Que podemos poner palabras incluso a lo que no es, o a lo que no sería si no fuera por ellas. Por eso creo que decir sólo que la escritura es un acto de amor o de humanidad, como si nos fuera intrínseca, no hace honor a todo lo que ha tenido que pasar para que yo pueda teclear «que yo pueda teclear» y usted pueda leer «y usted pueda leer».

Hago una pausa y tomo prestado un extracto del Arte Poética de Borges (espero que la viuda no esté mirando) para titular esta columna. Esas tres palabras, «verde y humilde», me han acompañado desde hace mucho tiempo como un símbolo de lo que significa para mí escribir creativamente, esta broma seria. «Escritora verde y humilde, para servir a Altazor y a usted», debería decir mi tarjeta si tuviera una. Me parece tan afortunada la frase borgiana, que cada vez que titulo algo quiero usarla: verde y humilde para el poemario a medias, verde y humilde para el libro de ensayos, verde y humilde para mi entrega mensual, verde y humilde para el blog, verde y humilde para el letrero pegado sobre la grieta que crece en mi pared cuando los temblores.

Hace justamente un año estaba recibiendo la invitación para colaborar en un espacio de escritura semanal. El sitio era, es, Juristas UNAM. Hace justamente un año tomé aire y dije sí, pese a que creí que no iba a poder ser así de constante. El lunes 7 de julio de 2014 apareció mi primer texto y heme aquí, con unas cincuenta mil palabras hiladas en esta columna que sostengo para diversión del emperador lenguaje. Siempre nos vamos a querer contar para qué hacemos cada cosa y las respuestas tenderán a ser diversas, según el clima y el estado de nuestro estómago; pero tengo la certeza de que escribir aquí todas las semanas me ha abierto conexiones que sobrepasan mis propios bordes. Quizá lo que en realidad buscamos todos son pausas que nos den el placer de encontrarnos con otros y compartir nuestras grietas, nuestros ojos, sus cuencas.

Ésta es la mía: a veces más verde, otras menos humilde. Gracias por compartir.

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