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Verano y las cosas que no duran

Por @Bvlxp.

 

«Ahí viene el verano, la estación violenta».
Apollinaire.

 

Siempre que el verano está por llegar pienso en esa frase que creo atrapa con exactitud el sentimiento que envuelve al verano: un acontecimiento, la época del año en la que algo grande sucede. El verano es una estación que se añora, que tiene su propia mitología; la temporada de la que empezamos a despedirnos en cuanto empieza, a la que le hacemos fiesta cuando va acabando, la que prometemos que nunca vamos a olvidar. Tantas cosas parecen suceder en el verano y todas ellas parecen no durar. El verano es la estación fugaz.

Cuando pienso en el verano pienso también en sus constructores y facilitadores, los personajes que atienden los bares, las discotecas, los clubes de playa, los campamentos, los parques de diversiones, los hoteles. Sin ellos no habría verano, ellos hacen posible y propician la euforia del verano. Los personajes del verano son temporales, son seres a su modo fantasmales que construyen una entidad que no existe, una quimera, un sentimiento, un momento detenido en el tiempo. Me pregunto qué es de ellos cuando el verano queda atrás; si se quedan a vivir en su mente veraniega, inundada de sol, pensando siempre en el verano hasta que vuelva a llegar. El mundo parece no tener cabida para los constructores del verano: el mundo de las oficinas, de las escuelas, de la rutina, del tiempo, de la formalidad. Los personajes del verano se quedan atrás, viven del aire. ¿Dónde y cómo viven los que se quedan en el verano?

Nélida Piñón habló de algo que bien podría ser el verano. «Al anticipar los acontecimientos, es el preludio de la felicidad con fracturas sutiles. Los problemas que experimentan los amantes presagian un desenlace trágico, escenas bellas». El verano es la época de la quietud de los colores brillantes, de los encuentros fugaces, de los amantes que van a encontrarse sólo para romperse, de las despedidas anticipadas, de los adioses prematuros, de la traición de lo posible. Todo lo que se construye en el verano tiene el pecado de la fugacidad, todo está roto desde un inicio, nada habrá de sobrevivir fuera de los espacios del sol y del mar, de la playa, de la distancia, de los cuartos de hotel.

El verano es la languidez de las horas, el calor que parece crecer desde dentro del pecho hacia afuera, las siestas entre la brisa, el pasar las horas bebiendo lentamente alcohol, el dormir entre el incesante rumor del mar, las noches cálidas, el sudor arrebatado, el fugaz esplendor. Nada del verano puede durar. Nada podemos retener del verano: la arena entre los dedos, la sal en la boca, el amor prometido, todas las horas y las luces de la tarde, la euforia, la amistad, la alegría, el arrebato.

Sándor Márai decía que el sentido de la vida no es otro que la pasión; que si hemos vivido esa pasión, no hemos vivido en vano; que quizá la pasión no se concrete en una persona, sino en el deseo mismo. El verano es precisamente el tiempo de la pasión, una pasión sin sentido, una pasión por el hecho mismo de estar apasionado, una pasión que se trata más de la pasión misma que de la persona que encontramos para encarnarla; el verano es el tiempo de la pasión que transforma, de la pasión que arde para siempre. Y que no dura.

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