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Vecinos peligrosos

Por Bernardo Esquinca:

Nadie quiere un vecino incómodo. Cuántas pesadillas se pueden vivir a costa de personas que suben el volumen de su estéreo como si fueran sordas, y que además repiten su canción favorita cincuenta veces porque no consiguen aprendérsela; o patrocinadas por fiestas que se prolongan hasta el amanecer sin que uno sea invitado, pero que se sufren igual que si se estuviera en ellas, pues las risotadas y el retumbar de la pista de baile se escuchan, literalmente, sobre nuestras cabezas.

Pero no deberíamos quejarnos tanto. Nada se compara a la experiencia vivida por Mia Farrow en ese clásico del cine de terror llamado El bebé de Rosemary. Nadie, después de ver tan escalofriante película, vuelve a mirar a sus vecinos con los mismos ojos. Ya sea porque se nos quede instalada la paranoia, y los espiemos con recelo cuando salen a tirar la basura, con un contenido que parece sospechoso dentro de la bolsa negra, o porque decidamos que, tras el viacrucis vivido por la pobre Rosemary con sus compañeros de edificio, los nuestros son unas linduras.

¿Qué podía sospechar la afable Rosemary cuando se muda con su marido, el aspirante a actor Guy Woodhouse, a esa mole de tintes victorianos que es la Casa Bramford? Ella está enamorada y, además, embarazada. Por si fuera poco, sus vecinos, los ancianos Castevet, la colman de regalos y mimos. Todo parece ir de maravilla, así que ¿para qué ponerse suspicaz?

Sin embargo, las cosas empiezan a torcerse, porque ésta es una película de terror. Una de las mejores que se hayan filmado jamás. Basada en el bestseller de Ira Levin, la versión de Roman Polanski es una exploración del mal instalado en la cotidianidad de un edificio de departamentos. Una conspiración de tintes apocalípticos, que se va tejiendo con elegancia y sutileza, y que revela su auténtica naturaleza hasta los últimos minutos.

Entre las muchas cosas que hacen de este filme algo inolvidable, está la actuación de Mia Farrow. Era la persona perfecta para encarnar a la inocente y nerviosa Rosemary, que se ve arrastrada contra su voluntad hacia un destino funesto. La escena en la que mira dentro de la cuna de su bebé, y exclama “¿Qué le han hecho a sus ojos?”, es un referente en la historia del cine.

Hoy es Halloween. Qué mejor que celebrarlo revisitando esta joya, con el cuarto de la televisión a media luz, y abundante botana. Pero mucho ojo: si suena el timbre, es mejor no abrir la puerta. No vaya a ser que un vecino demasiado amable nos distraiga de una escena crucial para regalarnos un amuleto de olor repugnante.

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