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Valles y laberintos

Por Deniss Villalobos

Sentí mis pulmones inflarse con la avalancha del paisaje: el aire, las montañas, los árboles, la gente. Y pensé "esto es lo que significa ser feliz.
Sylvia Plath, La campana de cristal

 

Desde casa de mi abuela debo caminar casi media hora hasta llegar al lugar en el que hay algunos árboles además de unos juegos infantiles a los que nadie da mantenimiento. Recuerdo que cuando era niña fui muchas veces a aquel lugar con mis padres, y me parecía un valle enorme casi tan hermoso como el de los Moomin. Años después me doy cuenta de que es un espacio descuidado y muy pequeño que no cumple con la tarea de ofrecer a los habitantes de las colonias cercanas un espacio verde y seguro en el que niños y adultos puedan pasar un buen rato.

Es triste darte cuenta de cosas así, y me hace pensar en algo que leí en un libro de Amos Oz hace tiempo. No recuero el título, pero al principio narra cómo fue la infancia del protagonista, y en algún momento menciona la casa de un tío al que visitaba con sus padres de vez en cuando. Cuando era pequeño sentía que recorrer esa casa era como estar en un laberinto enorme: entraba a una habitación y había varias puertas que lo llevaban a diferentes lugares, todos enormes e interesantes que exploraba minuciosamente, pero, al crecer y volver a esa casa, se dio cuenta de que no era más que un piso normal con solo tres habitaciones, una cocina y una biblioteca de tamaño medio.

Vivir en una ciudad tan grande tiene muchas ventajas, por supuesto, pero constantemente nos enfrentaremos también a las cosas negativas, como no poder estar en contacto con la naturaleza. Algunos parques están bien y algunos otros son como aquel que visitaba de niña. Algunos pueden visitar un bosque de vez en cuando, o quizá otros no sienten la necesidad de abrazar un árbol y tirarse en el pasto a ver las nubes. Así que lo lamento por aquellos que llevan una planta en el corazón pero deben permanecer alejados del campo y las flores.

Probablemente existan personas que viven rodeadas de montañas, paisajes verdes y animales, pero desean vivir entre automóviles, edificios y asfalto. Siempre queremos lo que no podemos tener, y aunque ese deseo puede motivarnos para luchar por aquello que queremos, también puede frustrarnos demasiado.

La mala noticia para todos los que queremos cosas que no tenemos, es que no siempre vamos a conseguirlas. Vamos a crecer y nos vamos a dar cuenta que mucho de lo que pensamos que era maravilloso es en realidad muy simple. Vamos a visitar un valle para luego descubrir que es un pequeño pedazo de pasto amarillo y vamos a explorar un laberinto para años después notar que solo era una habitación.

Para mí el gran problema es la falta de espacios naturales en el lugar en el que vivo. Me duele mucho no poder dar paseos largos en los que solo vea naturaleza, me entristece que los árboles que veo estén plantados en un camellón en medio de una avenida repleta de autos que hacen un ruido infernal y me enoja no tener espacio suficiente para que mis perros jueguen, pero pueden aplicar esos sentimientos a cualquier cosa que crean haber tenido en su infancia y que al ser adultos descubran que ya no está, o peor aún: que nunca estuvo.

Todo eso suena muy mal, pero también hay una buena noticia: podemos ser nuestro propio valle. Nuestro propio laberinto o nuestro propio lo que sea que nos haga falta. Podemos convertir ese deseo en combustible y no en amargura; pensar en las posibilidades, las ventajas de lo que sí tenemos y poner en perspectiva aquello que nos rodea.

Tener algunos árboles es mejor que ningún árbol, y definitivamente haber creído que algo era mil veces mejor de lo que en realidad es, debería considerarse como un gran regalo producto de la magia de la infancia. Por eso, la próxima vez que pase por el parque del que hablé, me sentaré en un columpio (cruzando los dedos para que no se caiga) y pensaré que, aunque no es un valle en Finlandia, no está tan mal, así como estoy segura de que Amos Oz debió sonreír al salir de aquella casa cuando ya no era un niño. 

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