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Utopía

Por Nerea Barón:

Un mundo utópico se funda a partir de una idea de bien. El idealista fantasea: “El mundo sería mejor si….”, y a partir de eso crea las bases para una nueva sociedad, ficcional o literalmente hablando. En realidad parece una operación sencilla. ¿Por qué entonces todavía no vivimos en ninguna sociedad utópica?

Quizá esa pregunta es la que hace que me seduzca tanto la narrativa de mundos distópicos, ese género que si bien ya existía desde Orwell, Huxley o Bradbury, en años recientes ha adquirido un nuevo giro con el mismo principio pero peor calidad literaria, más adolescentes besándose y más finales (semi)felices. No me importa: cada vacación me devoro cuando menos uno.

En esta Semana Santa tuve la oportunidad de leer el primer tomo de Divergent. La verdad es que odio la mala literatura –lo mismo que las malas series televisivas– porque son sumamente adictivas: te dejan con una comezón constante y con la promesa de que están a punto de rascarte, lo que te obliga a seguir y seguir consumiéndolas. Tal es el caso de la saga de Veronica Roth. No se las recomiendo, de verdad, no se hagan eso.

Sin embargo, el mundo de Divergent (lo mismo que el de The Giver, por ejemplo) es fascinante porque pone en evidencia este doble filo del mundo utópico: hay una idea de bien operando, ¿pero idea de bien para quién?, ¿y qué tan universalizable es? No sólo se trata de un tema de poder jerárquico en el que los ricos gozan a expensas de los pobres (como ocurre en Hunger Games o en nuestra sociedad misma); se trata de algo más sutil: ningún criterio parece lo suficientemente universal para regir sobre la pluralidad y aplanarla.

De hecho, el mundo de Divergent ya parte de un consenso entre cinco “razas” (razas porque están alteradas genéticamente, aunque eso se sabe después) creadas para combatir cinco males distintos: Los miembros de Erudite (Erudición) creen que el mayor mal de la sociedad es la ignorancia, los de Dauntless (Osadía) le atribuyen el mal a la cobardía, los de Amity (Cordialidad) a la agresividad, los de Abnegation (Abnegación) al egoísmo, y los de Candor (Verdad) a la hipocresía. “Combate el mal (inclínate por una de esas cinco facciones) y tendrás armonía”, parece ser el mensaje. Hasta que llegan, claro, los divergentes, estas criaturas que no encajan en ninguna facción y que ponen en evidencia la grieta de cada uno de los grupos; cualquier exceso tiene su revés nocivo: el osado se vuelve cruel, el erudito banal, el cordial pasivo, el sincero desconsiderado y el abnegado rígido.

¿Existe entonces alguna idea de bien que sí se pueda sostener sin derivar en coerción, sacrificio o sometimiento? Recientemente lo he estado pensando mucho porque tengo ganas de crear una ecoaldea y, mientras la autosustentabilidad material no parece tan inviable, la autosustentabilidad humana (digamos, la distribución armónica de deberes y beneficios sin necesidad de vigilancia) resulta más complicada.

Todavía no llego a una respuesta definitiva, pero tengo la intuición de que la solución se encuentra del lado contrario: no en la unificación, sino en aprender a lidiar con la pluralidad; no en la ausencia de conflictos, sino en la capacidad de resolverlos sin engancharse en una dinámica de poder; no en la defensa irracional de la utopía, sino en la defensa de la comunidad cuando la utopía –esa abstracción– se resquebraja: toda regla es provisional y todo sistema es un constructo imperfecto.

Al final, una sola cosa es cierta: somos seres complicados en busca de calor y, sea cual sea el sistema que rija, seguiremos encontrándonos y desencontrándonos hasta el final de los tiempos. Sin embargo hay algo en ciernes dentro de nosotros, algo primitivo pero noble, algo que entre balbuceos hemos llamado amor y, quizá cuando logremos decodificarlo, madurarlo y abrazarlo, tengamos una utopía que por fin podamos sostener.

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