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Una sombra propia

Por Deniss Villalobos:

Solo buscaba un lugar más o menos propicio para vivir, quiero decir:

un sitio pequeño donde cantar y poder llorar tranquila a veces.

En verdad no quería una casa; Sombra quería un jardín.

Alejandra Pizarnik, Textos de Sombra

 

El 24 de noviembre del 2014 publiqué por primera vez en este espacio al que titulé “Un jardín propio”. Eso quiere decir que, con un par de días de retraso, esta columna cumple un año de existir. Tal vez aún no es un jardín y solo se alcanzan a ver algunas semillas, pequeños montones de tierra que algún día serán flores o árboles, pero lo importante para mí es que no lo abandoné. Pasaron más de cincuenta semanas en las que me senté a hacer algo que me gusta, aunque a veces sintiera que no tenía una sola idea en la cabeza que valiera la pena escribir y quisiera arrojar la computadora por la ventana.

Cumplir años o celebrar cualquier aniversario puede carecer de significado para el resto del mundo, pero para quien celebra es un pequeño triunfo. El mío es que logré respirar un año entero, algo que cualquier ser vivo hace pero que a mí me parece extraordinario, y que además escribí un texto de unas setecientas palabras cada semana cuando creí que no sería capaz de hacerlo ni siquiera por un mes.

En un año nuestro mundo puede cambiar por completo. Llegan nuevas experiencias y nos despedimos de algunas personas, y mucho de eso se queda en medio de ese ciclo sin marcar un punto de partida o final. No es que esas cosas importen más o menos, pero aquello que logra acompañarnos mientras le damos una vuelta al sol adquiere especial significado, sea bueno o malo, simplemente por su permanencia. En un mundo donde todo acaba casi tan rápido como empieza, aquello que se queda con nosotros por más tiempo deja una marca.

Por eso este espacio significa tanto para mí: me recuerda que logré aguantar un año más. Que abrí los ojos todos los días, que pasé por momentos agradables y otros no tanto, y que todo eso me dejó algo para escribir cada semana durante un año. Esa constancia es la tierra y el pasto sobre el que espero que un día crezcan flores, el espacio para que mi sombra salga a jugar.

No soy la colaboradora que escribe mejor, tampoco la que escribe de temas más interesantes, ni la más crítica, ni la más divertida, ni la más nada, pero lo mejor de este sitio es que todo eso da igual porque no es una competencia. Leo a mis compañeros con gusto y atención, aprendo de lo que escriben y disfruto poder publicar en el mismo espacio que ellos. Lo mío aquí  es como llevar un diario, y agradezco profundamente que el equipo que hace posible este proyecto nos dé a todos los que colaboramos la libertad de decir lo que queramos, incluso si se trata de una columna como la mía en la que solo algunas personas se asoman de vez en cuando a descansar sobre el pasto por un rato.

Y me gusta ser ese espacio. Me gusta ser pasto que quizá algún día será jardín. Me gusta que ya haya pasado un año y haber logrado ser así de constante; encontrarme a personas que, de no tener este espacio, nunca habría encontrado, y en especial tener una fecha para recordar que el paso del tiempo no es siempre una mala noticia, que escribir y publicar es una forma de estar siempre acompañada, porque ayuda a hacer visible tu propia sombra —y la de otros— hasta cuando no hay sol, y que las letras son la mejor fiesta en la que he estado.

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