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Una grieta en mi corazón

Por Alejandra Eme Vázquez:

“Si vuelve a pasar, yo te prometo que moveré piedra tras piedra hasta encontrarte”.

Jimena Eme Vázquez, El Polvo

I

El himno mexicano lo recuerda, lo anticipa: la tierra retiembla no en su centro sino en sus centros. Sus centros. Presumiblemente, el verso original del manuscrito de Bocanegra diría “antros” y estamos cantando todo mal, pero incluso esos antros se refieren a las entrañas y entonces equivale. La idea de que la tierra se cimbre en muchos puntos de fuga parecería inexplicable excepto para quien ha vivido una guerra… o un terremoto. Desde 1985, cada 19 de septiembre se recuerda el más terrible desencuentro que la ciudad de México ha tenido con Madre Natura: un sismo de 8.1 grados en la escala de Richter que ocasionó el derrumbe de símbolos urbanos que parecían inamovibles: el Hotel Regis, el edificio Nuevo León, la torre de Pino Suárez… Difícil es ahora imaginar la ciudad con estos edificios en pie, como es difícil también imaginarla sin el pánico que desata la mínima danza de la tierra en sus antros, nuestros centros.

II

(Los terremotos nos hermanan con otros pueblos, otras latitudes. Escuchamos de terribles sismos en los demás países que siguen la línea marcada por fallas geológicas y se activa el abrazo fraterno del conocimiento de causa: ven, hermana chilena, hermano japonés, hermana filipina, hermano nicaragüense. Te comprendo. A mí también me puede pasar y si me pasa, ahí estarás tú diciéndome lo mismo.)

III

Gracias a que Martha, mi madre, con sus artes de psicóloga, lectora, maestra y maga me enseñó a leer y escribir en casa a los cuatro años, el 20 de septiembre de 1985 yo pude expresar con palabras el miedo que me había dado el terremoto, y sobre todo las réplicas, del día anterior. Faltaban pocos días para que cumpliera yo cinco años y era lo más aterrador que me había pasado hasta entonces. Incluso ahora estaría en mi Top Ten. Ese texto, que hice mientras estábamos en estado de alerta, sin luz, sin gas y sin ganas de ciudad, hablaba sobre el temblor que acababa de vivir y cuando se lo enseñé a mi madre, ella lo guardó para mostrármelo años después. Dadas las circunstancias de vida que elegí, opté por llamar a esas palabras “mi primer poema”.

“Lo del temblor ya pasó y mis cielos están para mí / era feo lo de tener las velas en las manos”, decía un fragmento de ese arrebato que ahora ha cobrado sentidos nuevos en mi historia y que intenté conservar físicamente durante mucho tiempo, hasta que tristemente lo perdí en una mudanza. Más de veinte años después escribí otro texto en el que recupero aquel llamado primer poema, y al final de ese repaso por mi instinto primitivo de escritura como defensa, aseguro: “No miento: todos éramos niños de cinco años”. Así lo creo. Creo de verdad que cuando la naturaleza nos cimbra, nos abre grietas y de las grietas sale algo puro, infantil de tan esencial, que nos conecta con instintos y prioridades quizá insospechados. Yo no quiero que vuelva a pasar, pero sé que si sucede algo parecido acudiré a ese refugio que se abrió para mí en 1985: decirlo todo.

IV

(Desde el ‘85 había yo desarrollado una inmunidad para sentir temblores, excepto cuando de plano la intensidad o la reacción ajena me hacían salir disparada a cualquier afuera. Mi madre eligió llevarnos un tiempo a vivir a Aguascalientes, tierra asísimica, donde estuve 19 años. A mi regreso a la ciudad de México seguí insensible; pero desde que el año pasado vivimos una temporada en la que los antros de la tierra no dejaban de moverse, siento que tiembla todo el tiempo. Debo siempre mirar hacia otros ojos para saber que no está sucediendo. Pocas veces ha pasado que esa alerta sísmica interior se base en un hecho real, pero sigo sintiéndola. Todo el tiempo.)

V

Mi hermana, Jimena, tiene 23 años. Ella no vivió el terremoto del ’85 y recibió una ciudad en la que ya había otras cosas en los espacios consumidos por la tragedia. Luego estudió teatro y en algún momento decidió que debía escribir una obra sobre aquel terremoto. La tituló El Polvo. Junto con otras dos actrices de su generación, esa que no vivió de aquello más que las secuelas en la histeria y la memoria colectivas, Jimena explora lo que hay en esos escombros, en los figurados y en los literales. Mucho de lo que sé del sismo lo sé por ella, por todo lo que investigó, y eso que yo lo viví. Cuando tuvo que preguntarse para qué hacer este ejercicio, encontró la certeza de que algún día será su generación la que tendrá que contar la historia, y ella misma entendió que mucho de su presente se explica con ese terremoto. “La ciudad tiene su propia memoria; y si a ella no se le olvida el temblor de 1985, a mí tampoco”, dice Jimena al final de su obra y yo estoy de acuerdo. Recordar no para volver a vivir, sino para despertarnos unos a otros sin que tenga que pasar el temblor.

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