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Un recuerdo

Por Deniss Villalobos:

Si hay algo que puedo decir sobre la relación con mi papá es que ha sido mala en muchos sentidos pero sin pensarlo le daría un ojo, una mano, un riñón o mi corazón si lo necesitara. No sé cómo escribir sobre mi familia sin ser cursi, porque más que pensar en lo malo siempre decido vernos como un equipo que en las buenas y las malas ha permanecido unido, dándole una mano a cualquiera que de pronto se encuentre llorando en el piso porque vamos perdiendo.

Y en ese equipo los más parecidos somos mi padre y yo: tengo sus cejas, heredé la miopía y el astigmatismo, la facilidad para las matemáticas y la historia, el superpoder de pasar cualquier examen sin estudiar y el gusto por bailar salsa, pero también cierta tristeza que nos acompaña incluso en los mejores días, la impaciencia, algo de mal humor y la necesidad de sentir que ganamos cuando hay una discusión. Cuando encuentras a una persona tan parecida a ti, y además resulta ser parte de tu familia, es mucho más fácil caer en un círculo de peleas eternas en las que no hay ningún ganador; solo terminas en el suelo observando cómo las cosas positivas —amor, confianza, amistad, solidaridad— quedan tiradas a tu alrededor, llenas de heridas y cada vez más cansadas.

Pero cuando me mudé a casa de mi abuela las cosas mejoraron. Es triste al principio, pero también sano, poner distancia entre dos personas que se aman pero no pueden estar juntas. Empecé a valorar más las cosas positivas de mi papá, extrañaba sus chistes, salir a comer con él, su espalda llena de lunares mientras ve fútbol en la sala y yo me sentaba a su lado no por el juego sino por él, para acompañarlo. Echaba de menos sus gritos y abrazos cuando el América anotaba un gol y sobre todo su comida, porque si mi papá no te dice “te amo” con palabras lo hace con un plato lleno de hotcakes.

Así que no voy a decir que tengo el mejor padre o la mejor relación del mundo. No lo quiero con todas mis fuerzas porque sea perfecto sino porque entiendo y comparto muchos de sus errores y admiro sus aciertos. Porque pienso en el niño que fue, vendiendo chicles en la calle, y en el adulto que ha sacado adelante un restaurante al que seguro yo echaría a perder en un mes. Porque he llorado después de sus gritos pero también porque he visto un desfile del día del niño desde sus hombros y ha tomado mi mano cuando más lo necesito.

Así que piensen en algún buen recuerdo relacionado a su papá. Uno solo basta para sonreír y querer abrazarlo ahora, el día del padre o en una semana, si es que aún tienen la oportunidad. Piensen, como Patrick, en un jardín y su padre trabajando en él; como Alai sentada sobre su lonchera favorita para que su papá tomara una foto, y el recuerdo de “porque estabas muy contenta” como respuesta cuando ella preguntó por qué la dejó sentarse si sabía que su lonchera de dinosaurios se rompería; como Yareli bailando You Can Call Me Al de Paul Simon con su papá, imitando la coreografía, porque era una de las canciones favoritas de él; como Cerpin cuando dijo “dice mi papá que no está” cuando su papá le pidió que dijera que no estaba; como Gabriela, que tiene en la memoria los domingo de teatro, y también los días en que su padre la dejaba entrar sola; como mi hermana, que recuerda el día en que seguimos a papá en bici en un trayecto largo, y aunque estábamos asustadas él sabía que ya éramos capaces de hacerlo, o como yo, que recuerdo a mi papá regalándome un payaso de peluche, al que llamamos Facundo, y que él hacía hablar para decirme cosas que quizá no se atrevía con su voz, el día en que fue conmigo a un concierto lleno de adolescentes emo, todos los días en que hablamos o no hablamos cuando me recogía de la prepa, los sándwiches que me preparaba en la primaria y los malos peinados que me hacía pero a mí me gustaban, las juntas de la escuela en las que a veces él era el único hombre, el día en que me llevó a sus clases en la universidad cuando yo tenía seis años porque nadie podía cuidarme, el orgullo con el que lo he oído hablar de mí algunas veces a sus amigos.

Un recuerdo, en serio. Solo eso basta para saber que cualquier mal momento valió la pena si tienes también uno bueno que no puedes olvidar.

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