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Un niño, un libro, un lápiz y un maestro

Por Deniss Villalobos:

Hace un par de años, durante las vacaciones de verano, la escuela primaria del lugar en el que paso la mayor parte del año me invitó a dar un taller de dibujo y uno de literatura infantil, dirigido a los niños entre seis y once años de la colonia. Acepté dejándome llevar por la emoción del momento, pero los nervios antes de la primera clase estuvieron a nada de llevarme a la oficina de la directora y rechazar su oferta. Mi experiencia docente se limitaba a fingir que era maestra cuando jugaba con mi hermana a los diez años. Pasada una década, apenas y tenía un poco más de idea sobre lo que se necesita para poder dar una clase.

Estuve pensando, antes de que los talleres iniciaran, en aquellos maestros que me habían marcado. Esos a los que recordaba con cariño y respeto, por los que sentía agradecimiento y admiración. Más allá de los temas que me enseñaron (Historia, Biología, Química o Español), algo en lo que todos coincidían me llamó la atención: mis maestros sonreían. La imagen que tenía de todos ellos era la de personas que, frente a un salón de clases repleto de niños que pocas veces prestaban atención, mostraban siempre entusiasmo y alegría por el simple hecho de estar ahí.

Cuando llegó el día en que di las primeras clases, algo mágico sucedió: sonreí. Sonreí de la misma forma en la que lo hacían mis antiguos profesores. Sonreí porque estaba nerviosa, porque los niños a esa edad son un remolino que te arrastra, porque olvidé parte del material en casa y, en especial, porque estaba ahí. Solo por eso. Ese verano ha sido uno de los mejores de mi vida. Conservo varios de los dibujos y cartas que mis alumnos me dieron, también conservo el recuerdo del día en que vimos juntos una película, todos sentados en el suelo, o esa otra tarde en la que los niños mayores escribieron y montaron su propia obra de teatro.

A veces, camino a la universidad, me encuentro con alguno de ellos, y me da un vuelco al corazón cuando los escucho saludarme y llamarme «maestra». No sé si les enseñé algo. No sé si aún recuerden el nombre de los autores que leímos, la música que escuchamos, las pinturas que les mostré o los artistas de los que hablé. No sé qué es lo que hace que un maestro sea un buen maestro. No sé si los números y los temas importan, o si al final los mejores maestros son los que nos dejan un buen recuerdo y ganas de seguir aprendiendo. No lo sé, pero espero que alguno de ellos me recuerde sonriendo.

Estoy convencida de que los niños necesitan estar en la escuela. Nuestro país necesita niños riendo y aprendiendo. Y necesitamos maestros que disfruten estar ahí. Que estén para los niños que los necesitan, y que dejen en ellos una semilla que con el tiempo florezca. Necesitamos un hermoso jardín.

Luchemos, alcemos la voz y los puños para protestar, pero no olvidemos que, como dijo Malala Yousafzai; un niño, un libro, un lápiz y un maestro, pueden cambiar al mundo.

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